Colombia
LA REALIDAD PARALELA DEL IDARTES: EL DESCARADO MONTAJE POST-DENUNCIA PARA EVADIR A LA CONTRALORÍA
Por: Periodismo de Investigación Ciudadana Bogotá D.C., 7 de junio de 2026
Lo que ha sucedido en las últimas 48 horas en los pasillos del Instituto Distrital de las Artes (IDARTES) es digno de una película de mafiosos… sin ser película sino realidad; es una muestra de cómo una maquinaria burocrática, acorralada por las denuncias ciudadanas, es capaz de alterar expedientes públicos en tiempo real para fabricar una realidad paralela y lavarse las manos ante los entes de control fiscal.
El detonante de este escándalo ocurrió los días 4 y 5 de junio de 2026. Tras una rigurosa auditoría ciudadana al proceso de la BECA LEP – PRODUCCIÓN Y CIRCULACIÓN – RED DE ESCENARIOS 2026 (Específicamente la Categoría 3, destinada al Teatro al Aire Libre La Media Torta), se radicó una macro-denuncia que dejó al desnudo un fraude matemático insubsanable. La convocatoria, bajo la ordenación del gasto de la Subdirectora de Equipamientos Culturales, SILVIA OSPINA HENAO, ofertaba de manera fija y obligatoria 16 cupos para ganadores con recursos de la Contribución Parafiscal Cultural ($160.000.000). Sin embargo, el propio documento oficial de la entidad, denominado Inscritos y habilitados.pdf, demostraba que únicamente doce (12) propuestas reales habían sido habilitadas. Había más premios que concursantes legalmente aptos; el concurso estaba muerto antes de empezar.
El pánico del 5 de junio y la orden de “cuadrar” las cifras
La alerta ciudadana escaló de inmediato. El 5 de junio de 2026, la Dirección de Apoyo al Despacho de la Contraloría de Bogotá emitió el traslado de urgencia de la denuncia mediante el Oficio Consecutivo 11100-1-77045, abriendo de manera formal el Radicado de Control Fiscal No. 2-2026-12084.
Al verse notificados en tiempo real de que la Contraloría iniciaría una inspección técnica sobre un concurso viciado de origen (donde obligaron a los jurados a evaluar un listado raquítico de 12 propuestas para llenar 16 cupos fijos, omitiendo el deber legal de declarar la deserción parcial de los 4 cupos sobrantes), la reacción de las directivas del IDARTES no fue la transparencia, sino el pánico operativo y la adulteración documental.
El sábado 6 de junio de 2026, en una maniobra informática y administrativa relámpago ejecutada a menos de 24 horas del traslado de la denuncia, el IDARTES colgó en su plataforma un documento definitivo: el acta publicada 6 de junio 2026.pdf. Fue en ese preciso instante donde la entidad consumó una presunta Falsedad Ideológica en Documento Público. En un intento desesperado por disimular que la convocatoria carecía de quórum competitivo y que la bolsa de dinero público estaba rota, la entidad modificó la verdad histórica del proceso e insertó una cifra falsa en el texto del acta, asegurando ante los ojos de la ciudadanía y de los auditores fiscales que el universo de proyectos evaluados por los jurados no era de 12, sino de catorce (14) propuestas habilitadas.
De la noche a la mañana, y solo después de verse denunciados, el IDARTES “apareció” dos propuestas fantasmas en el papel para maquillar el déficit e intentar demostrar que sí existía una competencia real en los equipamientos culturales de la ciudad.
El truco de magia: Inventar reglas de juego con el partido ya terminado
El segundo gran pilar de la realidad paralela construida por la Subdirección de Equipamientos Culturales se ejecutó mediante lo que en derecho administrativo se conoce como una flagrante Desviación de Poder. Para blindar a la ordenadora del gasto, SILVIA OSPINA HENAO, tras el traslado de la denuncia el 5 de junio, el IDARTES no solo infló el número de participantes en el papel; también tuvo que inventarse una barrera de contención técnica para deshacerse de propuestas sobre la marcha.
En el acta publicada a las carreras el sábado 6 de junio de 2026, la entidad y su cuerpo de jurados sacaron de la manga un criterio de evaluación inédito: un sistema de “máximos y mínimos de puntaje de corte” para restringir de manera selectiva quiénes pasaban el filtro y quiénes no.
La trampa es burda. Al revisar minuciosamente los pliegos de condiciones técnicas y la Resolución No. 166 del 24 de febrero de 2026 —que legalmente son las únicas reglas de juego vinculantes e inmodificables del concurso—, en ninguna parte se estableció un tope eliminatorio de este carácter para la Categoría 3 de La Media Torta. Las reglas originales obligaban a premiar a 16 propuestas bajo un estricto orden de elegibilidad y evaluación objetiva.
Al inventar y aplicar un umbral de puntuación ex post facto (con el proceso cerrado, los sobres abiertos y la denuncia de la Contraloría ya radicada en sus despachos), IDARTES violó el principio constitucional del debido proceso y la buena fe objetiva. Cambiar las reglas de un concurso público después de que los participantes han competido —y con el único fin de “cuadrar” matemáticamente un resultado que los favorezca ante la auditoría fiscal— configura un presunto delito de Fraude Procesal. Modificaron los elementos del expediente para inducir a error a los investigadores de la Contraloría de Bogotá, pretendiendo hacer pasar un sesgo selectivo extemporáneo como si fuera legalidad técnica.
Los jurados como parachoques y la ridícula coartada.
Para entender las dimensiones del fraude procesal, es necesario mirar la línea de tiempo del expediente. Según consta en el propio documento manipulado, el cuerpo de jurados cerró formalmente sus deliberaciones el día 1 de junio de 2026 a las 14:00:00. Por ley y cronograma, el listado de elegibles debió ser publicado de inmediato. Sin embargo, la entidad retuvo el acta de manera irregular durante cinco días, rompiendo la cadena de custodia del proceso administrativo.
¿Por qué guardaron el documento bajo llave? El pánico del 5 de junio, cuando la Contraloría les trasladó la macro-denuncia ciudadana bajo el Radicado 2-2026-12084, les dio la respuesta. IDARTES utilizó ese preocupante lapso de retención para inyectar en el documento definitivo una narrativa defensiva ex post facto antes de colgarlo en la plataforma el sábado 6 de junio.
Al revisar la página 5 del acta prefabricada, el cinismo institucional queda al descubierto. IDARTES obligó o indujo a los jurados a plasmar justificaciones que no tienen nada que ver con los pliegos originales de la Resolución No. 166 de 2026, sino que buscan culpar al propio software de la entidad por el fracaso en la participación artística de la ciudad. Textualmente se sembró en el acta la siguiente coartada:
“…Esta falta de propuestas viables se ve agravada por el propio diseño de la plataforma de la convocatoria, la cual confunde al participante con formularios duplicados que inducen al plagio de fichas técnicas (riders), exige insumos ajenos a la categoría de circulación (como libretos)… y ofrece herramientas presupuestales rígidas que desconfiguran sus fórmulas”.
Esto es una aberración dentro del periodismo de investigación y la veeduría pública: IDARTES pretendió usar el acta de los jurados como un mecanismo de auto-exoneración penal y fiscal. En el derecho administrativo, las fallas, rigideces o asimetrías de las plataformas informáticas diseñadas por el propio Estado jamás pueden ser elevadas a la categoría de argumentos para descalificar propuestas o para recortar bolsas de dinero parafiscal de destinación específica. Al sembrar este testimonio artificial el 6 de junio, la entidad consumó una Falsedad Ideológica por Ocultamiento y una abierta Desviación de Poder, pretendiendo que los jurados asumieran la culpa del bache matemático que Subterránica ya había puesto en conocimiento del organismo de control fiscal.
La fase criminal: Guerra sucia, video filtrado y amenazas de muerte
El descarado montaje documental del 6 de junio de 2026 no fue la única respuesta del entorno que protege los oscuros intereses de la contratación de IDARTES. Al verse al descubierto ante el traslado inmediato de la Contraloría de Bogotá (Radicado No. 2-2026-12084), y ante el peso de una fiscalización ciudadana que lleva más de 13 años (2013-2026) documentando el direccionamiento del Programa Distrital de Estímulos y las roscas operativas de los Festivales al Parque, los implicados decidieron cruzar la línea de la legalidad para pasar al terreno de la delincuencia organizada.
En las últimas horas, de manera paralela a la publicación del acta falsificada, actores indeterminados, pero directamente coordinados con los intereses de la entidad han desatado una campaña sistemática de guerra sucia y asesinato moral contra el veedor ciudadano. Denunciamos públicamente ante el país y la comunidad internacional la difusión masiva e ilícita de un video de carácter estrictamente privado extraído de mi entorno personal. Este material íntimo ha sido burda y maliciosamente sacado de contexto con un único objetivo delictivo, destruir mi buen nombre, minar mi credibilidad periodística y desviar la atención pública de los contundentes hallazgos que hunden la gestión de la Subdirectora de Equipamientos Culturales, SILVIA OSPINA HENAO. Y no solo eso, no es primera vez, en la fiscalía corre un proceso contra músicos aliados a Idartes y beneficiciaron anteriores por los mismos motivos.
Pero el perfilamiento y la difamación informática son solo la antesala. El ataque escaló de inmediato a la intimidación violenta: he comenzado a recibir amenazas anónimas de muerte que advierten represalias extremas si se detiene la ampliación de estas denuncias ante la Contraloría.
En un país como Colombia, donde la corrupción contractual y la defensa del erario público se pagan históricamente con sangre, estas amenazas no son un chiste digital ni una simple hostilidad de redes sociales; representan un riesgo inminente, real y letal contra la vida y la del núcleo familiar de quienes denuncian. Aquí se mata por deporte para blindar los presupuestos del fomento cultural. El uso de material privado para perfilar a un ciudadano es el procedimiento estándar de las mafias contractuales antes de pasar al atentado material. Hago responsable directo al Estado colombiano, a las directivas de IDARTES y a los operadores privados que se lucran de su contratación por cualquier atentado contra mi integridad física, la de mi esposa o la de mis hijas.
El veredicto ciudadano: Exigencia de cese total y las preguntas que la Contraloría no puede evadir
La farsa de los “14 habilitados”, la invención extemporánea de puntajes mínimos de corte para recortar las bolsas de estímulos y la posterior campaña de hostigamiento contra la veeduría ciudadana demuestran que IDARTES ha desbordado cualquier límite de la legalidad. No estamos ante un problema de software ni ante un error de digitación de un funcionario de rango medio; estamos ante el modus operandi de una cofradía burocrática institucionalizada que prefiere acudir a la falsedad ideológica y a la guerra sucia antes que permitir que se auditen los recursos públicos.
Permitir que el IDARTES continúe ejecutando el presupuesto ordinario del fomento, legalizando contratos de circulación y tramitando los fondos parafiscales de la Contribución Cultural (recursos LEP) bajo un expediente burdamente alterado, constituiría un insulto a los miles de artistas independientes que año tras año ven cómo se cierran las puertas del circuito artístico de Bogotá. Ante la gravedad de los hechos y el riesgo inminente para la vida del fiscalizador, la ciudadanía y los colectivos musicales independientes exigen la aplicación inmediata de medidas extraordinarias: el CESE INMEDIATO DE TODA ACTIVIDAD ADMINISTRATIVA, CONTRACTUAL Y PRESUPUESTAL DEL IDARTES, y la intervención urgente de la Unidad Nacional de Protección (UNP) y la Fiscalía General de la Nación para frenar la intimidación criminal.
La pelota está ahora en la cancha de la Contraloría de Bogotá D.C. El radicado especial No. 2-2026-12084 determinará si el órgano de control fiscal se arrodilla ante las realidades paralelas de la burocracia o si hace cumplir la Constitución. Los ciudadanos y los medios independientes exigimos respuestas públicas, taxativas y escritas a un cuestionario que no admite evasivas:
- ¿Validará la Contraloría de Bogotá la cifra falsa de 14 habilitados sembrada a última hora por el IDARTES, o tipificará de manera contundente la comisión de los presuntos delitos de Falsedad Ideológica en Documento Público y Fraude Procesal post-denuncia?
- ¿Aceptará el organismo de control fiscal que las entidades distritales inventen e implementen criterios de puntaje excluyentes con el concurso ya cerrado y las denuncias radicadas, destruyendo el principio de Selección Objetiva?
- Dado el entorno de presunta corrupción sistemática que abarca la contratación del fomento y los Festivales al Parque, ¿decretará la Contraloría la Medida Cautelar de Suspensión Preventiva y cese de actividades sobre el IDARTES para proteger el patrimonio de la ciudad?
- Frente a las amenazas de muerte directas y el perfilamiento mediante la filtración de material privado que hoy sufre el veedor de este caso, ¿qué acciones afirmativas e inmediatas tomará la Contraloría para garantizar que ejercer el control social en Bogotá no sea una sentencia de muerte?
- Dígale de frente a la ciudadanía: ¿Es la Contraloría de Bogotá D.C. una institución tolerante con el maquillaje de expedientes y la opacidad en el sector cultura, o compulsará copias de urgencia a la Fiscalía General de la Nación por las conductas delictivas plenamente probadas en este proceso?
La verdad histórica del expediente ya fue expuesta. El documento original definitivo con solo 12 propuestas habilitadas reales contra el acta prefabricada del 6 de junio con 14 participantes artificiales son las pruebas reinas de un montaje que la ciudad no va a silenciar. Seguiremos vigilantes, informando cada paso de este proceso, porque la cultura y los recursos de Bogotá le pertenecen a los artistas, no a los parásitos que pretenden administrarlos a puerta cerrada.
Y ojo… esa manía que tienen los colombianos de compartir chats, conversaciones, videos que no son de ustedes se castiga CON CARCEL:
- Ley 1273 de 2009 (Ley de Delitos Informáticos)
Esta es la norma principal cuando el material privado se obtiene o se difunde a través de medios digitales (WhatsApp, redes sociales, correos electrónicos).
Artículo 269F: Violación de datos personales.
Castiga a quien, sin estar facultado para ello, con provecho propio o de un tercero, obtenga, compile, sancione, modifique, divulgue o difunda códigos de acceso, datos personales contenidos en base de datos o medios semejantes.
Pena de cárcel: De 48 a 96 meses (de 4 a 8 años) de prisión.
Multa: De 100 a 1.000 salarios mínimos legales mensuales vigentes.
- Código Penal Colombiano (Ley 599 de 2000)
Si la conversación o el video se obtuvieron interceptando o violando la privacidad de las comunicaciones, aplican los delitos contra la intimidad:
Artículo 192: Violación de ilícita de comunicaciones.
Castiga al que ilícitamente interceptre comunicación dirigida a otra persona, o se entere de su contenido, la modifique o la divulgue.
Pena de cárcel: De 16 a 54 meses (de 1.3 a 4.5 años) de prisión.
Artículo 194: Divulgación y empleo de documentos reservados.
Sanciona al que hallándose en posesión de un documento, chat, grabación o video que por su naturaleza deba permanecer en reserva, lo divulgue de manera que pueda causar perjuicio.
Pena: Multa y pérdida del empleo o cargo público (si aplica), además de agravarse si se usa para chantaje o descrédito.
Agravantes del Delito (Aumento de la Pena)
La ley estipula que la pena de cárcel aumentará de la mitad a las tres cuartas partes (pudiendo superar los 10 o 12 años de prisión) si se cumplen las siguientes condiciones, las cuales encajan con su situación de control social:
Uso de la información para descrédito: Cuando el material se difunde con la intención explícita de dañar el buen nombre, la honra o la credibilidad de la víctima.
Fines de retaliación o chantaje: Cuando se utiliza como un mecanismo de presión para que la persona desista de una acción (como una denuncia fiscal).
Difusión masiva: Cuando se utilizan redes sociales, medios informáticos o canales de mensajería para multiplicar el alcance del daño. PRgunten a nuestro amigo el guitarrista.
Colombia
Aun si fuera verdad que más de 500 mil personas fueron a Rock al Parque, esta entonces sería la peor noticia para la escena del rock bogotano
¿Dónde putas están esas 500 mil personas cuando las bandas colombianas se presentan durante el resto del año? ¿Dónde están cuando esas mismas agrupaciones organizan un concierto en un bar y no consiguen meter ni diez personas pagando una entrada de veinte mil pesos? ¿Dónde están los miles de asistentes que aparecen en Rock al Parque, consumen, recorren el festival y llenan los espacios frente a las tarimas, pero desaparecen cuando los músicos necesitan vender unas cuantas boletas para poder seguir tocando?
Si aceptáramos que la cifra de 500 mil asistentes publicada por varios medios es cierta, tendríamos una noticia hermosa para el festival. Pero hay otra realidad… Durante Rock al Parque, buena parte del público llega para ver a los artistas internacionales que se presentan después de las seis de la tarde. Las bandas nacionales pueden estar tocando desde temprano, pero la convocatoria que parece multitudinaria no se traduce en público para sus conciertos durante el resto del año. Esas mismas agrupaciones que aparecen en el cartel de uno de los festivales públicos más importantes del continente no consiguen reunir ni diez personas en un bar.
Entonces, ¿de qué público estamos hablando? ¿De una comunidad que sigue a sus bandas, compra entradas, asiste a conciertos y sostiene una escena musical o de una multitud ocasional que consume rock cuando la entrada es gratuita y el espectáculo está financiado con recursos públicos?

Asistencia en las primeras bandas
Aquí aparece la contradicción. Hay personas dispuestas a gastar treinta mil pesos en un perro caliente durante el festival, pero que no pagan veinte mil por entrar a ver a una agrupación colombiana en un escenario independiente. No se trata de cuestionar en qué gasta su dinero cada persona. Se trata de señalar la hipocresía de una cultura que dice apoyar el rock nacional, comparte afiches, publica fotografías desde el parque y aplaude a las bandas cuando no tiene que pagar por escucharlas, pero que después no aparece cuando esas mismas agrupaciones necesitan público para sobrevivir.
El problema no es que el rock colombiano carezca de músicos, de propuestas o de talento. El problema es que hemos confundido la asistencia a un festival gratuito con la existencia de una escena musical sólida. Una multitud que llega a ver a sus artistas internacionales favoritos no constituye automáticamente un público para las bandas nacionales. Y una persona que disfruta de un concierto gratuito no necesariamente se convierte en alguien dispuesto a pagar por la música durante el resto del año.
El público del rock colombiano tiene que mirarse al espejo. No puede exigir mejores bandas, mejores escenarios, más conciertos y mayor reconocimiento mientras se niega a pagar una entrada de veinte mil pesos. No puede reclamar que los músicos vivan de su trabajo y después dejarlos solos frente a una taquilla vacía. La música necesita seguidores, pero también necesita personas dispuestas a sostener económicamente aquello que dicen amar.
Por supuesto, existen seguidores que apoyan de manera constante a las agrupaciones, compran entradas y mantienen vivos los circuitos independientes. Pero si una banda puede tocar ante miles de personas en un festival y después no consigue reunir ni diez asistentes en un bar, algo está profundamente jodidísimo en la relación entre esa escena y su público.
Y esto es directo, el público del rock colombiano, entendido como esa masa que presume de apoyar el género pero solo aparece cuando todo es gratis, es una mierda. Es un público acomodado, acostumbrado a que otros paguen la cuenta, que confunde consumir un espectáculo con apoyar una cultura. Quiere la foto, la experiencia, el artista internacional y el festival multitudinario, pero no quiere asumir los veinte mil pesos que pueden ayudar a mantener viva a una banda nacional.
Rock al Parque puede ofrecer visibilidad a ciertas bandas, pero la visibilidad no paga los ensayos, las grabaciones, el transporte, los equipos ni el alquiler de un bar. Los músicos no pueden vivir eternamente de la promesa de que algún día ese público regresará. Tampoco pueden sostener una carrera esperando la siguiente convocatoria institucional.
Treinta años después de la creación del festival, la pregunta no es solamente cuánta gente fue al parque. La pregunta es cuántas de esas personas seguirán a las bandas colombianas cuando se apaguen las tarimas, se retiren los artistas internacionales y desaparezca la gratuidad. ¿Cuántas comprarán una entrada de veinte mil pesos para ver a esas mismas agrupaciones en un bar? Eso sucedía en los noventas cuando al otro día una banda que se hiciera notoria sonaba en las radios y llenaba bares, hoy para nada.

Asistencia en las horas antes de las 6.00 PM
Porque si la respuesta es que no llegan ni diez, entonces tenemos que dejar de celebrar las multitudes como prueba del éxito del rock nacional. Tal vez el festival sí tiene público. Tal vez los artistas internacionales sí tienen público. Lo que parece no tener la escena colombiana, en muchos casos, es un público dispuesto a pagar por ella.
Y esa es la peor noticia. No que la gente deje de ir a Rock al Parque, sino que después de treinta años todavía haya bandas colombianas que no consigan reunir diez personas pagando una entrada. El día que termine el festival, los músicos seguirán necesitando público. Y entonces no habrá perro caliente de treinta mil pesos, artista internacional ni presupuesto público detrás del cual esconderse.
Hagamos un ejercicio ¿que pasaría si se cobrara mil pesos por persona, cuanto ingresaría para rock al parque para traer más bandas de calidad o inyectarle al rock y la pregunta dura, si se cobrara mil pesos? cuanta gente irira?
Si Rock al Parque convocó 561.020 asistencias en tres días según lo que dice la alcaldía, ¿qué pasaría si cada asistente pagara apenas $1.000? No estamos hablando de cobrar una entrada de $20.000 ni de convertir el festival en un negocio privado. Estamos hablando de una contribución simbólica y de preguntarnos cuánto dinero podría regresar directamente a la escena del rock colombiano.
La cuenta inicial es sencilla: si las 561.020 asistencias se mantuvieran y cada una pagara mil pesos, el recaudo bruto sería de $561.020.000.
La pregunta más interesante es la segunda: ¿cuánta gente dejaría de ir si tuviera que pagar esos mil pesos? No hay datos que permitan predecirlo con certeza. Pero podemos calcular cuánto se recaudaría en distintos escenarios.
Recaudo bruto con una contribución de $1.000 por asistencia
100% de la asistencia
$561.020.000
561.020 asistencias pagando $1.000 cada una
90% de la asistencia
$504.918.000
504.918 asistencias pagando $1.000 cada una
75% de la asistencia
$420.765.000
420.765 asistencias pagando $1.000 cada una
50% de la asistencia
$280.510.000
280.510 asistencias pagando $1.000 cada una
25% de la asistencia
$140.255.000
140.255 asistencias pagando $1.000 cada una
Escenarios hipotéticos, antes de costos de recaudo y operación.
Con que pagara la mitad del público registrado, entrarían más de $280 millones. Con una cuarta parte, serían más de $140 millones que podrían destinarse, si así se decidiera y presupuestara, a circulación de bandas nacionales, giras, grabación, producción de conciertos o mejores honorarios.
Si una persona está dispuesta a desplazarse, pasar horas en el parque y gastar decenas de miles de pesos en comida, ¿pagaría mil pesos para entrar? ¿Cuántos dejarían de ir? ¿Y qué nos diría eso sobre la relación real del público con el festival y con el rock colombiano?
La cifra de asistencia de 2026 permite plantear el experimento, pero no demuestra de antemano cuántas personas aceptarían pagar. Precisamente por eso, la pregunta de los mil pesos es tan potente, pone a prueba cuánto vale realmente el apoyo que el público dice tener por el rock.
Entonces volvemos a la pregunta inicial ¿En donde están todos esos rockeros el resto del año?
Colombia
Cuatro bandas independientes se toman Bogotá con una noche de rock sin etiquetas presentes en Ruido Capital
El próximo viernes 23 de octubre de 2026, la escena independiente de Bogotá tiene una cita ineludible en Rockxy Bar, ubicado en la calle 65 #13-15, en el corazón de Chapinero. Bajo el nombre Ruido Capital, cuatro propuestas musicales de identidades radicalmente distintas compartirán un mismo escenario con una sola consigna: demostrar que el rock bogotano sigue siendo un territorio abierto, incómodo y difícil de encasillar. La jornada arrancará a las 7:30 p. m. con una entrada de $25.000 COP, en un espacio que se ha consolidado como uno de los puntos de encuentro más importantes para la música en vivo de la ciudad, con capacidad para 120 personas y una reputación ganada a pulso entre músicos y público que buscan algo más que una noche de covers.
El Pez Capitán, 6 de Bastos, Radio de Monos y El Pregón del Mudo son los encargados de darle forma a esta descarga sonora. Cada uno llega con una historia y una búsqueda particular. Radio de Monos, por ejemplo, se ha convertido en una de las propuestas más provocadoras del metal alternativo bogotano. La banda, que se consolidó en 2021, construyó su identidad a partir de una mezcla de punk, metal y electrónica que ellos mismos describen como una descarga de caos y energía. Su más reciente sencillo, Soy el Mal, es una pieza que combina riffs pesados, secuencias electrónicas y una estética visual cargada de pintura fluorescente y luces UV, un sello que han perfeccionado en tres años de presentaciones en vivo. Diego, su vocalista y fundador, ha contado que el nombre de la banda nació de una escena casi cinematográfica, cuando vio un programa de televisión donde un personaje escuchaba las voces de los monos mientras en la radio sonaba una noticia trágica. Primero fue la canción, luego el nombre, y de ahí en adelante todo fue construcción de una identidad que no quiere sonar igual a nadie más.
El Pregón del Mudo llega con una propuesta que bebe del rock, el punk y los sonidos propios de Colombia, con la cumbia como uno de sus pilares. La banda nació en 2019 del reencuentro de un grupo de amigos con trayectoria musical, y desde entonces ha construido un repertorio que se alimenta de las situaciones inverosímiles que aparecen en los titulares del país. Canciones como ¿Miedo o empanada?, Tu mamá tiene bigote o El Putas de Aguadas hacen parte de su primer disco, Antipatría, una producción que mezcla la agenda nacional con ritmos de la región y el toque rockero y punkero que los caracteriza. Santiago Garcés, guitarrista de la banda, ha explicado que el nombre surgió de la necesidad de ser la vocería de toda esa gente callada, silenciada o que sencillamente no quiere hablar en el país. Antes se llamaban Ñoñe, pero el nombre les trajo problemas en redes y plataformas digitales, y decidieron cambiarlo por uno que reflejara mejor el rumbo que estaba tomando el proyecto. La banda está conformada por Daniel Bernal en la batería, Jhon Tato Cortés en el bajo, Santiago Garcés en la guitarra y Luis Javier Uribe en la voz, y su música ha ido creciendo al ritmo del público que los ha visto en bares y festivales de Bogotá.
El Pez Capitán y 6 de Bastos completan el cartel de Ruido Capital, dos nombres que hacen parte de esa red de bandas que sostienen la escena independiente de la ciudad con presentaciones constantes y una búsqueda sonora que no se detiene. Rockxy Bar, el lugar elegido para la cita, es un espacio que se ha posicionado rápidamente en la zona de Chapinero gracias a su buen sonido y a una programación periódica de música en vivo que incluye rock, metal y alternativo. Los asistentes destacan la acústica del lugar, la comodidad del espacio y la facilidad de acceso desde la estación de Transmilenio Calle 63, aunque algunos también señalan que el servicio puede ser lento y que las bebidas tienen precios elevados.
Ruido Capital no es solo un concierto. Es una apuesta por la diversidad sonora y por el poder de la música en directo en una ciudad donde la escena independiente sigue resistiendo a punta de guitarras, distorsión y actitud. Cuatro bandas, cuatro universos, una sola noche. La cita es el viernes 23 de octubre de 2026 a las 7:30 p. m. en Rockxy Bar, calle 65 #13-15, Bogotá. La entrada cuesta $25.000 COP. Cuatro bandas. Una noche. Ruido Capital.
Colombia
“Noir” el lado más íntimo y oscuro de Hijos del Viento
Hijos del Viento anuncia Noir, el tercer adelanto de su nuevo álbum “Insurgente”, que verá la luz el próximo 30 de octubre. El sencillo, que se estrena oficialmente el 17 de octubre, marca un giro hacia un territorio más íntimo y oscuro dentro de la propuesta de la banda bogotana, explorando la depresión, el aislamiento y la pérdida de identidad desde una estética inspirada en el cine negro. Según la propia agrupación, Noir habla de ese momento en que la depresión deja de sentirse como tristeza y empieza a sentirse como desaparecer, una idea que atraviesa tanto la lírica como la atmósfera sonora del tema. Musicalmente, el corte mantiene la dirección moderna y progresiva que Hijos del Viento viene construyendo, combinando metal moderno, atmósferas densas, melodía y peso en una mezcla que ellos mismos describen como power metalcore hecho en Bogotá.

El estreno de Noir será la misma noche del 17 de octubre, Hijos del Viento lanzará su álbum en vivo con un show de lanzamiento en La Sucursal, en Bogotá, donde presentarán por primera vez el material de su nuevo álbum completo. La banda, conformada por Sebastián Pascagaza en voces, Juan Pablo Carrillo en guitarra, Nicolás Jaime en bajo y Nicolás Gómez en batería, llega a este lanzamiento con un recorrido sólido que incluye haber abierto para Stryper en Bogotá, una participación en un evento masivo en Ciudad de México en 2026 con cerca de cien mil asistentes, su competencia en Wacken Metal Battle Colombia 2027 en Bogotá y el reconocimiento como Mejor Metal Mainstream en los Monster Music Award 2025.
“Insurgente” llegará completo el 30 de octubre y promete consolidar la evolución de la banda hacia un sonido más personal y ambicioso.
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