Contáctanos

Colombia

Ultra Lagends y la puta escena tóxica

Publicado

en


Solo existe un tipo de persona de un nicho muy específico al que le importaría quien carajos son “Ultra Legends” el acto anunciado para abrir el concierto de Slayer en Colombia… a la escena tóxica del rock colombiano, a nadie más.

A nadie en realidad le interesa si es la banda del hijo de dueño de Move, si es otra banda de leyendas autoproclamadas que se “reúne” (Como Slayer) o si sencillamente pagaron para estar allá. Al público y al universo le vale verga, solo al rockero y metalero envidioso, egoísta y desagradecido le duele. ¿Por qué? Porque cada uno en su cabeza piensa que “él” tiene que abrir ese concierto y que nadie más en el planeta lo merece, porque “él” is the only one, el elegido.

Y yo sé lo que muchos van a decir y pensar de este tipo de artículos, pero no importa, resbala. Nosotros acá amamos el rock, sobre todo el rock nacional, nunca hemos vivido de él, pero sí para él, casi un cuarto de siglo dándole y entregándole todo apostando por una escena en pedazos, si eso no es amor entonces no sé que es. Pero el músico de rock colombiano aun tiene mucho que aprender para poder entender las normas más básicas de la industria del entretenimiento (Porque la de la música ya murió) Y la primera regla es “no se pisen las mangueras entre ustedes”; las otras básicas pueden ser “sean honestos”, “amárrense el hocico y pónganse a tocar” y “sean agradecidos por los que hemos decidido comer mierda toda la vida solo por amor al arte”, porque la verdad sea dicha señores, ustedes no producen sino gastos y enemigos. Esa es la realidad. No son todos, en Colombia hay músicos y seres humanos increíbles, bandas talentosas y trabajadoras que producen excelente música, son la mayoría… Pero sí hay un pequeño nicho de hijos de puta que son muy fáciles de reconocer, generalmente son los parásitos del Estado que aparecen solamente en cada afiche donde dice “cultura local” o con los logos institucionales y que despotrican de todo lo que no le hieda a burocracia o que se vuelven enemigos cuando les dan un contratico estatal.

Y sí, les hablo de los mismos rockeros y metaleros que insultan y hacen memes de cualquier persona que haga algo por ellos que no sea del gobierno, y es lo único que producen porque de música más bien poca y mediocre, porque algunos rockeros y metaleros colombianos son arrodillados al gobierno, a las marcas, a los mafiosos… el único país del planeta tierra donde tenemos “punk anarquista estatal” que se suben a la tarima a putear a la policía y al gobierno, pero les cobran el cheque por hacerlo. Estos rockeritos quieren todo, pero no tienen nada que ofrecer, conciertos de cinco bandas con cuatro boletos vendidos, por eso saben que la única forma que tienen de almorzar es someterse como borregitos al estado o a alguna marca grande que los use. Normaaaaal, la escena del rock colombiano es la más tóxica y miserable de la tierra y eso que hay algunas que se pasan de calibre, pero lo que sucede acá es de antología.

¿Les duele? ¿Los ofende? La verdad duele, pero se entiende que tal vez en este momento, es sus egos, sus micromundos y sus sabias mentes iluminadas por un rayo que cae sobre sus cabezas directo del cielo, lo negarán, dirán de todo, me insultarán de nuevo y seguirán sus vidas en sus yates y carros de lujo, es sus mansiones comiendo manjares, disfrutando de sus ventas y discos de oro y los que no puedan pues seguirán hablando mal de todos y llenando formularios como perros. ¿El meme? El meme son ustedes, ese tipo de músico que desafortunadamente existe… eso si da risa.

Usemos esas cabeza hermosas e inteligentísimas que tienen para preguntarnos ¿Por qué el rock y el metal de Colombia no han podido triunfar en el mundo? No es solo falta de apoyo, es autodestrucción, es malo, no está a la altura, los músicos solo saben insultar y no hacen música y las buenas bandas, bueno, hacen lo mismo que ya se hizo hace 30 años, muy poca innovación y afuera odian las papayeras eléctricas.

Hay una sensación de vacío que invade a los músicos después de un evento grande, pero también a los promotores independientes… es una especie de depresión ¿La han sentido? Obvio. A los músicos les da porque se dan cuenta que al regresar a la realidad que el mundo sigue, las deudas siguen, que tal vez se gastaron de más en el evento y que al final no cambió su vida, siguen siendo el mismo grupo de manes que tiene que agarrar el Transmilenio para ir a casa porque no hay para el Uber. Y para los promotores es peor, porque a pesar del éxito o magnificencia de lo que se refleja en redes, lo único que gana es una guerra de insultos y degradación por su trabajo, porque dinero no, el rock colombiano es una quiebra, lo sabe cualquiera que haya medio organizado un evento. Esa es la dinámica de esa escena colombiana, es una peste tóxica.

Pensemos en los grandes, en el imaginario del “rock mundial”, los nombres que vienen a la mente son anglosajones, británicos o, en el peor de los casos, argentinos o mexicanos. Colombia, tiene cientos de bandas, de hecho, es una de las escenas más grandes del mundo, solo en la base de datos de Subterránica tenemos más de 7 mil bandas, ¿Cuántas activas? No se sabe porque cada día se retiran al menos 20, cansados de no lograr nada. Pero al menos 4 mil activas sí habrá. Pero este paisito brilla por su ausencia en el mapa global y esto tiene razones de peso. No nos engañemos, no ha sido solo culpa de la industria internacional ni del “destino”. El verdadero freno para el rock colombiano ha sido endémico, es el mismo músico el que se cagó en el rock y el Metal, sumado a sus fans que solo sirven para escupir mierda en las redes pero jamás para ir a pagar un boleto para verlos, a menos que sea como van a ir a ver a Ultra Legends, porque medio millón de pesos si tienen para ir a ver a Slayer, pero 20 lukitas pero ir a verlos a ustedes olvídense, preferible gastarlos en una felpa de perico… una mezcla de egos desmedidos, envidia profesional, una dependencia enfermiza del estado y la creación de micro-mundos de “fama” que, honestamente… son ridículamente pequeños.

Y lo más patético de todo es que ustedes lo saben. Lo saben cuándo están borrachos en un bar después de haber tocado para ocho personas, de las cuales seis eran las novias de la banda. Lo saben cuándo revisan Instagram a las 2 a.m. y ven que el video de un tipo haciéndose el loco con un termo les gana en vistas. Lo saben, pero les importa más putear al que “logró algo” que arreglar su propio desastre.

Ahí es donde entra “Ultra Legends”. No importa quiénes sean. Puede ser cualquiera, una tremenda banda que no conocemos o tres tipos disfrazados de Slipknot. El problema no es la banda. El problema es el espejo. Porque el rockero colombiano, el metalero de Twitter y el “crítico de la escena” que no ha publicado un disco en diez años, prefieren creer que el mundo les debe algo. Que hay una conspiración. Que “todo está comprado”. Y la verdad es mucho más simple y mucho más cruda:

No son lo suficientemente buenos.

No por falta de técnica, les sobran dedos, les sobra equipo endeudado, les sobra actitud para la foto con los brazos cruzados en el festival gratuito soñando que el público es de ellos. Pero les falta canción, les falta carisma fuera del escenario, les falta entender que el “rock mundial” no es una meritocracia pura, pero tampoco es una guardería para ardidos. Nadie va a venir a buscarlos a Soacha o a Envigado para darles un contrato millonario solo porque llevan diez años tocando en el mismo sótano. El rock colombiano no triunfa en el mundo porque el mundo olfatea la desesperación y la resentiditis crónica. Porque afuera, cuando una banda sale, al menos fingen que se quieren. Aquí ustedes se muerden los puños antes de subir al escenario.

¿Y el público? El público es la otra cara de la misma moneda podrida. El público colombiano no va a ver bandas locales no porque “suene feo” (hay bandas increíbles), sino porque ir a verlos no les sube el ego, no es “estatus”. Prefieren pagar medio millón para ver a Slayer y sentirse parte de algo grande, que pagar veinte lucas para ser testigos de algo que podría ser grande, pero que todavía está pariéndose entre insultos en redes. La escena tóxica colombiana es una decisión colectiva. Un pacto de mediocridad donde lo único que importa es quién se cayó más fuerte, no quién llegó más lejos.

Mientras ustedes sigan creyendo que “Ultra Legends” les robó algo que nunca tuvieron, el rock colombiano seguirá siendo ese inodoro que ustedes mismos decoraron con calcomanías de bandas que sí supieron crecer. Y la próxima vez que un hijo de puta como yo les escupa esta verdad, van a hacer lo mismo que siempre, llorar en sus grupos de WhatsApp, bloquearme, y quedarse tan tranquilos… esperando el próximo concierto gringo para volver a sentirse vivos por una noche.

¿Y el mundo? El mundo sencillamente pasó de largo, porque nadie tiene tiempo para escuchar a un montón de tipos que se odian entre ellos más de lo que aman hacer canciones y esa es la puntilla final… el rock y el metal colombiano no han fracasado por falta de talento ni por culpa del imperio anglosajón, han fracasado porque se convirtieron en una secta ridícula de egos inflados que prefieren ser reyes de un basurero a ser aprendices en una industria de verdad, así que mientras no entiendan que el éxito no se mendiga en una convocatoria del estado ni se roba pisoteando al de al lado, seguirán exactamente dónde están, celebrando sus propios funerales disfrazados de toques, creyéndose unos capos cuando en realidad, lo más lejos que ha llegado el rock colombiano es a la esquina de su propia soberbia.

Colombia

La Veeduría Ojo al Arte destapa millonarios vacíos, duplicidades y opacidad financiera en informe sobre los Festivales al Parque de Bogotá.

Publicado

en

La escena subterránea colombiana acaba de presenciar el ejercicio de periodismo de investigación y control ciudadano más demoledor de su historia contemporánea tras el cierre oficial de las pesquisas lideradas por la Veeduría Ciudadana Ojo al Arte. Nacida desde las entrañas de la resistencia cultural y consolidada como el único contrapeso real frente a la desidia estatal, esta plataforma ha sacudido los cimientos de la burocracia musical local al destapar lo que las grandes esferas del poder cultural querían mantener sepultado bajo alfombras de terciopelo y contratos multimillonarios. Lo que comenzó como una sospecha sobre el manejo de los dineros públicos en los festivales más importantes del continente se convirtió en una radiografía de cómo se mercantiliza la pasión de miles de rockeros en favor de unos pocos operadores privados y clanes institucionales protegidos por el silencio administrativo.

Durante meses de un rastreo forense implacable por los laberintos transaccionales del SECOP II y la revisión de polémicos convenios de asociación, la veeduría diseccionó quirúrgicamente la maquinaria financiera del Instituto Distrital de las Artes exponiendo ante la opinión pública un modelo de contratación opaco que supera los trece mil millones de pesos entregados a dedo a entidades sin ánimo de lucro como el Teatro R101. El equipo investigador logró documentar la existencia de cajas negras presupuestales donde el Estado transfiere sumas astronómicas de dinero para operar festivales masivos mientras confiesa por escrito que carece de extractos bancarios y comprobantes de egreso reales para verificar el destino de los recursos. La investigación detalla con precisión quirúrgica cómo se desvío dinero destinado a la formación artística infantil en los barrios para tapar huecos en contratos de vigilancia y cómo se consolidó un monopolio técnico de backline e infraestructura donde las mismas empresas rotan en simulacros de subasta adjudicándose contratos por el cien por ciento del presupuesto oficial sin dejar un solo peso de ahorro para la ciudad.

El informe final no solo desnuda la duplicidad escandalosa de los gastos operativos y el pago inflado de más de mil doscientos millones de pesos a sociedades de gestión colectiva mediante falsas motivaciones de exclusividad, sino que también pone sobre la mesa el acoso sistemático, los vetos corporativos y las persecuciones policiales orquestadas contra los veedores que se atrevieron a desafiar el statu quo. Con este compendio probatorio ya radicado formalmente ante los entes de control fiscal y disciplinario, la veeduría cierra un ciclo histórico demostrando con documentos firmados que la deshonestidad y la tercerización corrupta imperaban en el corazón de la fiesta musical de Bogotá, dejando ahora la responsabilidad en manos de una ciudadanía que ya despertó y de unas autoridades obligadas a romper su complicidad histórica.

Obviamente el trabajo investigativo termina, se presentaron más de 250 páginas de pruebas. Ya el documento reposa en manos de las autoridades después de que a la veeduría concluyera su trabajo aun con allanamientos basados en denuncias falsas, seguimientos a las viviendas, amenazas y desacreditación por parte de intereses oscuros los cuales también se han solicitado sean investigados.

La conclusión de una auditoría forense de esta magnitud no se sostiene en adjetivos grandilocuentes, sino en la implacable arquitectura de los documentos públicos. Tras meses de un cruce metodológico de bases de datos transaccionales en el SECOP II, oficios institucionales de respuesta evasiva y resoluciones presupuestales, la Veeduría Ciudadana Ojo al Arte ha consolidado el expediente más riguroso y documentado sobre las anomalías estructurales que rigen la contratación del Instituto Distrital de las Artes y los Festivales al Parque en Bogotá. El informe no es un manifiesto político, sino una autopsia institucional que demuestra cómo los mecanismos de fomento cultural fueron desplazados por una maquinaria de tercerización opaca, diseñada para transferir millonarios recursos públicos a manos privadas eludiendo los principios elementales de la contratación estatal.

El núcleo de esta desviación financiera se sostiene sobre convenios de asociación plurianuales que superan los trece mil trescientos millones de pesos entregados a la Asociación Cultural Teatro R101, un operador privado que recibe el grueso del presupuesto operativo mientras la propia entidad pública confiesa por escrito que carece de extractos bancarios, comprobantes de egreso y copias de los subcontratos artísticos que justifiquen el destino real de los dineros. Esta renuncia deliberada a la fiscalización bancaria convierte al operador en una caja negra financiera, blindada por respuestas burocráticas que fragmentan la información entre entidades hermanas y por fallos judiciales de primera instancia que conceden plazos de espera funcionales para la consolidación de coartadas documentales, reproduciendo las mismas prácticas de opacidad detectadas en la gestión de estímulos anteriores como la Beca LEP.

La lista estructurada de los principales hallazgos técnicos y jurídicos de la investigación contine más de 70 jallazos de irregularidades de los cuales estos son algunos de los principales:

La “Caja Negra” Financiera del Teatro R-101 ($13.361 Millones): IDARTES transfiere multimillonarios recursos públicos mediante convenios de asociación para operar los Festivales al Parque, pero la propia entidad confiesa documentalmente que no audita las cuentas bancarias ni posee la totalidad de los subcontratos y pagos a artistas, amparándose en que los extractos son “documentos privados internos” del operador.

Duplicidad Contractual y Gasto Paralelo: IDARTES cubre directamente con contratos independientes los componentes esenciales de técnica, logística, seguridad, salud y transporte, mientras transfiere en paralelo sumas globales al operador privado, configurando un presunto pago doble por las mismas obligaciones operativas.

El Monopolio de Proveedores Técnicos: Concentración plurianual de más de cien contratos en un círculo cerrado de proveedores de infraestructura y backline (como Audio Daz y 4 Cuartos), amparados en pliegos restrictivos, subastas sin ahorro para el Estado (adjudicadas por el 100% del presupuesto) y confesiones documentadas de “monopolio de inventario”.

Escalada Injustificada en los Pagos a SAYCO (Aumento del 600%): Incremento desproporcionado en los giros directos por derechos de autor (de $178 millones en 2024 a más de $1.229 millones en 2026), fundamentados en una falsa motivación sobre inexistencia de pluralidad de oferentes y ejecutados a ciegas en el primer mes del año sin cruce de planillas de repertorio real. Todo esto a una entidad sancionada que históricamente ha estado envuelta en cientos de escándalos.

Privatización del Espacio Público y Patrocinios Ocultos: Explotación comercial de los parques metropolitanos y montaje de escenarios comerciales (como la tarima corporativa comercial) por parte de marcas privadas y licoreras, cuyos contratos y recaudos no ingresan al Tesoro Distrital ni son vigilados por la administración.

Nómina Paralela y Fraccionamiento Presupuestal: Uso masivo de la contratación directa por prestación de servicios y fraccionamiento de Certificados de Disponibilidad Presupuestal (CDPs) para mantener una estructura burocrática interna transversal que elude los concursos públicos de mérito y los umbrales de selección objetiva.

Vetos, Hostigamiento e Intimidación al Control Social: Bloqueo institucional y sistemático contra plataformas de veeduría y medios independientes (como Subterránica y el Museo del Rock Colombiano), trascendiendo a hostigamientos y operativos de presión policial y judicial contra los veedores ciudadanos.

Con la presentación de este informe técnico y financiero, la Veeduría Ciudadana Ojo al Arte cumple a cabalidad con su mandato constitucional y legal de control social, habiendo recaudado y documentado el acervo probatorio que demuestra las graves irregularidades que rodean la contratación de los Festivales al Parque.

No obstante, corresponde ahora de manera exclusiva a las autoridades competentes (Fiscalía General de la Nación, Contraloría General de la República, Procuraduría General de la Nación y Personería de Bogotá) asumir la responsabilidad legal que les compete: realizar las investigaciones forenses de fondo, practicar las pruebas periciales necesarias y tomar las decisiones disciplinarias, fiscales y penales a que haya lugar. Nuestra labor investigativa ha llegado a su término; el esclarecimiento definitivo de los hechos y la determinación de las responsabilidades legales quedan enteramente en manos del Estado.

@veeduríaojoalarte

Continúa leyendo

Colombia

Bogotá afina las guitarras para Incendiar Wacken y el primer heat ya tiene dueño

Publicado

en

La maquinaria del metal colombiano ha vuelto a rugir con una fuerza que no entiende de fronteras y Wacken Metal Battle Colombia ha abierto oficialmente su cuarta temporada consecutiva con una noche que quedará grabada en la memoria de la escena capitalina, porque Bbar se convirtió en el epicentro de una operación enorme que activa un circuito único en la región y que este 2026 llega con un antecedente demoledor, el primer lugar a nivel mundial conquistado con fuerza por el talento de los chilenos Force, un hito que ahora obliga a llevar a dos bandas al campo sagrado de Alemania y que eleva la vara para cada agrupación que se atreve a subirse al escenario.

La geografía de esta batalla es tan ambiciosa como su propósito y nuestra región se divide en dos, norte con Colombia, Ecuador y Venezuela, mientras que el oeste agrupa a Chile, Perú y Bolivia, tejiendo una red de eliminatorias que desembocan en una final regional donde los mejores exponentes del continente se disputan el pasaje a Wacken Open Air y esa presión se sintió desde el primer acorde en Bogotá, donde cinco bandas de altísimo nivel se lanzaron a la arena con la certeza de que solo un cupo directo estaban en juego y con la responsabilidad de demostrar que la escena local es mucho más que las diez bandas que suelen rotar por los espacios públicos.

La primera en reventar el escenario fue Decimation, una agrupación bogotana de death metal formada en 2016 que sonó como un camión y que dejó claro por qué es una de las bandas más sólidas del circuito extremo capitalino, con una alta factura en los riffs de guitarra y una energía que no dio tregua en ningún momento, porque su punto fuerte es ese front man que combina una voz poderosa con una presencia escénica bestial y que, respaldado por una banda de ejecución precisa, logró que el público entendiera de inmediato que la noche no iba a tener concesiones, sobre todo si se tiene en cuenta que Decimation trabajando constantemen te consolidando un nombre que ya es sinónimo de brutalidad bien entendida en la movida bogotana.

Siguió Atomic Heart, una de esas bandas jóvenes que llevan varios años trabajando y cuya evolución ha sido evidente para quienes han seguido su rastro, porque el ensamble musical es de mucho calibre y refresca una escena que necesita urgentemente de savia nueva, y es que Atomic Heart ha dado un giro hacia una especie de hard rock con una identidad propia que ellos mismos bautizaron como Street-Rock, una propuesta que refleja lo que es ser un muchacho en estos tiempos y que se sostiene en el caos urbano de Bogotá como materia prima, con guitarras pesadas, estructuras directas y una estética que bebe del pixel art y el glitch, además de contar con recorrido que ya supera una enorme cantidad de presentaciones y nominaciones en los Premios Subterránica 2026, lo que confirma que su juventud no es un obstáculo sino un combustible para seguir conquistando espacios.

Luego vino Sunset Street, una banda que ha dado mucho de qué hablar en Bogotá por su puesta en escena, su look y su energía, y que representó toda la estética glam de los ochentas a la perfección con una diversión contagiosa que cautivó al público desde el primer acorde, porque su propuesta rescata el sonido y la imaginería de bandas como Mötley Crüe, Ratt y Poison con una fidelidad que no cae en la copia y que, por el contrario, se apropia del sleaze metal para proyectarlo hacia el presente, y para este heat integraron una segunda voz femenina que sí aportó y enriqueció tanto visual como musicalmente, sumando armonías, texturas y una presencia escénica que potenció la puesta en escena y se complementó con la solidez de un grupo que se nota sin esfuerzo sobre las tablas, con un performance que levantó a todos los asistentes y que confirmó por qué son una de las bandas revelación de los últimos años en el país.

Le llegó el turno a Detonadores, una agrupación que ha sufrido cambios a lo largo de los años hasta consolidar lo que son hoy, con una demostración de poder que dejó al jurado sin argumentos en contra, porque su vocalista es una fuerza de la naturaleza imparable, una mujer que se lleva por delante a muchos de los vocalistas de metal actuales y que, con una música que mezcla crust punk alterado con la fuerza del gutural, convierte cada canción en un golpe profundo y pesado, agresivo y con clase, demostrando que la escena extrema colombiana tiene nombres femeninos que están redefiniendo las reglas del juego y que el jurado supo reconocer al momento de deliberar, apostando por una presencia escénica arrolladora y por un sonido que no necesita adornos para ser demoledor.

Para cerrar la noche llegó Thunder Steel, heavy clásico pero con tintes modernos, riffs rápidos y una puesta en escena perfecta para despedir una jornada tan intensa, y bandas como estas demuestran que los géneros más puros del rock se están retomando por las nuevas generaciones y los están haciendo propios, metiendo el tinte de la ciudad y la realidad en donde viven, porque a pesar de que ya habían pasado cuatro bandas la gente se levantó y respondió con una entrega que pocas veces se ve en un concierto de esta naturaleza, validando el trabajo de una agrupación fundada en 2010 que lleva más de una década construyendo un camino en la escena bogotana y que con discos como “Legión del Trueno” ha sabido mantener viva la llama del heavy metal tradicional sin quedarse anclada en el pasado.

Fue un gran inicio de Metal Battle y las cuentas hablan por sí solas, porque en tres participaciones hemos conquistado dos podios a nivel mundial y eso para nosotros dice mucho, pero la apuesta para esta edición es buscar esa banda que vuelva a remover la tierra de Wacken y eso es algo totalmente difícil, tanto que no se puede decir que hubo una mejor banda que otra, porque los estilos fueron diferentes y los sonidos también, y por eso el jurado se tardó tanto tiempo en decidir, aunque al final el veredicto fue claro, el ganador del primer Heat es Detonadores porque el jurado piensa que la presencia escénica de su vocalista y el poder de la banda podrían destacar en el campo sagrado, así mismo Sunset Street pasa a las finales gracias a un performance que levantó a todo el público y que además les valió el voto de la gente, y algo interesante que estamos haciendo es que las bandas voten por otra banda, y ese voto se lo llevó Atomic Heart, lo cual es muy interesante porque demuestra que todos apoyaron a la generación nueva y que la escena entiende que el relevo generacional no es una amenaza sino una necesidad.

Qué honor poder ver a estas bandas en este circuito y descubrir y reiterar una vez más que Bogotá es mucho más de las diez bandas que rotan por todos los espacios públicos, porque a los que fueron saben que fue un concierto de talla mundial y que las grandes bandas no necesitan estadios para sonar como deben, así que encontraremos de nuevo a Detonadores y Sunset Street en las finales para ver si alguna de ellas avanza a la gran final regional, mientras que por lo pronto el segundo heat será el sábado 24 de octubre con otro cartel que promete darnos una de las mejores noches del año y que dejará claro que esta cuarta edición del Wacken Metal Battle Colombia no es un simple torneo sino una declaración de intenciones de una escena que ya no pide permiso para existir sino que exige ser escuchada.

@subterranica

Continúa leyendo

Colombia

Aun si fuera verdad que más de 500 mil personas fueron a Rock al Parque, esta entonces sería la peor noticia para la escena del rock bogotano

Publicado

en

¿Dónde putas están esas 500 mil personas cuando las bandas colombianas se presentan durante el resto del año? ¿Dónde están cuando esas mismas agrupaciones organizan un concierto en un bar y no consiguen meter ni diez personas pagando una entrada de veinte mil pesos? ¿Dónde están los miles de asistentes que aparecen en Rock al Parque, consumen, recorren el festival y llenan los espacios frente a las tarimas, pero desaparecen cuando los músicos necesitan vender unas cuantas boletas para poder seguir tocando?

Si aceptáramos que la cifra de 500 mil asistentes publicada por varios medios es cierta, tendríamos una noticia hermosa para el festival. Pero hay otra realidad… Durante Rock al Parque, buena parte del público llega para ver a los artistas internacionales que se presentan después de las seis de la tarde. Las bandas nacionales pueden estar tocando desde temprano, pero la convocatoria que parece multitudinaria no se traduce en público para sus conciertos durante el resto del año. Esas mismas agrupaciones que aparecen en el cartel de uno de los festivales públicos más importantes del continente no consiguen reunir ni diez personas en un bar.

Entonces, ¿de qué público estamos hablando? ¿De una comunidad que sigue a sus bandas, compra entradas, asiste a conciertos y sostiene una escena musical o de una multitud ocasional que consume rock cuando la entrada es gratuita y el espectáculo está financiado con recursos públicos?

Asistencia en las primeras bandas

Aquí aparece la contradicción. Hay personas dispuestas a gastar treinta mil pesos en un perro caliente durante el festival, pero que no pagan veinte mil por entrar a ver a una agrupación colombiana en un escenario independiente. No se trata de cuestionar en qué gasta su dinero cada persona. Se trata de señalar la hipocresía de una cultura que dice apoyar el rock nacional, comparte afiches, publica fotografías desde el parque y aplaude a las bandas cuando no tiene que pagar por escucharlas, pero que después no aparece cuando esas mismas agrupaciones necesitan público para sobrevivir.

El problema no es que el rock colombiano carezca de músicos, de propuestas o de talento. El problema es que hemos confundido la asistencia a un festival gratuito con la existencia de una escena musical sólida. Una multitud que llega a ver a sus artistas internacionales favoritos no constituye automáticamente un público para las bandas nacionales. Y una persona que disfruta de un concierto gratuito no necesariamente se convierte en alguien dispuesto a pagar por la música durante el resto del año.

El público del rock colombiano tiene que mirarse al espejo. No puede exigir mejores bandas, mejores escenarios, más conciertos y mayor reconocimiento mientras se niega a pagar una entrada de veinte mil pesos. No puede reclamar que los músicos vivan de su trabajo y después dejarlos solos frente a una taquilla vacía. La música necesita seguidores, pero también necesita personas dispuestas a sostener económicamente aquello que dicen amar.

Por supuesto, existen seguidores que apoyan de manera constante a las agrupaciones, compran entradas y mantienen vivos los circuitos independientes. Pero si una banda puede tocar ante miles de personas en un festival y después no consigue reunir ni diez asistentes en un bar, algo está profundamente jodidísimo en la relación entre esa escena y su público.

Y esto es directo, el público del rock colombiano, entendido como esa masa que presume de apoyar el género pero solo aparece cuando todo es gratis, es una mierda. Es un público acomodado, acostumbrado a que otros paguen la cuenta, que confunde consumir un espectáculo con apoyar una cultura. Quiere la foto, la experiencia, el artista internacional y el festival multitudinario, pero no quiere asumir los veinte mil pesos que pueden ayudar a mantener viva a una banda nacional.

Rock al Parque puede ofrecer visibilidad a ciertas bandas, pero la visibilidad no paga los ensayos, las grabaciones, el transporte, los equipos ni el alquiler de un bar. Los músicos no pueden vivir eternamente de la promesa de que algún día ese público regresará. Tampoco pueden sostener una carrera esperando la siguiente convocatoria institucional.

Treinta años después de la creación del festival, la pregunta no es solamente cuánta gente fue al parque. La pregunta es cuántas de esas personas seguirán a las bandas colombianas cuando se apaguen las tarimas, se retiren los artistas internacionales y desaparezca la gratuidad. ¿Cuántas comprarán una entrada de veinte mil pesos para ver a esas mismas agrupaciones en un bar? Eso sucedía en los noventas cuando al otro día una banda que se hiciera notoria sonaba en las radios y llenaba bares, hoy para nada.

Asistencia en las horas antes de las 6.00 PM

Porque si la respuesta es que no llegan ni diez, entonces tenemos que dejar de celebrar las multitudes como prueba del éxito del rock nacional. Tal vez el festival sí tiene público. Tal vez los artistas internacionales sí tienen público. Lo que parece no tener la escena colombiana, en muchos casos, es un público dispuesto a pagar por ella.

Y esa es la peor noticia. No que la gente deje de ir a Rock al Parque, sino que después de treinta años todavía haya bandas colombianas que no consigan reunir diez personas pagando una entrada. El día que termine el festival, los músicos seguirán necesitando público. Y entonces no habrá perro caliente de treinta mil pesos, artista internacional ni presupuesto público detrás del cual esconderse.

Hagamos un ejercicio ¿que pasaría si se cobrara mil pesos por persona, cuanto ingresaría para rock al parque para traer más bandas de calidad o inyectarle al rock y la pregunta dura, si se cobrara mil pesos? cuanta gente irira?

Si Rock al Parque convocó 561.020 asistencias en tres días según lo que dice la alcaldía, ¿qué pasaría si cada asistente pagara apenas $1.000? No estamos hablando de cobrar una entrada de $20.000 ni de convertir el festival en un negocio privado. Estamos hablando de una contribución simbólica y de preguntarnos cuánto dinero podría regresar directamente a la escena del rock colombiano.

La cuenta inicial es sencilla: si las 561.020 asistencias se mantuvieran y cada una pagara mil pesos, el recaudo bruto sería de $561.020.000.

La pregunta más interesante es la segunda: ¿cuánta gente dejaría de ir si tuviera que pagar esos mil pesos? No hay datos que permitan predecirlo con certeza. Pero podemos calcular cuánto se recaudaría en distintos escenarios.

Recaudo bruto con una contribución de $1.000 por asistencia

100% de la asistencia

$561.020.000

561.020 asistencias pagando $1.000 cada una

90% de la asistencia

$504.918.000

504.918 asistencias pagando $1.000 cada una

75% de la asistencia

$420.765.000

420.765 asistencias pagando $1.000 cada una

50% de la asistencia

$280.510.000

280.510 asistencias pagando $1.000 cada una

25% de la asistencia

$140.255.000

140.255 asistencias pagando $1.000 cada una

Escenarios hipotéticos, antes de costos de recaudo y operación.

Con que pagara la mitad del público registrado, entrarían más de $280 millones. Con una cuarta parte, serían más de $140 millones que podrían destinarse, si así se decidiera y presupuestara, a circulación de bandas nacionales, giras, grabación, producción de conciertos o mejores honorarios.

Si una persona está dispuesta a desplazarse, pasar horas en el parque y gastar decenas de miles de pesos en comida, ¿pagaría mil pesos para entrar? ¿Cuántos dejarían de ir? ¿Y qué nos diría eso sobre la relación real del público con el festival y con el rock colombiano?

La cifra de asistencia de 2026 permite plantear el experimento, pero no demuestra de antemano cuántas personas aceptarían pagar. Precisamente por eso, la pregunta de los mil pesos es tan potente, pone a prueba cuánto vale realmente el apoyo que el público dice tener por el rock.

Entonces volvemos a la pregunta inicial ¿En donde están todos esos rockeros el resto del año?

Continúa leyendo

Popular