Festivales e Industria
Wacken Metal Battle Suramérica anuncia expasión histórica, dos cupos para Wacken 2027.
La región se divide en Northern Region y Central Region, con finales en Chile y Colombia. El período de inscripción comenzará tras la finalización del Wacken Open Air 2026.
Wacken Metal Battle, la competencia de bandas más grande del mundo, continúa su crecimiento imparable. Y Suramérica, reconocida como una de las regiones más grandes y prolíficas del planeta en la escena del metal, será protagonista de esta evolución. La organización ha confirmado una noticia brutal para la edición 2027… nuestra región no tendrá uno, sino dos cupos para el Wacken Open Air.
El cambio responde a la consolidación de la escena sudamericana y al éxito sostenido de la competencia en la región. A partir del próximo ciclo, Suramérica se dividirá en dos zonas: Northern Region y Central Region. Cada una tendrá su propio proceso clasificatorio y al final del camino, su propio campeón. Ambos representantes cruzarán el Atlántico para pisar el Holy Ground en Schleswig-Holstein.
La definición de esta nueva etapa tendrá dos grandes eventos. La Gran Final de la Northern Region se llevará a cabo en Chile. La Gran Final de la Central Region tendrá lugar en Colombia. Ambos países han demostrado, edición tras edición, un compromiso inquebrantable con el desarrollo del metal y una capacidad de convocatoria que los posiciona como ejes centrales del circuito en Latinoamérica.
Ambas finales se realizarán a finales de año, cerrando un proceso que promete movilizar a decenas de bandas, jurados, gestores y, sobre todo, a la comunidad metalera que respalda este proyecto.

Wacken Metal Battle no es solo una competencia. Es una plataforma de desarrollo para la escena. Por eso, junto con las finales, se llevarán a cabo espacios de encuentro, networking y ruedas de negocio, replicando el modelo que ya ha dado resultados en ediciones anteriores .
En estos espacios, músicos, gestores, productores, sellos independientes y medios especializados podrán establecer contactos, explorar alianzas y construir proyectos que trasciendan las fronteras. La experiencia ha demostrado que el verdadero impacto del Metal Battle se mide también en las conexiones que nacen alrededor de las competencias: acuerdos de circulación internacional, coproducciones, giras conjuntas y gestión de patrocinios.
El mensaje para las bandas de la región es claro, el reloj ya está corriendo. La organización ha confirmado que las inscripciones para el ciclo 2027 se abrirán inmediatamente después de que concluya el Wacken Open Air 2026 .
Esto significa que mientras el mundo del metal aún esté resonando en el norte de Alemania, aquí ya se estarán invitando a inscribirse a los músicos interesados. Las bandas deben tener su material listo, su set de al menos 30 minutos de música enteramente original y, crucialmente, la documentación al día para viajar a Alemania en caso de resultar ganadoras .
Las reglas son claras y están publicadas en el sitio oficial de Metal Battle. Cada país gestionará sus propias inscripciones, y solo las bandas residentes en el país donde compiten pueden participar. Los costos de viaje corren por cuenta de las bandas, tanto para las eliminatorias nacionales como para el viaje internacional en caso de ganar .
La decisión de otorgar dos cupos a Suramérica no es un regalo. Es el reconocimiento a un trabajo sostenido. En los últimos años, la región ha demostrado que tiene el talento, la disciplina y la pasión para competir al más alto nivel.

Bandas como Info (Colombia), que representó a la región en Wacken 2024 ganando el quinto lugar a nivel mundial, Vhill (Venezuela) o Force (Chile) que nos respresenta este año, han dejado en alto el nombre de Sudamérica en el escenario más importante del metal mundial . Ahora, con dos cupos, se duplica la oportunidad para que nuevas bandas emergentes den el salto.
Además, Wacken Metal Battle Suramérica ha sido pionera en la integración regional. Países como Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile han competido bajo un mismo paraguas, demostrando que el metal no entiende de fronteras.
Wacken Metal Battle no es cualquier competencia. Creada en 2004, reúne actualmente a más de 100 países de todos los continentes. Cada año, miles de bandas compiten en sus países por un único cupo para la final mundial, que se celebra durante el Wacken Open Air. Los premios incluyen no solo la visibilidad internacional, sino también miles de euros en equipos profesionales, oportunidades de networking con los principales actores de la industria y, para los ganadores, fechas confirmadas en festivales europeos al año siguiente .
Para las bandas sudamericanas, llegar a Wacken ha sido tradicionalmente un desafío logístico y económico. Pero los que lo han logrado coinciden en que la experiencia transforma carreras. No solo por el hecho de tocar en el festival más grande del mundo, sino por el contacto directo con promoters, sellos y managers de Europa, Asia y Norteamérica.
CALENDARIO Y PRÓXIMOS PASOS
Agosto 2026: Celebración del Wacken Open Air 2026. Apertura de convocatorias para el ciclo 2027 inmediatamente después.
Segundo semestre 2026: Eliminatorias nacionales en los países participantes de Northern Region y Central Region.
Noviembre 28 y Diciembre 5: Gran Final Northern Region en Colombia. Gran Final Central Region en Chile.
Agosto 2027: Los dos campeones sudamericanos viajan a Alemania para representar a la región en la final mundial del Wacken Metal Battle, durante el Wacken Open Air 2027.
Las bandas interesadas deben estar atentas a los canales oficiales de Wacken Metal Battle Suramérica en cada país. La información sobre fechas de inscripción, sedes de eliminatorias y requisitos se publicará progresivamente a partir del cierre de Wacken 2026.
Wacken Metal Battle Suramérica es organizado por Subterránica, con el apoyo de aliados estratégicos en Colombia, Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y Venezuela. Para consultas de patrocinio, alianzas o prensa, escribir a director@subterranica.com.
Europa
Italia bajo tierra, el nuevo mapa del rock del Rock y el Metal underground.
Hay una Italia musical que no aparece en Sanremo, que no necesita un estadio lleno y que tampoco está esperando que una multinacional descubra su próximo fenómeno. Está debajo de la superficie. Vive en pequeños clubes, salas de ensayo, sellos independientes, festivales organizados por fanáticos, asociaciones culturales y escenarios donde una banda puede tocar frente a cien personas una noche y cruzar la frontera europea unos meses después.
En 2026, la escena underground italiana continúa siendo una de las redes más interesantes de Europa para entender hacia dónde puede moverse el rock pesado, el punk, el hardcore y el metal durante los próximos años. Y quizá lo más interesante sea que no existe una única escena italiana. Existe una constelación de escenas que se conectan entre sí y que atraviesan diferentes regiones, ciudades y tradiciones musicales.
El mapa va desde el black metal de Friuli y Lombardía hasta el death metal de Milán y Roma, pasando por el doom, el sludge, el hardcore, el post-punk, el noise rock, el stoner y un rock alternativo que todavía conserva algo que parece haberse perdido en buena parte de la industria contemporánea: la necesidad de sonar como una banda y no simplemente como un producto.

El underground como infraestructura
Una de las características más importantes del circuito italiano actual es la existencia de pequeños espacios que funcionan como verdaderos centros de circulación cultural. No son simplemente lugares donde se presentan bandas. En muchos casos son salas de ensayo, espacios de encuentro, puntos de venta, lugares de intercambio entre músicos y escenarios donde se construyen relaciones que después terminan llevando a las bandas a otros lugares de Italia y Europa.
El caso del Tune Music Lab de Pordenone resulta particularmente revelador. Se trata de un espacio de capacidad limitada que combina sala de conciertos y sala de ensayo y que ha construido una programación alrededor del underground extremo, permitiendo que bandas locales y emergentes compartan escenario con grupos internacionales. En septiembre de 2026, por ejemplo, recibió a Atomic Aggressor y Ectovoid, dentro de una programación que anteriormente había incluido nombres como Miscreance, Mystifier, Cultus Sanguine y Bodyfarm.
En Erba, cerca de Como, el Centrale Rock Pub cumple una función semejante. Allí se desarrolló durante 2026 el Insubrian Black Metal Fest, dedicado específicamente a las expresiones más oscuras del metal. La segunda edición reunió a Kult, Hiems, A Pale December, Ernte, Forsaken Legion y Verba Serpentis.
Estos espacios demuestran algo fundamental, que el underground italiano no depende exclusivamente de los grandes festivales. Tiene sus propios circuitos y una infraestructura cultural que permite que los proyectos pequeños sobrevivan, se conozcan entre ellos y encuentren nuevos públicos.
Friuli: metal en territorio de frontera
Si existe una región que merece atención especial es Friuli-Venezia Giulia. Su posición geográfica, en la frontera con Austria y Eslovenia y cerca del mundo balcánico, ha contribuido a crear un territorio particularmente fértil para las músicas extremas. Allí las fronteras nacionales parecen tener menos importancia que las rutas naturales de circulación de músicos y públicos.
El EResia Metalfest, celebrado en Val Resia, nació como un pequeño festival gratuito dedicado al metal y fue creciendo hasta convertirse en un encuentro especializado en música extrema. En 2026 llegó a su duodécima edición y presentó un cartel que mezcló nombres internacionales con diferentes generaciones del underground italiano. Allí aparecieron Mortuary Drape y Dewfall, además de bandas internacionales como Desaster, Jungle Rot y Masacre.
Lo interesante es que el festival mantiene una dimensión comunitaria muy marcada. No intenta convertirse necesariamente en una copia italiana de los grandes festivales europeos, sino que conserva una identidad relacionada con el territorio y con la comunidad que lo sostiene.
Algo parecido ocurre con Pietrasonica, también en Friuli, un festival independiente nacido en 2009 alrededor del stoner, psychedelic rock, doom y sludge. El proyecto fue impulsado por músicos, técnicos, integrantes de espacios autogestionados y coleccionistas de vinilo, y en 2026 continuó funcionando con camping gratuito, mercado de discos y mercancía y una programación dedicada a la cultura underground.
Aquí aparece una característica que se repite en buena parte de Italia: el festival underground funciona simultáneamente como concierto, punto de encuentro, mercado, red de contactos y espacio de circulación de música independiente. El evento termina cuando termina el escenario, pero las relaciones construidas allí continúan después.

Black metal: tradición y experimentación
El black metal italiano sigue teniendo una identidad particularmente fuerte. Kult continúa siendo uno de los nombres históricos del underground nacional. La banda de Como, activa desde 2002, regresó a los escenarios y volvió a ocupar un lugar destacado dentro del circuito europeo. Su presencia en el Insubrian Black Metal Fest muestra cómo las nuevas generaciones conviven con proyectos que llevan décadas construyendo la escena.
Pero el black metal italiano contemporáneo también está buscando nuevas formas. Un caso especialmente interesante es Bianca, proyecto formado en 2024 que publicó su debut homónimo en 2025 a través de Avantgarde Music. La banda mezcla black metal tradicional con elementos atmosféricos, cinematográficos y post-black metal y plantea una aproximación deliberadamente alejada de las fronteras rígidas del género.
Otro nombre que merece atención es Unviâr, proyecto procedente de Friuli que utiliza el idioma friulano y convierte el territorio en parte de su identidad artística. Su propuesta combina black metal atmosférico con influencias escandinavas, centroeuropeas y estadounidenses, pero construye alrededor de ellas una identidad local muy marcada.
Es precisamente allí donde aparece una de las tendencias más interesantes de la escena italiana: la recuperación de identidades regionales sin abandonar la conversación internacional del metal. La escena puede utilizar lenguajes musicales nacidos en otros lugares del mundo y, al mismo tiempo, incorporar idioma, territorio, historia y memoria local.
Death metal: brutalidad, tradición y nuevas mutaciones
El death metal italiano también está atravesando un momento particularmente activo. En 2026 apareció Gorge, dúo milanés nacido en 2024 a partir de músicos vinculados con Fulci y Jorelia. Su propuesta se mueve entre brutal death metal y slam, con una aproximación directa y extremadamente pesada. La banda llegó incluso a compartir cartel con Decapitated en Milán.
Otra formación reciente es Woundead, procedente de Lombardía. Su propuesta mira deliberadamente hacia el death metal de finales de los ochenta y principios de los noventa, recuperando una estética más cruda y primordial inspirada en Necrophagia, Autopsy, Impetigo y Obituary.
En la misma línea de exploración de las raíces aparece Skulld, grupo de la región de Romaña que combina death metal, crust y hardcore. La banda incorpora además una fuerte dimensión temática relacionada con el feminismo y el ocultismo. Metalitalia describe precisamente la escena death italiana de 2026 como una escena vital y ramificada, lejos de una sola fórmula estética.
Es una observación importante porque el metal extremo italiano no parece estar intentando construir un único sonido nacional. Está haciendo exactamente lo contrario: multiplicando las posibilidades, recuperando tradiciones y mezclándolas con lenguajes contemporáneos.
El regreso de la oscuridad
El doom, el gothic metal, el post-punk y el rock oscuro también están encontrando nuevos cruces. Desde Génova aparece Sarvaega, un proyecto formado en 2025 que publicó en junio de 2026 su primer álbum, Postumo, a través de Black Widow Records. Su música recupera elementos del gothic metal clásico y de la tradición doom italiana y los mezcla con una estética ritual y oscura.
Desde Turín, Ponte del Diavolo está llevando esa mezcla todavía más lejos. La banda, formada a partir de músicos vinculados con proyectos como Feralia, Inchiuvatu, Abjura y Askesis, trabaja una combinación de doom, black metal, post-punk y wave que ellos mismos describen como “blackened post-punk”. Una particularidad de su sonido es la utilización de dos bajos, construyendo una base pesada sobre la que se desarrolla una estética cercana al post-punk oscuro.
La frontera entre metal y rock alternativo, en otras palabras, se está volviendo cada vez más difícil de definir. Los músicos están tomando elementos de escenas que anteriormente se mantenían separadas y utilizándolos para construir propuestas que no necesitan responder a una sola etiqueta.

Hardcore: la otra columna vertebral
Si el metal extremo tiene una estructura muy visible en Italia, el hardcore constituye otra red fundamental. Una banda particularmente interesante es Die Abete, de Terni. Su trayectoria combina hardcore, screamo, math rock y punk, y en mayo de 2026 publicó Giovani Volpi, su tercer álbum. Después de una pausa y una reconfiguración de la formación, la banda regresó al circuito con una extensa actividad en directo.
En Toscana, Punkcake, procedente de Arezzo, representa otra cara de la escena. Su sonido cruza punk, noise rock y post-hardcore y su primer álbum, Siamo Qui Siamo Questi, fue publicado en 2026 por Rude Records. La banda construyó buena parte de su identidad a partir del directo y de la escena underground toscana.
Son proyectos que recuerdan que el underground no es únicamente una categoría comercial. También puede ser una forma de organizar la música alrededor de comunidades específicas, escenas locales y relaciones que se mantienen durante años.
Y el rock todavía está ahí
Sería un error reducir la escena italiana contemporánea al metal. En el terreno del rock alternativo aparece, por ejemplo, Caspio, proyecto que comenzó como propuesta electro-wave y posteriormente evolucionó hacia una banda de alt-rock con influencias de los años noventa. Su álbum de 2026, Cosa resterà di noi, recupera una estética de guitarras, ruido y melodía que dialoga tanto con Smashing Pumpkins como con Verdena y el nu-gaze contemporáneo.
También está Le Sacerdotesse dell’Isola del Piacere, banda de Piacenza que lleva más de una década construyendo un rock alternativo de raíz noventera y que en septiembre de 2026 prepara el lanzamiento de Ipersensibilità.
Y existe incluso una conexión entre generaciones. Sì! Boom! Voilà! reúne a Roberta Sammarelli, histórica bajista de Verdena, con Giulio “Ragno” Favero y otros músicos de la escena alternativa italiana. Su debut de 2026 se mueve entre alt-rock y post-hardcore.
Esto demuestra que la escena italiana no está dividida de manera absoluta entre “vieja escuela” y “nueva generación”. Hay músicos históricos que continúan participando en proyectos nuevos y músicos jóvenes que están reutilizando lenguajes de décadas anteriores para construir algo diferente.
El club vuelve a ser importante
Quizá este sea el elemento más significativo de todo el panorama. Mientras la industria musical global habla constantemente de plataformas, algoritmos, viralidad y reproducción digital, buena parte del movimiento underground italiano continúa ocurriendo en lugares físicos. Allí la música sigue dependiendo de una relación directa entre músicos, promotores y público.
GERMI-LdC, en Milán, se ha convertido en uno de los ejemplos más visibles de esta lógica. El espacio, fundado entre otros por Manuel Agnelli, desarrolla una programación permanente dedicada a artistas emergentes y en 2026 amplió esa experiencia mediante Suoni dal Futuro, un proyecto que lleva nuevas bandas a clubes de ocho ciudades italianas.
El programa contempla 96 conciertos durante 2026, con cerca de un centenar de bandas involucradas en la programación del GERMI. La iniciativa también conecta artistas con otros escenarios y sellos independientes.
La idea resulta casi subversiva en tiempos de consumo musical algorítmico: volver al club, volver al ensayo y volver a construir una audiencia persona por persona. La escena continúa dependiendo de la existencia de lugares donde los músicos puedan encontrarse, tocar, equivocarse, experimentar y desarrollar una comunidad alrededor de su trabajo.
Una escena que no necesita parecerse a Londres
Durante décadas, hablar de rock europeo significaba mirar hacia Londres, Manchester, Berlín o los países escandinavos. Italia siempre estuvo ahí, pero muchas veces fue observada desde afuera como una escena secundaria frente a los grandes centros europeos.
El panorama de 2026 permite otra lectura. Italia tiene ciudades con escenas propias, regiones con identidades musicales particulares, clubes especializados, festivales independientes, sellos que mantienen catálogos activos y una circulación permanente entre músicos locales e internacionales.
Y sobre todo tiene una característica que resulta fundamental para cualquier escena underground: capacidad de reproducción. Una banda toca en un pequeño club, conoce otra banda, comparte escenario, graba un disco, lo publica un sello independiente, viaja a otro festival y regresa con otra banda. La rueda vuelve a comenzar y, con ella, se reproduce la escena.
Ese mecanismo puede parecer pequeño desde afuera, pero es precisamente el mecanismo mediante el cual se construyen escenas musicales duraderas. El underground no necesita necesariamente convertirse en industria para demostrar que existe. Necesita músicos, espacios, público y una red capaz de mantener la circulación.
El mapa que vale la pena seguir
Si hubiera que comenzar a investigar el underground italiano actual desde algunos nombres, el recorrido podría pasar por Bianca, Ponte del Diavolo, Unviâr, Gorge, Woundead, Skulld, Sarvaega, Die Abete, Punkcake, Caspio y Le Sacerdotesse dell’Isola del Piacere, sin olvidar a veteranos como Kult y Dewfall, que siguen funcionando como referencias dentro de sus respectivos circuitos. (loudersound.com)
Pero quizá el verdadero protagonista de esta historia no sea ninguna banda. Es la infraestructura que permite que todas ellas existan. Son los pequeños clubes, las salas de ensayo, los promotores, los sellos, los festivales, los fotógrafos, los medios especializados, los coleccionistas, los técnicos, los músicos que montan sus propios eventos y los públicos que todavía compran una camiseta, un vinilo o un CD después de un concierto.
Ahí está la escena. Y mientras existan esos lugares, el rock y el metal italiano seguirán teniendo algo que ninguna plataforma puede fabricar por sí sola: una comunidad que se encuentra físicamente para hacer ruido.
Por: Keyver Ramírez y Ángel Betancourt.
Colombia
No, The Klaxon no es corrupto, la forma en que actuó Rock al Parque sí lo es.
Una aclaración necesaria ante la mala interpretación de nuestra investigación periodística
Por Felipe Szarruk
Director de la Veeduría Ciudadana Ojo al Arte y Colectivo Subterránica
En las últimas semanas, tras la publicación de nuestro libro de investigación Negocio al Parque: 30 años de Rock al Parque, Corrupción, Poder y Dinero en el Rock Estatal, hemos sido testigos de un fenómeno preocupante pero predecible: la desinformación y la calumnia. Circula en redes sociales un video en el que se me acusa de haber señalado a la banda The Klaxon como “corrupta” o de haberla vinculado directamente con prácticas irregulares dentro del festival. Nada más falso.
Permítanme ser claro, contundente y definitivo:
NUNCA hemos acusado a The Klaxon, ni a sus integrantes, ni a su representante, de ser corruptos. Jamás. Lo que se denuncia en la veeduría, y lo que he denunciado durante más de una década de veeduría ciudadana, es la CORRUPCIÓN SISTEMÁTICA DEL INSTITUTO DISTRITAL DE LAS ARTES (IDARTES) y su forma de operar.
Este artículo no es una disculpa ni un retracto. Es una aclaración que, con toda honestidad, debería ser innecesaria para quienes han leído el libro con la atención que merece. Pero ante la mala fe de algunos y la ligereza de otros, me veo en la obligación de desglosar, punto por punto, lo que realmente dijimos y lo que realmente significa.
Lo que realmente dice el libro sobre The Klaxon
En el Capítulo VII, titulado “La Estafa de las Bandas”, documentamos el caso de The Klaxon en la edición de 2013. La narrativa del libro es clara y está respaldada por hechos documentados:
Primero: The Klaxon se presentó a la convocatoria pública distrital de Rock al Parque, el mecanismo oficial mediante el cual las agrupaciones locales compiten por un cupo en el festival a través de la evaluación de jurados. Es un proceso que, en teoría, debe ser democrático, transparente y basado en criterios artísticos objetivos.
Segundo: Tras surtir el proceso de evaluación, The Klaxon no pasó la convocatoria. Quedó oficialmente fuera del listado de ganadores. Eso significa que, bajo las reglas del juego establecidas por Idartes, la banda no debería haber estado en el cartel.
Tercero (y este es el punto crítico): Idartes, en un acto de absoluta discrecionalidad y arbitrariedad, ignoró el resultado de su propia convocatoria pública y metió a The Klaxon “a dedo” en el cartel oficial bajo la figura de “Show Especial” o “Invitado Distrital”. La banda terminó presentándose en el Escenario BID el domingo 30 de junio de 2013.
El libro dice textualmente:
“Este hecho constituyó una apología a la ‘rosca’ y una burla directa a los cientos de bandas que se sometieron al desgaste de la convocatoria pública. (…) Al meter a la banda de manera directa tras haber sido rechazada en el concurso público, la entidad violó el principio de selección objetiva y de igualdad de oportunidades consagrado en la Constitución Nacional.”
¿Dónde está la acusación contra The Klaxon? No existe. La crítica, la denuncia y el señalamiento son contra IDARTES, la entidad que administra los recursos públicos, que diseña las convocatorias y que decide a quién invitar y a quién excluir.
The Klaxon es una banda excelente. Su inclusión en el cartel fue, desde el punto de vista artístico, un acierto. Andrés, su representante y líder, es un amigo y un músico al que respeto profundamente. El problema no es que The Klaxon haya tocado. El problema es CÓMO y POR QUÉ tocaron.
Un patrón documentado: no es un caso aislado
Para que no quede duda de que estamos ante un patrón de conducta institucional y no ante un ataque a una banda en particular, la investigación documenta otros casos idénticos:
El caso SHIP (2016): Al igual que The Klaxon, la banda SHIP no pasó la convocatoria pública de ese año. Sin embargo, tras presiones externas y contactos dentro de la organización, fue invitada directamente a presentarse en un evento del festival con recursos pagados por el distrito. La misma lógica: se ignora el resultado de la convocatoria y se favorece a quienes tienen la capacidad de presionar o de acceder a los canales no oficiales.
El caso Paul Gillman (2017-2026): Aquí el favoritismo se tiñe de censura ideológica. En 2017, el músico venezolano fue vetado del cartel tras una campaña de desprestigio impulsada por empresarios privados. Idartes, en lugar de defender la libertad de expresión y su propia programación, cedió a la presión y canceló al artista. Años después, con un cambio de administración política, Gillman fue reinvitado. Su música nunca fue el problema. La sumisión de Idartes a grupos de presión y a la ideología del gobierno de turno sí lo fue.
El caso The Castles: La investigación documenta cómo esta banda también fue víctima de la arbitrariedad institucional, siendo retirada de la programación por decisiones caprichosas de la burocracia cultural.
En todos estos casos, el denominador común no son las bandas. Son las decisiones unilaterales, discrecionales y muchas veces ilegales de los funcionarios y contratistas de Idartes.
¿Por qué es grave este patrón de conducta?
Porque viola los principios fundamentales de la contratación pública y de la gestión del Estado:
- El Principio de Selección Objetiva (Artículo 5 de la Ley 1150 de 2007): La entidad está obligada a elegir las propuestas más favorables para el interés público mediante un proceso transparente y competitivo. Cuando Idartes ignora el resultado de su propia convocatoria para meter a una banda “a dedo”, está vulnerando este principio de manera flagrante.
- El Principio de Igualdad: Se crean dos categorías de participantes: los que se someten a las reglas y los que, por tener los contactos adecuados, pueden saltarse el proceso. Esto es un mensaje demoledor para los cientos de bandas que cada año invierten tiempo, dinero y esfuerzo en diligenciar formularios, preparar carpetas y someterse a la evaluación de jurados.
- El Principio de Transparencia: No existe un acto administrativo formal que justifique estas invitaciones directas. No hay una resolución, no hay una explicación pública, no hay un criterio objetivo. Es la pura y simple voluntad de quien ejerce el poder de contratación.
- La Desnaturalización del Festival: Rock al Parque fue declarado Patrimonio Cultural de Bogotá mediante el Acuerdo 120 de 2004. Su misión es la protección, circulación y visibilización del género rock en la capital. Cuando Idartes diluye ese mandato para incluir géneros ajenos o para complacer favores, está traicionando el espíritu de la ley.
¿Cómo funciona el “círculo de los elegidos”?
Lo que hemos documentado a lo largo de 189 páginas es la existencia de un sistema, una “rosca” institucionalizada, que opera de la siguiente manera:
- Un grupo reducido de agrupaciones repite año tras año en el cartel, acumulando hasta 10 o 12 presentaciones en el festival.
- Un círculo de contratistas y asesores decide qué bandas entran, cuáles se quedan fuera y quiénes reciben los millonarios contratos de producción y logística.
- Los jurados de las convocatorias son seleccionados a dedo, sin criterios de imparcialidad, y en muchos casos tienen vínculos directos con las bandas que evalúan.
- Los medios de comunicación aliados reciben acreditaciones masivas y a cambio se comprometen a guardar silencio sobre las irregularidades.
- Los veedores ciudadanos que se atreven a denunciar son sometidos a campañas de desprestigio, linchamiento digital y vetos institucionales.
Las bandas, en este ecosistema, son piezas de un tablero. No son las culpables. Son, en muchos casos, víctimas de un sistema que las obliga a bailar al ritmo que marca el Estado si quieren sobrevivir.
La responsabilidad de Idartes y la cooptación de la crítica
En el libro también documentamos un fenómeno que el teórico Antonio Gramsci llamó “transformismo”: el proceso mediante el cual el Estado absorbe, neutraliza y asimila a los elementos disidentes a través de la asignación de contratos, recursos públicos o prebendas.
En el Capítulo VI, “El Cartel de los Medios y el Botín de las Acreditaciones”, relatamos el caso de un periodista y gestor cultural, que entre 2012 y 2013 fue uno de los críticos más duros de la gestión de Rock al Parque, fue contratado directamente por Idartes como asesor de comunicaciones. Tras recibir el flujo de fondos públicos, su línea editorial crítica se desvaneció por completo.
Esa es la forma de operar de Idartes: comprar conciencias, silenciar voces y neutralizar la fiscalización ciudadana con recursos del erario.
Y cuando eso no funciona, cuando la crítica persiste, se recurre a la descalificación, al matoneo digital y a la difamación. Como ocurrió conmigo mismo, como ocurrió con el Colectivo Subterránica, como ha ocurrido con todos los que nos hemos atrevido a señalar las irregularidades.
La calumnia como mecanismo de defensa
Ahora entiendo por qué están circulando esos videos que me acusan de haber calumniado a The Klaxon. Es el mismo mecanismo de siempre:
Primero: Se descontextualiza mi declaración.
Segundo: Se reduce el libro a un titular sensacionalista.
Tercero: Se me acusa de atacar a una banda querida por el público.
Cuarto: Se desvía la atención de las verdaderas denuncias: los hallazgos fiscales por más de 960 millones de pesos, los contratos a dedo con Teatro R101, los vetos ideológicos, la persecución a Félix Báez, el desorden documental, las puertas giratorias y el nepotismo institucionalizado.
Es un truco viejo. Y no funcionará.
La verdad está en el libro, no en los titulares
Invitó a quienes han visto esos videos y han dudado a que hagan lo que muchos ya están haciendo: leer el libro completo. No basta con leer un fragmento, un tuit o un titular. Negocio al Parque es un expediente documentado de 30 años de corrupción estructural. Contiene:
- Pruebas documentales oficiales: Contratos, minutas, estudios previos y actas de liquidación extraídos de SECOP I y II.
- Hallazgos de entes de control: Informes de la Contraloría de Bogotá que documentan sobrecostos, pagos sin soporte y desorden administrativo.
- Respuestas oficiales: Derechos de petición y requerimientos de control fiscal que evidencian las excusas y evasivas de Idartes.
- Análisis estadístico: Datos de programación que demuestran la repetición sistemática de bandas y la exclusión de la escena emergente.
The Klaxon aparece en una de las páginas del libro como un ejemplo de la arbitrariedad de Idartes. No como un ejemplo de corrupción.
The Klaxon es parte de la solución, no del problema
Andrés y The Klaxon son parte del ecosistema musical de Bogotá. Han trabajado por el rock local, han defendido la escena y han hecho buena música. Su inclusión en el cartel de 2013 fue un acierto artístico. Eso no lo discute nadie.
Lo que discuto es que, para que ellos tocaran, Idartes tuvo que violar sus propias reglas. Si la convocatoria decía que no habían pasado, la entidad no debería haberlos invitado. O, mejor aún, la convocatoria debería haber sido lo suficientemente flexible y justa para que bandas como The Klaxon pudieran pasar sin necesidad de “contactos”.
El problema no es la banda. El problema es un sistema que obliga a las bandas a depender de la voluntad de un burócrata.
La fatiga del veedor y la resistencia ciudadana
Llevo más de diez años haciendo veeduría ciudadana. He interpuesto derechos de petición, acciones de tutela, denuncias penales y quejas disciplinarias. He sido vetado, difamado, amenazado y perseguido. He visto cómo Idartes utiliza el presupuesto de los bogotanos para comprar a críticos, silenciar medios y consolidar un feudo cultural.
Y estoy cansado.
Cansado de que me calumnien por no saber leer. Cansado de que se desvíe la atención de las verdaderas irregularidades. Cansado de que se me acuse de atacar a músicos cuando lo que estoy atacando es un sistema que los victimiza.
Pero también estoy fortalecido. Porque la gente está leyendo el libro. En masa. Y se están dando cuenta de la verdad.
No, The Klaxon no es corrupto. La forma en que actuó Rock al Parque, a través de Idartes, es lo que ha sido, durante décadas, la antítesis de la transparencia y la justicia para los artistas de esta ciudad.
El Festival Rock al Parque no es de Idartes. No es de los contratistas. No es de los curadores de turno. Es de la ciudadanía. Es un patrimonio cultural que debe ser defendido, saneado y devuelto a los músicos y al público.
Seguiremos investigando. Seguiremos denunciando. Seguiremos ejerciendo el control social que la Constitución y la ley nos otorgan. Y no nos callarán con calumnias.
Invito a quienes han malinterpretado el libro a que lo lean con atención. Invito a los medios de comunicación a que hagan periodismo serio y no se dejen instrumentalizar por la maquinaria de propaganda de Idartes. Invito a los músicos a que se organicen y exijan transparencia.
The Klaxon es una excelente banda. La corrupción está en las oficinas de Idartes, no en los escenarios.
Toca que aprendan a leer… pero para eso, hay que hacerlo primero.
Felipe Szarruk
Director de la Veeduría Ciudadana Ojo al Arte
Colectivo Subterránica
Bogotá, septiembre de 2026
Colombia
Sin burocracia, sin demora, sin excusas, Medellín organizó en 48 horas lo que las instituciones no pudieron. Rockaton 2026, el poder del rock.
En Medellín nadie lo vio venir. No hubo rueda de prensa, no hubo anuncio institucional, no hubo presupuesto asignado ni mesa de trabajo con funcionarios. Lo que está a punto de ocurrir en el Cerro Nutibara nació de una conversación privada, de un recuerdo que volvió y de una pregunta que alguien se hizo en voz baja ¿por qué no volvemos a hacer una Rockatón?
Esa pregunta la formuló Román Gonzáles, un artista y gestor cultural de larga data de la ciudad que prefiere mantenerse al margen del ruido mediático, pero que desde el primer momento entendió que cuando el país tiembla —y esta vez tiembla de verdad, con casas derrumbadas, familias desplazadas y una emergencia humanitaria que no espera— el arte no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado. No se trataba de protagonismo ni de construir un currículum. Se trataba de algo mucho más antiguo y mucho más simple: ayudar desde lo que uno sabe hacer y lo que esta escena sabe hacer es juntar gente.
Hablamos con Román sobre esta iniciativa. La Rockatón de 1999 quedó grabada en la memoria de quienes la vivieron. Fue un momento en el que la música de Medellín demostró que podía ser respuesta, que los músicos, los técnicos, los roadies y el público podían convertirse en una red de solidaridad activa. Veintisiete años después, cuando la tierra volvió a moverse y el país entró en estado de emergencia, ese recuerdo no fue nostalgia: fue combustible. Román, que hoy está también detrás de esta nueva Rockatón estuvo allí en el noventa y nueve y sabe lo que significó. Sabe que aquello no fue un concierto, fue un acontecimiento que le mostró a la ciudad que el rock podía ser mucho más que ruido y rebeldía.
Por eso, cuando la noticia del terremoto recorrió los grupos de WhatsApp y las pantallas de los teléfonos, su reacción fue inmediata, aunque no planeada. No hubo un documento de intención ni una estrategia de comunicación. Hubo un teléfono en la mano y una lista de contactos que empezó a desplegarse como una madeja. ¿Quién se apunta? ¿Quién puede ayudar? ¿Quién tiene un escenario disponible? ¿Quién conoce a alguien que conozca a alguien?
El para qué era claro, ayudar. Pero con una condición que marca una diferencia radical con cualquier otra campaña de recaudación. Esta Rockatón no está pidiendo dinero. Está pidiendo comida, elementos de higiene, pañales, leche, cobijas, cosas para niños, para adultos mayores, para mascotas. No hay transferencias bancarias ni códigos QR para donar. Hay puntos de recepción física y una lógica de ayuda concreta, directa, que no se diluye en intermediarios ni se pierde en burocracias. Román lo explica sin rodeos, no se trata de solucionar el problema de fondo, porque eso excede cualquier esfuerzo artístico. Se trata de aportar desde lo que se sabe hacer, y lo que se sabe hacer es convocar, reunir, producir y poner la música al servicio de quienes más lo necesitan.
Y entonces comenzó el milagro de los dos días.

Porque lo que está a punto de suceder en el Carlos Vieco no es un festival que se haya gestado durante meses. No hay un año de planeación, no hay patrocinadores millonarios, no hay una máquina burocrática detrás. Lo que hay es una red de personas que, en cuestión de horas, empezó a tejer lo que hoy son más de setenta bloques artísticos confirmados para dos jornadas completas. Setenta bandas, solistas, proyectos y colectivos que han dicho que sí sin preguntar cuánto pagan, sin exigir condiciones, sin poner condiciones. Setenta propuestas musicales que van del metal al punk, del reggae al rock, del ska al pop, de la electrónica a lo acústico, y que representan la diversidad de una escena que muchos daban por fragmentada o por muerta.
Pero la Rockatón no es solo música. Es también la gente que trabaja detrás, productores, técnicos de sonido, iluminadores, roadies, ingenieros, comunicadores, fotógrafos, personal de logística y seguridad. Equipos enteros que se han sumado sin contrato ni remuneración. Gente que ha movilizado sus propias herramientas, sus propios vehículos, su propio tiempo. Re-Roadies está ahí. Escenario Vivo, Fusión Logística, Persival, Backline Co., Máximo Nivel, REV Music. Nombres que suenan en el circuito independiente y que han puesto su experiencia al servicio de una causa que no pregunta de dónde vienes, sino qué puedes aportar.
Y hay algo que Román subraya con especial énfasis, no todos los que están participando son personas con las que él hubiera trabajado antes. Muchos aparecieron porque entendieron la causa, porque alguien los llamó, porque un amigo les pasó el contacto, porque vieron la convocatoria en redes y decidieron que querían estar. No hay una lista cerrada de invitados, no hay un comité de selección. Hay una necesidad y una disponibilidad que se encuentran en el camino.
El escenario elegido tampoco es casual. El Teatro al Aire Libre Carlos Vieco Ortiz, en el Cerro Nutibara, tiene una capacidad para aproximadamente mil personas y es uno de los espacios con más historia musical de Medellín. Lleva el nombre de un compositor y músico paisa que dedicó su vida al arte, y para el gestor, cerrar la Rockatón allí tiene un peso simbólico que va más allá de la logística. Inicialmente se barajaron otras opciones, como La Macarena o la Plaza de Eventos, pero los tiempos apremiaban y el Vieco ofrecía las condiciones para hacerlo bien y hacerlo rápido y también se unió a la causa. Y además, hay algo en ese escenario al aire libre, con la ciudad extendiéndose a sus pies, que convierte cualquier concierto en una declaración de principios.

Esto no se hizo con una gran convocatoria institucional ni con un formulario sofisticado. Se hizo llamando gente, escribiendo por WhatsApp, preguntando quién podía ayudar. Un músico llamó a otro, una banda recomendó otra, un técnico consiguió un contacto, alguien consiguió un equipo. Fue creciendo como crecen las cosas en la escena independiente: de persona en persona.
Hay una cifra que suena casi a exageración, pero es real, más de setenta bloques artísticos se van a subir al escenario del Carlos Vieco durante los dos días que dure la Rockatón. Setenta proyectos musicales que van a tocar sin cobrar un peso. Setenta agrupaciones que van a sacar tiempo de sus ensayos, de sus trabajos, de sus vidas, para estar ahí con sus instrumentos, su energía y su disposición a ayudar. Y cuando se dice que no van a cobrar, no es un gesto retórico. Es una decisión concreta que cada banda tomó cuando recibió la invitación.
Román insiste en que esto no es un concurso de popularidad ni una muestra de poder de convocatoria. No se trata de decir “miren cuántas bandas conseguimos”. Lo que realmente lo impresiona es la cantidad de gente que decidió poner lo suyo al servicio de algo que es más grande que cada banda. Porque tocar gratis implica costos reales: transporte, equipos, ensayos adicionales, tiempo de preparación, desplazamientos. Y aun así, la respuesta fue masiva. Nadie preguntó cuánto pagan. Nadie pidió condiciones especiales. Nadie dijo que no porque el escenario fuera pequeño o porque el sonido no fuera el de una gran producción.
Lo que está ocurriendo es exactamente lo contrario a la lógica del mercado musical. En un ecosistema donde los artistas suelen medir su valor por el caché, por el número de seguidores o por la calidad de los escenarios en los que tocan, esta Rockatón está operando bajo una lógica completamente distinta: la de la necesidad compartida. Y esa lógica, cuando se activa, tiene una fuerza que los números no alcanzan a capturar.
Pero hay un matiz que vale la pena subrayar. Cuando alguien menciona que en dos días se levantó un festival con más de setenta bandas, la comparación con eventos como Rock al Parque o Altavoz aparece casi por inercia. Román es el primero en frenar esa conversación. No cree que tenga sentido decir que la Rockatón es mejor o más grande que esos festivales. Son procesos diferentes, con presupuestos, equipos, instituciones y tiempos de preparación completamente distintos. Pero es inevitable pensar, que el rock es masivo, es grande y que en este país se han acostumbrado tanto a los formularios, trabas, audiciones, etc. Que este evento echa por el piso todas las teorías que defienden desde las instituciones, imaginen por un momento que esto lo hubiera organizado el sector público, sencillamente no se hace. Porque lo que la Rockatón ha logrado en cuestión de días —movilizar más de setenta proyectos musicales alrededor de una causa, sin pagarles por tocar, sin una estructura institucional detrás— dice algo sobre la vitalidad de la escena que muchas veces se subestima. Durante años se ha escuchado que el rock está muerto, que la escena está fragmentada, que los músicos solo están pendientes de sus propias carreras, que el público ya no responde. Y de repente ocurre una emergencia y todo eso se desmiente.
El gestor cuenta que la convocatoria no fue un proceso frío de envío de correos ni de llenado de formularios. Fue un proceso humano: llamar, escribir, preguntar. Y la respuesta llegó en forma de cadena. Una banda confirmaba y recomendaba a otra. Un técnico decía que sí y conseguía a un colega. Un productor ofrecía su experiencia y su red de contactos. Así fue creciendo, como crecen las cosas en la escena independiente: de persona en persona. Sin algoritmos, sin campañas pagadas, sin métricas. Con el único motor de la confianza y el compromiso.
Y ahí hay una verdad incómoda para quienes piensan que la cultura solo puede sostenerse con dinero del Estado o con grandes patrocinios. La Rockatón está demostrando que hay otra manera de hacer las cosas. No es la única manera, ni pretende serlo. Pero existe. Y funciona.

Román también reflexiona sobre el papel de la escena en la sociedad. No como entretenimiento, sino como tejido. Un músico de metal, uno de punk, uno de reggae, uno de rock, un productor, un roadie, un periodista o una persona del público pueden trabajar juntos por una misma causa. Eso, para él, es mucho más importante que cualquier cifra de bandas o de asistentes. Porque lo que está en juego no es solo recoger alimentos o elementos de higiene. Lo que está en juego es demostrar que la música puede ser un puente, que la cultura puede ser respuesta, que el arte no es un adorno sino una herramienta.
Y si después de todo esto queda la sensación de que cuando Colombia necesite algo, el rock también puede responder, entonces ya se habrá logrado bastante.
Porque la Rockatón no es solamente el festival. No es solamente el escenario, las bandas, el sonido, la logística o la recolección de ayudas. La Rockatón es la comprobación de que todavía somos capaces de unirnos. Es la evidencia de que, cuando la urgencia llama, la escena responde. No desde la institución, no desde el presupuesto, no desde la burocracia. Desde la calle, desde el WhatsApp, desde el teléfono que suena y la pregunta que se hace una y otra vez: ¿en qué ayudo?
Esa pregunta ha sido el verdadero motor de todo esto. El rock jamás ha estado muerto, está es ahogado en la burocracia de este país y simplemente estaba esperando una razón para volver a encontrarse.
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