Colombia
Los sepultureros del Rock: Critican concursos, premios y festivales y aplauden la corrupción mientras entierran el rock con su lengua. Radiografía del Rock Colombiano.
En Colombia, aunque son pocos, existen algunos artistas que les fascina criticar todo lo que se hace por ellos. Repito, no son muchos, pero algunos arman escándalos tales que a veces terminan hasta enfrentando procesos legales por calumnia o injuria o peor aún, influyendo en mentes cortas que creen cualquier cosa. Es una práctica muy colombiana, hablar sin saber, criticar solo por odio, por desprecio, lo que sucede acá es que esos artísticas (Y acá hablando específicamente de los músicos de rock que lo hacen) lo que están es hundiendo cada vez más lo poco que nos queda de escena y en lugar de construir lo que hacen es cavar más y más la tumba del género. Creyendo en su mente que son rockstars, pero lo que se puede concluir es que lo hacen más por cobardía o miedo. Hoy les traigo un artículo que tiene toda la paciencia para explicar algo que ya deberían saber, pero que parece que no quieren aceptar. Si logran leerlo todo, porque tampoco leen, entenderán por qué esa actitud no es solo atrofiada, sino que también afecta a muchos que usted ni conoce, es decir, no solo está cavando su propia tumba, sino que la de los demás y alimentando la constante corrupción en las artes del país.
Decir y pensar que “El arte no es competencia” es una mentira romántica, eso no existe. En todo el mundo, en toda la historia, la música siempre ha sido una competencia. Mozart competía con Salieri. Los Beatles competían con los Rolling Stones. Las bandas de punk competían por tocar más rápido, más sucio, más fuerte. El rock and roll nació en un concurso de talentos en la televisión estadounidense. ¿O usted cree que Elvis ganó el concurso de la Louisiana Hayride porque no estaba compitiendo?
La competencia no mata el arte, la competencia lo afila, porque usted no mejora tocando en su sala de ensayo, solo, frente al espejo. Usted mejora cuando sube a un escenario, mira al lado y ve a otra banda que toca mejor que usted. Ahí es cuando le dan ganas de llorar, de volver a casa, de practicar ocho horas al día, de romper la guitarra y comprarse una nueva, eso se llama crecer, a todos nos ha pasado y la competencia es el suelo donde eso crece.
Entienda que los concursos no son para que usted gane, son para que usted se vea. El que se inscribe en un concurso pensando únicamente en el premio, ya perdió. El premio es secundario. Lo que importa es el escenario, el público nuevo, los jurados que lo ven, los organizadores que lo anotan en su libreta, las otras bandas con las que comparte camerino. Eso es “crear escena”. ¿Y cómo se crea escena? Pegándose con otros, mirándose de frente, sudando en el mismo escenario, no publicando memes en Instagram.
Usted puede odiar a los jurados, puede pensar que son unos vendidos, puede estar seguro de que el premio se lo van a robar, pero mientras usted está ahí, arriba, tocando, hay 50 o 100 personas que no lo conocían y ahora saben su nombre. Hay un periodista que le pidió su contacto. Hay un dueño de un bar que le dijo “me gustó su show, venga a tocar acá”. Eso no lo consigue usted encerrado en su casa quejándose de que el sistema es una mierda.
No se trata de competir, se trata de que el público tenga una razón para elegirlo. Usted quiere que la gente escuche su música y que tal vez le paguen por tocarla. Muy bien. ¿Por qué deberían escucharla a usted y no a la banda de la esquina? ¿Por qué deberían pagar la entrada a su show y no al de los otros cuatro que tocan el mismo día? ¿Por qué deberían comprar su disco si pueden piratear el de alguien más?
La respuesta es fácil, porque usted es mejor o porque es más interesante. O porque toca más duro. O porque tiene mejor puesta en escena. O porque sus letras duelen más. Pero para saber si es mejor, tiene que medirse. Y la forma de medirse es subiéndose a un ring que se llama concurso, festival, toque, o simplemente la calle donde toca usted y al lado toca otro. El público elige. Eso es una competencia. Siempre lo ha sido. Negarlo es de ingenuo o de cagón.
Los que insultan los premios son los que nunca han estado cerca de ganar uno. Duro, pero cierto. Busque en su ciudad al músico más hocicón contra los concursos. El que más escupe contra las acciones de los gestores independientes. Ahora pregúntele ¿usted se ha presentado alguna vez? ¿Llenó los requisitos? ¿Mandó la inscripción? ¿Pasó el primer filtro? Lo más probable es que le diga que no, que “para qué”, que “eso es una pérdida de tiempo”. Claro, porque si no se inscribe, no pierde. Y si no pierde, no tiene que enfrentar el hecho de que tal vez su banda no es tan buena como él cree.
El concursante, incluso el que pierde, tiene más huevos que el que se queda en la casa insultando. Porque el concursante se arriesgó a que le dijeran “no”. El concursante puso su música frente a otros, la midió, la comparó, y aunque haya perdido, aprendió algo. El que insulta desde el sofá no aprende nada. Solo se pudre en su propia bilis.
Usted no tiene que creer en el premio. Tiene que creer en el escenario. Si usted no cree en los jurados, está bien. Si usted cree que el premio se lo roban, también. Pero el escenario no miente. El escenario es un termómetro. Usted sube, toca, y la gente —esa que no sabe ni quién es usted— decide si se queda o se va. El público es el único jurado que importa. Y el público no vota por correo, no tiene padrinos, no recibe sobornos. El público aplaude o se va a tomar cerveza. Así de simple.
Los concursos le dan acceso a ese público. Aunque usted pierda, aunque el jurado sea un asco, aunque el premio se lo lleve la banda que usted cree que es peor, el público que lo vio no sabe nada de eso. El público solo sabe que usted tocó bien o tocó mal. Y si tocó bien, se ganó a 50 personas que antes no lo conocían. Eso no se lo quita nadie.
No sea idiota. El mundo es una competencia. Usted compite por un puesto en la universidad. Compite por un contrato de arrendamiento. Compite por una cita médica en la EPS. Compite por el puesto de trabajo. Compite por el espacio en la radio. Compite por el último concierto del año en el bar del barrio. Todo es competencia. ¿Por qué la música tendría que ser la única zona libre de competencia? ¿Por qué usted tendría derecho a que lo escuchen sin tener que ganárselo?
La música no es un derecho, es un privilegio que se gana y se gana tocando mejor que el otro, se gana escribiendo mejor que el otro, se gana moviéndose mejor que el otro, se gana siendo más constante, más profesional, más audaz, conquistando público. Eso es competencia. Y si usted no quiere competir, bien, quédese en su casa, toque para su mamá, publique sus canciones en YouTube y espere el milagro. Pero no insulte al que sí tiene los huevos de subirse al ring, porque ese, aunque pierda, está haciendo más por la escena que usted en toda su vida.
Ahora, si usted es de los que insultan, le propongo algo, el próximo concurso, inscríbase. No por el premio, por demostrarse que tiene huevos. Y si pierde, pierda bien. Aprenda. Vuelva el año siguiente y toque mejor. Y si gana, no se le suba a la cabeza. Porque al otro día, en la esquina, va a haber otro pelao con una guitarra más barata que la suya, tocando mejor que usted. Y ahí vuelve a empezar la competencia.
Así funciona el mundo. Así funciona la música. Siempre ha sido así. Negarlo es de idiotas. Usted no lo es. Por eso está leyendo esto. Ahora deje de quejarse y póngase a tocar.
Ustedes critican los concursos independientes. Dicen que son injustos, que son una pérdida de tiempo, que el arte no debería competir. Pero cuando se trata de Idartes —que ya tiene hallazgos fiscales y denuncias por corrupción— ustedes no solo callan… se arrodillan. Hacen fila. Lamen las botas del funcionario de turno. ¿Por qué? Porque Idartes paga. Porque el Estado tiene la chequera gorda. Porque ustedes no buscan música, buscan plata. Y la plata, venga de donde venga, les parece buena.
Hablemos con datos, no con opiniones.
La Contraloría ya encontró irregularidades. No es un secreto. La Contraloría de Bogotá ha auditado los festivales de Idartes —Rock al Parque, Hip Hop al Parque— y ha encontrado sobrecostos, contratos amañados y falta de transparencia en la asignación de recursos. No es “yo creo”. Es el ente de control del Estado diciendo que la plata de los impuestos se maneja mal. Y esos hallazgos están en informes públicos. ¿Usted los ha leído? Seguro que no. Porque si los hubiera leído, no podría defender a Idartes con la misma boca con la que critica los concursos independientes.
Los curadores lo han dicho en voz alta. Uno de ellos, en una entrevista que quedó grabada, dijo textualmente: “Siempre van a estar los mismos, porque son los que conocen el proceso” . Esa frase es la confesión de un sistema cerrado. No importa cuántas bandas nuevas aparezcan. No importa cuánto talento esté por fuera. Los mismos nombres, los mismos amigos, los mismos de siempre. Eso no es curaduría. Eso es una rosca.
Y cuando usted señala eso, lo tildan de “amargado”, de “perdedor”, de “gente que no sabe perder”. Pero el que no sabe perder no es usted. El que no sabe perder es el que lleva quince años en la misma convocatoria, ganando una y otra vez, mientras otros se pudren en la puerta.
Los bookers son amigos entre sí. Revise los contratos de Idartes. Revise quiénes son los proveedores de producción técnica, los curadores, los jurados, los gestores. Son los mismos apellidos, las mismas empresas, los mismos colectivos. Unos son contratistas, otros son jurados, otros son programadores. Y entre todos se recomiendan, se premian, se contratan. Eso se llama conflicto de interés institucionalizado. No es una teoría de la conspiración. Es una red documentada.
Nunca tienen problemas. A pesar de los hallazgos de la Contraloría, a pesar de las denuncias públicas, a pesar de que cualquier persona con dos dedos de frente puede ver que el sistema está podrido, ellos siguen ahí. No pasa nada. Nadie va a la cárcel. Nadie devuelve la plata. Nadie pierde su puesto. ¿Por qué? Porque el sistema está blindado. Porque los que fiscalizan son los mismos que otorgan los contratos. Porque la ley en Colombia es de papel mojado.
Ustedes se someten porque quieren el dinero del Estado. Ahí está la verdad que duele. Ustedes no defienden a Idartes porque sea transparente. Lo defienden porque les ha dado de comer. Porque alguna vez les aprobaron un proyecto, les pagaron una gira, les financiaron un disco. Y eso, aunque venga de un sistema corrupto, les sabe a gloria. Por eso callan. Por eso no denuncian. Por eso critican a los concursos independientes —que no tienen plata del Estado pero sí tienen reglas claras— y aplauden a Idartes —que tiene plata pero tiene el proceso podrido.
Ustedes son dobles. Ustedes son falsos. Critican los concursos independientes porque no pueden manipularlos. Porque no tienen un amigo adentro. Porque el jurado no es el compadre. Pero se arrodillan ante Idartes porque ahí sí tienen quien los recomiende, quien les pase el dato, quien les acomode la convocatoria.
Eso no es coherencia. Eso es conveniencia. Y la conveniencia, en un músico, es la antesala de la mediocridad.
No me vengan con discursos de pureza artística. No me vengan con que el arte no es competencia. Ustedes compiten todo el tiempo, por un puesto en Idartes, por un contrato con el Ministerio, por una invitación a un festival. Solo que quieren competir con ventaja. Y cuando la ventaja no está, lloran.
Así que ya saben. Los concursos independientes tienen reglas. Idartes tiene hallazgos fiscales. Ustedes pueden seguir arrodillados. Yo prefiero seguir trabajando.
Ese es el cierre. No es una opinión. Es un señalamiento con pruebas. Y si después de eso alguien sigue defendiendo esa hipocresía, ya no es un ingenuo. Es un cómplice. Y los cómplices no merecen más argumentos. Merecen que los señalen con el dedo mientras los demás seguimos construyendo.
Cada vez que abren la boca y creen que están haciendo crítica. Lo que están haciendo es cavando la tumba del rock bogotano.
Porque cada vez que insultan un concurso independiente, un festival independiente, unos premios, un proceso, de esos que organiza un tipo que puso plata de su bolsillo, que duró noches sin dormir imprimiendo afiches, que pidió prestado para pagar el sonido, ustedes no están defendiendo el arte. Están matando la iniciativa. Están espantando a los que vienen atrás. Están diciéndole al que apenas empieza ‘para qué te esfuerzas, si al final te van a escupir’.
¿Y qué logran con eso? Que la escena se vuelva más pequeña. Que los espacios cierren. Que los organizadores digan ‘no más’. Que las convocatorias se acaben porque nadie quiere poner la cara por un público que lo único que sabe hacer es quejarse. Eso es lo que logran: un desierto. Un silencio. Un vacío donde antes había al menos la intención de hacer algo. ¿Cuántos gestores se han retidado hartos, hartos hasta la madre de los músicos pendejos?
Y no contentos con eso, se meten en peleas legales, se enemistan con el que les ofreció un escenario. Insultan al que les prestó una consola. Convierten el rock en un juzgado. Y mientras ustedes se pelean por quién tiene la razón, los reguetoneros se están llenando de plata, los espacios se están convirtiendo en discotecas de electrónica, y el rock —el rock que ustedes dicen defender— se está muriendo en una bodega solo, esperando que alguien le preste atención.
Pero ustedes no ven eso. Ustedes ven al enemigo en el que organizó un concurso. Ven al enemigo en el jurado que no los eligió. Ven al enemigo en el músico que ganó. Y en esa paranoia, se olvidan del verdadero enemigo… el que no quiere que el rock exista. El que cree que el rock es ruido de pobres. El que financia reguetón y vallenato y lo que sea que no piense. Ese enemigo sí es real. Y mientras ustedes pelean entre ustedes, él se ríe.
Así que ya cierren la boca o pónganse a construir.
Si no les gusta un concurso, hagan el suyo. Si no les gusta un premio, creen el suyo. Si no les gusta un jurado, organicen uno mejor. Pero dejen de romper. Dejen de joder. Dejen de escupir para arriba.
Porque el rock bogotano no está jodido por la falta de plata. Está jodido por gente como ustedes, que prefiere quejarse a hacer. Que prefiere enfrentar una demanda a construir. Que prefiere tener razón a tener escena.
Y yo les digo esto con toda la rabia que me queda, si ustedes siguen así, cuando el rock bogotano se muera del todo, no va a ser culpa del Estado, no va a ser culpa del reguetón, no va a ser culpa de la falta de recursos. Va a ser culpa de ustedes. De su lengua podrida. De su incapacidad de ver que el otro no es un enemigo, es un compañero de viaje. De su obsesión por tener la razón mientras el barco se hunde.
Así que ya decidieron. Pueden seguir siendo el martillo que rompe. O pueden aprender a ser la mano que construye. Pero no se hagan los sorprendidos cuando la escena se caiga a pedazos y ustedes se queden solos, en un bar vacío, quejándose de que nadie los quiere.
Porque la escena no la mató el enemigo. La mataron ustedes. Con cada crítica estéril. Con cada insulto. Con cada mierda que tiraron contra el que estaba poniendo el hombro. Ustedes son los sepultureros del rock bogotano. Y cuando terminen de enterrarlo, no les va a quedar nada. Solo el silencio. Ese silencio que tanto han ayudado a construir.
Colombia
Subterránica tomará un merecido descanso para poder terminar proyectos académicos, Wacken Metal Battle y asuntos médicos
Hola, saludos a quienes siguen esta pagina. Vamos a tomar un descanso… los motivos son claros, casi 25 años sin parar y estamos hasta el tope: proyectos académicos que llevan años pendientes (Hay que terminar el doctorado que es sobre rock colombiano), la responsabilidad con Wacken Metal Battle para Latinoamérica que ahora tiene dos regiones en lugar de una, y asuntos médicos que requieren atención. Por eso por primera vez en más de dos décadas tomaremos un descanso.
La página sigue activa. El archivo completo, con 25 años de historia, sigue disponible.
Pausamos publicaciones y eventos hasta terminar los demás proyectos.
La veeduría sobre Idartes, el Ministerio de Cultura y la corrupción no se detiene. Ese trabajo continúa, con el equipo que lo viene desarrollando.
A los que apoyan siempre… gracias.
Subterránica
Colombia
LA REALIDAD PARALELA DEL IDARTES: EL DESCARADO MONTAJE POST-DENUNCIA PARA EVADIR A LA CONTRALORÍA
Por: Periodismo de Investigación Ciudadana Bogotá D.C., 7 de junio de 2026
Lo que ha sucedido en las últimas 48 horas en los pasillos del Instituto Distrital de las Artes (IDARTES) es digno de una película de mafiosos… sin ser película sino realidad; es una muestra de cómo una maquinaria burocrática, acorralada por las denuncias ciudadanas, es capaz de alterar expedientes públicos en tiempo real para fabricar una realidad paralela y lavarse las manos ante los entes de control fiscal.
El detonante de este escándalo ocurrió los días 4 y 5 de junio de 2026. Tras una rigurosa auditoría ciudadana al proceso de la BECA LEP – PRODUCCIÓN Y CIRCULACIÓN – RED DE ESCENARIOS 2026 (Específicamente la Categoría 3, destinada al Teatro al Aire Libre La Media Torta), se radicó una macro-denuncia que dejó al desnudo un fraude matemático insubsanable. La convocatoria, bajo la ordenación del gasto de la Subdirectora de Equipamientos Culturales, SILVIA OSPINA HENAO, ofertaba de manera fija y obligatoria 16 cupos para ganadores con recursos de la Contribución Parafiscal Cultural ($160.000.000). Sin embargo, el propio documento oficial de la entidad, denominado Inscritos y habilitados.pdf, demostraba que únicamente doce (12) propuestas reales habían sido habilitadas. Había más premios que concursantes legalmente aptos; el concurso estaba muerto antes de empezar.
El pánico del 5 de junio y la orden de “cuadrar” las cifras
La alerta ciudadana escaló de inmediato. El 5 de junio de 2026, la Dirección de Apoyo al Despacho de la Contraloría de Bogotá emitió el traslado de urgencia de la denuncia mediante el Oficio Consecutivo 11100-1-77045, abriendo de manera formal el Radicado de Control Fiscal No. 2-2026-12084.
Al verse notificados en tiempo real de que la Contraloría iniciaría una inspección técnica sobre un concurso viciado de origen (donde obligaron a los jurados a evaluar un listado raquítico de 12 propuestas para llenar 16 cupos fijos, omitiendo el deber legal de declarar la deserción parcial de los 4 cupos sobrantes), la reacción de las directivas del IDARTES no fue la transparencia, sino el pánico operativo y la adulteración documental.
El sábado 6 de junio de 2026, en una maniobra informática y administrativa relámpago ejecutada a menos de 24 horas del traslado de la denuncia, el IDARTES colgó en su plataforma un documento definitivo: el acta publicada 6 de junio 2026.pdf. Fue en ese preciso instante donde la entidad consumó una presunta Falsedad Ideológica en Documento Público. En un intento desesperado por disimular que la convocatoria carecía de quórum competitivo y que la bolsa de dinero público estaba rota, la entidad modificó la verdad histórica del proceso e insertó una cifra falsa en el texto del acta, asegurando ante los ojos de la ciudadanía y de los auditores fiscales que el universo de proyectos evaluados por los jurados no era de 12, sino de catorce (14) propuestas habilitadas.
De la noche a la mañana, y solo después de verse denunciados, el IDARTES “apareció” dos propuestas fantasmas en el papel para maquillar el déficit e intentar demostrar que sí existía una competencia real en los equipamientos culturales de la ciudad.
El truco de magia: Inventar reglas de juego con el partido ya terminado
El segundo gran pilar de la realidad paralela construida por la Subdirección de Equipamientos Culturales se ejecutó mediante lo que en derecho administrativo se conoce como una flagrante Desviación de Poder. Para blindar a la ordenadora del gasto, SILVIA OSPINA HENAO, tras el traslado de la denuncia el 5 de junio, el IDARTES no solo infló el número de participantes en el papel; también tuvo que inventarse una barrera de contención técnica para deshacerse de propuestas sobre la marcha.
En el acta publicada a las carreras el sábado 6 de junio de 2026, la entidad y su cuerpo de jurados sacaron de la manga un criterio de evaluación inédito: un sistema de “máximos y mínimos de puntaje de corte” para restringir de manera selectiva quiénes pasaban el filtro y quiénes no.
La trampa es burda. Al revisar minuciosamente los pliegos de condiciones técnicas y la Resolución No. 166 del 24 de febrero de 2026 —que legalmente son las únicas reglas de juego vinculantes e inmodificables del concurso—, en ninguna parte se estableció un tope eliminatorio de este carácter para la Categoría 3 de La Media Torta. Las reglas originales obligaban a premiar a 16 propuestas bajo un estricto orden de elegibilidad y evaluación objetiva.
Al inventar y aplicar un umbral de puntuación ex post facto (con el proceso cerrado, los sobres abiertos y la denuncia de la Contraloría ya radicada en sus despachos), IDARTES violó el principio constitucional del debido proceso y la buena fe objetiva. Cambiar las reglas de un concurso público después de que los participantes han competido —y con el único fin de “cuadrar” matemáticamente un resultado que los favorezca ante la auditoría fiscal— configura un presunto delito de Fraude Procesal. Modificaron los elementos del expediente para inducir a error a los investigadores de la Contraloría de Bogotá, pretendiendo hacer pasar un sesgo selectivo extemporáneo como si fuera legalidad técnica.
Los jurados como parachoques y la ridícula coartada.
Para entender las dimensiones del fraude procesal, es necesario mirar la línea de tiempo del expediente. Según consta en el propio documento manipulado, el cuerpo de jurados cerró formalmente sus deliberaciones el día 1 de junio de 2026 a las 14:00:00. Por ley y cronograma, el listado de elegibles debió ser publicado de inmediato. Sin embargo, la entidad retuvo el acta de manera irregular durante cinco días, rompiendo la cadena de custodia del proceso administrativo.
¿Por qué guardaron el documento bajo llave? El pánico del 5 de junio, cuando la Contraloría les trasladó la macro-denuncia ciudadana bajo el Radicado 2-2026-12084, les dio la respuesta. IDARTES utilizó ese preocupante lapso de retención para inyectar en el documento definitivo una narrativa defensiva ex post facto antes de colgarlo en la plataforma el sábado 6 de junio.
Al revisar la página 5 del acta prefabricada, el cinismo institucional queda al descubierto. IDARTES obligó o indujo a los jurados a plasmar justificaciones que no tienen nada que ver con los pliegos originales de la Resolución No. 166 de 2026, sino que buscan culpar al propio software de la entidad por el fracaso en la participación artística de la ciudad. Textualmente se sembró en el acta la siguiente coartada:
“…Esta falta de propuestas viables se ve agravada por el propio diseño de la plataforma de la convocatoria, la cual confunde al participante con formularios duplicados que inducen al plagio de fichas técnicas (riders), exige insumos ajenos a la categoría de circulación (como libretos)… y ofrece herramientas presupuestales rígidas que desconfiguran sus fórmulas”.
Esto es una aberración dentro del periodismo de investigación y la veeduría pública: IDARTES pretendió usar el acta de los jurados como un mecanismo de auto-exoneración penal y fiscal. En el derecho administrativo, las fallas, rigideces o asimetrías de las plataformas informáticas diseñadas por el propio Estado jamás pueden ser elevadas a la categoría de argumentos para descalificar propuestas o para recortar bolsas de dinero parafiscal de destinación específica. Al sembrar este testimonio artificial el 6 de junio, la entidad consumó una Falsedad Ideológica por Ocultamiento y una abierta Desviación de Poder, pretendiendo que los jurados asumieran la culpa del bache matemático que Subterránica ya había puesto en conocimiento del organismo de control fiscal.
La fase criminal: Guerra sucia, video filtrado y amenazas de muerte
El descarado montaje documental del 6 de junio de 2026 no fue la única respuesta del entorno que protege los oscuros intereses de la contratación de IDARTES. Al verse al descubierto ante el traslado inmediato de la Contraloría de Bogotá (Radicado No. 2-2026-12084), y ante el peso de una fiscalización ciudadana que lleva más de 13 años (2013-2026) documentando el direccionamiento del Programa Distrital de Estímulos y las roscas operativas de los Festivales al Parque, los implicados decidieron cruzar la línea de la legalidad para pasar al terreno de la delincuencia organizada.
En las últimas horas, de manera paralela a la publicación del acta falsificada, actores indeterminados, pero directamente coordinados con los intereses de la entidad han desatado una campaña sistemática de guerra sucia y asesinato moral contra el veedor ciudadano. Denunciamos públicamente ante el país y la comunidad internacional la difusión masiva e ilícita de un video de carácter estrictamente privado extraído de mi entorno personal. Este material íntimo ha sido burda y maliciosamente sacado de contexto con un único objetivo delictivo, destruir mi buen nombre, minar mi credibilidad periodística y desviar la atención pública de los contundentes hallazgos que hunden la gestión de la Subdirectora de Equipamientos Culturales, SILVIA OSPINA HENAO. Y no solo eso, no es primera vez, en la fiscalía corre un proceso contra músicos aliados a Idartes y beneficiciaron anteriores por los mismos motivos.
Pero el perfilamiento y la difamación informática son solo la antesala. El ataque escaló de inmediato a la intimidación violenta: he comenzado a recibir amenazas anónimas de muerte que advierten represalias extremas si se detiene la ampliación de estas denuncias ante la Contraloría.
En un país como Colombia, donde la corrupción contractual y la defensa del erario público se pagan históricamente con sangre, estas amenazas no son un chiste digital ni una simple hostilidad de redes sociales; representan un riesgo inminente, real y letal contra la vida y la del núcleo familiar de quienes denuncian. Aquí se mata por deporte para blindar los presupuestos del fomento cultural. El uso de material privado para perfilar a un ciudadano es el procedimiento estándar de las mafias contractuales antes de pasar al atentado material. Hago responsable directo al Estado colombiano, a las directivas de IDARTES y a los operadores privados que se lucran de su contratación por cualquier atentado contra mi integridad física, la de mi esposa o la de mis hijas.
El veredicto ciudadano: Exigencia de cese total y las preguntas que la Contraloría no puede evadir
La farsa de los “14 habilitados”, la invención extemporánea de puntajes mínimos de corte para recortar las bolsas de estímulos y la posterior campaña de hostigamiento contra la veeduría ciudadana demuestran que IDARTES ha desbordado cualquier límite de la legalidad. No estamos ante un problema de software ni ante un error de digitación de un funcionario de rango medio; estamos ante el modus operandi de una cofradía burocrática institucionalizada que prefiere acudir a la falsedad ideológica y a la guerra sucia antes que permitir que se auditen los recursos públicos.
Permitir que el IDARTES continúe ejecutando el presupuesto ordinario del fomento, legalizando contratos de circulación y tramitando los fondos parafiscales de la Contribución Cultural (recursos LEP) bajo un expediente burdamente alterado, constituiría un insulto a los miles de artistas independientes que año tras año ven cómo se cierran las puertas del circuito artístico de Bogotá. Ante la gravedad de los hechos y el riesgo inminente para la vida del fiscalizador, la ciudadanía y los colectivos musicales independientes exigen la aplicación inmediata de medidas extraordinarias: el CESE INMEDIATO DE TODA ACTIVIDAD ADMINISTRATIVA, CONTRACTUAL Y PRESUPUESTAL DEL IDARTES, y la intervención urgente de la Unidad Nacional de Protección (UNP) y la Fiscalía General de la Nación para frenar la intimidación criminal.
La pelota está ahora en la cancha de la Contraloría de Bogotá D.C. El radicado especial No. 2-2026-12084 determinará si el órgano de control fiscal se arrodilla ante las realidades paralelas de la burocracia o si hace cumplir la Constitución. Los ciudadanos y los medios independientes exigimos respuestas públicas, taxativas y escritas a un cuestionario que no admite evasivas:
- ¿Validará la Contraloría de Bogotá la cifra falsa de 14 habilitados sembrada a última hora por el IDARTES, o tipificará de manera contundente la comisión de los presuntos delitos de Falsedad Ideológica en Documento Público y Fraude Procesal post-denuncia?
- ¿Aceptará el organismo de control fiscal que las entidades distritales inventen e implementen criterios de puntaje excluyentes con el concurso ya cerrado y las denuncias radicadas, destruyendo el principio de Selección Objetiva?
- Dado el entorno de presunta corrupción sistemática que abarca la contratación del fomento y los Festivales al Parque, ¿decretará la Contraloría la Medida Cautelar de Suspensión Preventiva y cese de actividades sobre el IDARTES para proteger el patrimonio de la ciudad?
- Frente a las amenazas de muerte directas y el perfilamiento mediante la filtración de material privado que hoy sufre el veedor de este caso, ¿qué acciones afirmativas e inmediatas tomará la Contraloría para garantizar que ejercer el control social en Bogotá no sea una sentencia de muerte?
- Dígale de frente a la ciudadanía: ¿Es la Contraloría de Bogotá D.C. una institución tolerante con el maquillaje de expedientes y la opacidad en el sector cultura, o compulsará copias de urgencia a la Fiscalía General de la Nación por las conductas delictivas plenamente probadas en este proceso?
La verdad histórica del expediente ya fue expuesta. El documento original definitivo con solo 12 propuestas habilitadas reales contra el acta prefabricada del 6 de junio con 14 participantes artificiales son las pruebas reinas de un montaje que la ciudad no va a silenciar. Seguiremos vigilantes, informando cada paso de este proceso, porque la cultura y los recursos de Bogotá le pertenecen a los artistas, no a los parásitos que pretenden administrarlos a puerta cerrada.
Y ojo… esa manía que tienen los colombianos de compartir chats, conversaciones, videos que no son de ustedes se castiga CON CARCEL:
- Ley 1273 de 2009 (Ley de Delitos Informáticos)
Esta es la norma principal cuando el material privado se obtiene o se difunde a través de medios digitales (WhatsApp, redes sociales, correos electrónicos).
Artículo 269F: Violación de datos personales.
Castiga a quien, sin estar facultado para ello, con provecho propio o de un tercero, obtenga, compile, sancione, modifique, divulgue o difunda códigos de acceso, datos personales contenidos en base de datos o medios semejantes.
Pena de cárcel: De 48 a 96 meses (de 4 a 8 años) de prisión.
Multa: De 100 a 1.000 salarios mínimos legales mensuales vigentes.
- Código Penal Colombiano (Ley 599 de 2000)
Si la conversación o el video se obtuvieron interceptando o violando la privacidad de las comunicaciones, aplican los delitos contra la intimidad:
Artículo 192: Violación de ilícita de comunicaciones.
Castiga al que ilícitamente interceptre comunicación dirigida a otra persona, o se entere de su contenido, la modifique o la divulgue.
Pena de cárcel: De 16 a 54 meses (de 1.3 a 4.5 años) de prisión.
Artículo 194: Divulgación y empleo de documentos reservados.
Sanciona al que hallándose en posesión de un documento, chat, grabación o video que por su naturaleza deba permanecer en reserva, lo divulgue de manera que pueda causar perjuicio.
Pena: Multa y pérdida del empleo o cargo público (si aplica), además de agravarse si se usa para chantaje o descrédito.
Agravantes del Delito (Aumento de la Pena)
La ley estipula que la pena de cárcel aumentará de la mitad a las tres cuartas partes (pudiendo superar los 10 o 12 años de prisión) si se cumplen las siguientes condiciones, las cuales encajan con su situación de control social:
Uso de la información para descrédito: Cuando el material se difunde con la intención explícita de dañar el buen nombre, la honra o la credibilidad de la víctima.
Fines de retaliación o chantaje: Cuando se utiliza como un mecanismo de presión para que la persona desista de una acción (como una denuncia fiscal).
Difusión masiva: Cuando se utilizan redes sociales, medios informáticos o canales de mensajería para multiplicar el alcance del daño. PRgunten a nuestro amigo el guitarrista.
Colombia
Ultra Lagends y la puta escena tóxica
Solo existe un tipo de persona de un nicho muy específico al que le importaría quien carajos son “Ultra Legends” el acto anunciado para abrir el concierto de Slayer en Colombia… a la escena tóxica del rock colombiano, a nadie más.
A nadie en realidad le interesa si es la banda del hijo de dueño de Move, si es otra banda de leyendas autoproclamadas que se “reúne” (Como Slayer) o si sencillamente pagaron para estar allá. Al público y al universo le vale verga, solo al rockero y metalero envidioso, egoísta y desagradecido le duele. ¿Por qué? Porque cada uno en su cabeza piensa que “él” tiene que abrir ese concierto y que nadie más en el planeta lo merece, porque “él” is the only one, el elegido.
Y yo sé lo que muchos van a decir y pensar de este tipo de artículos, pero no importa, resbala. Nosotros acá amamos el rock, sobre todo el rock nacional, nunca hemos vivido de él, pero sí para él, casi un cuarto de siglo dándole y entregándole todo apostando por una escena en pedazos, si eso no es amor entonces no sé que es. Pero el músico de rock colombiano aun tiene mucho que aprender para poder entender las normas más básicas de la industria del entretenimiento (Porque la de la música ya murió) Y la primera regla es “no se pisen las mangueras entre ustedes”; las otras básicas pueden ser “sean honestos”, “amárrense el hocico y pónganse a tocar” y “sean agradecidos por los que hemos decidido comer mierda toda la vida solo por amor al arte”, porque la verdad sea dicha señores, ustedes no producen sino gastos y enemigos. Esa es la realidad. No son todos, en Colombia hay músicos y seres humanos increíbles, bandas talentosas y trabajadoras que producen excelente música, son la mayoría… Pero sí hay un pequeño nicho de hijos de puta que son muy fáciles de reconocer, generalmente son los parásitos del Estado que aparecen solamente en cada afiche donde dice “cultura local” o con los logos institucionales y que despotrican de todo lo que no le hieda a burocracia o que se vuelven enemigos cuando les dan un contratico estatal.
Y sí, les hablo de los mismos rockeros y metaleros que insultan y hacen memes de cualquier persona que haga algo por ellos que no sea del gobierno, y es lo único que producen porque de música más bien poca y mediocre, porque algunos rockeros y metaleros colombianos son arrodillados al gobierno, a las marcas, a los mafiosos… el único país del planeta tierra donde tenemos “punk anarquista estatal” que se suben a la tarima a putear a la policía y al gobierno, pero les cobran el cheque por hacerlo. Estos rockeritos quieren todo, pero no tienen nada que ofrecer, conciertos de cinco bandas con cuatro boletos vendidos, por eso saben que la única forma que tienen de almorzar es someterse como borregitos al estado o a alguna marca grande que los use. Normaaaaal, la escena del rock colombiano es la más tóxica y miserable de la tierra y eso que hay algunas que se pasan de calibre, pero lo que sucede acá es de antología.
¿Les duele? ¿Los ofende? La verdad duele, pero se entiende que tal vez en este momento, es sus egos, sus micromundos y sus sabias mentes iluminadas por un rayo que cae sobre sus cabezas directo del cielo, lo negarán, dirán de todo, me insultarán de nuevo y seguirán sus vidas en sus yates y carros de lujo, es sus mansiones comiendo manjares, disfrutando de sus ventas y discos de oro y los que no puedan pues seguirán hablando mal de todos y llenando formularios como perros. ¿El meme? El meme son ustedes, ese tipo de músico que desafortunadamente existe… eso si da risa.
Usemos esas cabeza hermosas e inteligentísimas que tienen para preguntarnos ¿Por qué el rock y el metal de Colombia no han podido triunfar en el mundo? No es solo falta de apoyo, es autodestrucción, es malo, no está a la altura, los músicos solo saben insultar y no hacen música y las buenas bandas, bueno, hacen lo mismo que ya se hizo hace 30 años, muy poca innovación y afuera odian las papayeras eléctricas.
Hay una sensación de vacío que invade a los músicos después de un evento grande, pero también a los promotores independientes… es una especie de depresión ¿La han sentido? Obvio. A los músicos les da porque se dan cuenta que al regresar a la realidad que el mundo sigue, las deudas siguen, que tal vez se gastaron de más en el evento y que al final no cambió su vida, siguen siendo el mismo grupo de manes que tiene que agarrar el Transmilenio para ir a casa porque no hay para el Uber. Y para los promotores es peor, porque a pesar del éxito o magnificencia de lo que se refleja en redes, lo único que gana es una guerra de insultos y degradación por su trabajo, porque dinero no, el rock colombiano es una quiebra, lo sabe cualquiera que haya medio organizado un evento. Esa es la dinámica de esa escena colombiana, es una peste tóxica.
Pensemos en los grandes, en el imaginario del “rock mundial”, los nombres que vienen a la mente son anglosajones, británicos o, en el peor de los casos, argentinos o mexicanos. Colombia, tiene cientos de bandas, de hecho, es una de las escenas más grandes del mundo, solo en la base de datos de Subterránica tenemos más de 7 mil bandas, ¿Cuántas activas? No se sabe porque cada día se retiran al menos 20, cansados de no lograr nada. Pero al menos 4 mil activas sí habrá. Pero este paisito brilla por su ausencia en el mapa global y esto tiene razones de peso. No nos engañemos, no ha sido solo culpa de la industria internacional ni del “destino”. El verdadero freno para el rock colombiano ha sido endémico, es el mismo músico el que se cagó en el rock y el Metal, sumado a sus fans que solo sirven para escupir mierda en las redes pero jamás para ir a pagar un boleto para verlos, a menos que sea como van a ir a ver a Ultra Legends, porque medio millón de pesos si tienen para ir a ver a Slayer, pero 20 lukitas pero ir a verlos a ustedes olvídense, preferible gastarlos en una felpa de perico… una mezcla de egos desmedidos, envidia profesional, una dependencia enfermiza del estado y la creación de micro-mundos de “fama” que, honestamente… son ridículamente pequeños.
Y lo más patético de todo es que ustedes lo saben. Lo saben cuándo están borrachos en un bar después de haber tocado para ocho personas, de las cuales seis eran las novias de la banda. Lo saben cuándo revisan Instagram a las 2 a.m. y ven que el video de un tipo haciéndose el loco con un termo les gana en vistas. Lo saben, pero les importa más putear al que “logró algo” que arreglar su propio desastre.
Ahí es donde entra “Ultra Legends”. No importa quiénes sean. Puede ser cualquiera, una tremenda banda que no conocemos o tres tipos disfrazados de Slipknot. El problema no es la banda. El problema es el espejo. Porque el rockero colombiano, el metalero de Twitter y el “crítico de la escena” que no ha publicado un disco en diez años, prefieren creer que el mundo les debe algo. Que hay una conspiración. Que “todo está comprado”. Y la verdad es mucho más simple y mucho más cruda:
No son lo suficientemente buenos.
No por falta de técnica, les sobran dedos, les sobra equipo endeudado, les sobra actitud para la foto con los brazos cruzados en el festival gratuito soñando que el público es de ellos. Pero les falta canción, les falta carisma fuera del escenario, les falta entender que el “rock mundial” no es una meritocracia pura, pero tampoco es una guardería para ardidos. Nadie va a venir a buscarlos a Soacha o a Envigado para darles un contrato millonario solo porque llevan diez años tocando en el mismo sótano. El rock colombiano no triunfa en el mundo porque el mundo olfatea la desesperación y la resentiditis crónica. Porque afuera, cuando una banda sale, al menos fingen que se quieren. Aquí ustedes se muerden los puños antes de subir al escenario.
¿Y el público? El público es la otra cara de la misma moneda podrida. El público colombiano no va a ver bandas locales no porque “suene feo” (hay bandas increíbles), sino porque ir a verlos no les sube el ego, no es “estatus”. Prefieren pagar medio millón para ver a Slayer y sentirse parte de algo grande, que pagar veinte lucas para ser testigos de algo que podría ser grande, pero que todavía está pariéndose entre insultos en redes. La escena tóxica colombiana es una decisión colectiva. Un pacto de mediocridad donde lo único que importa es quién se cayó más fuerte, no quién llegó más lejos.
Mientras ustedes sigan creyendo que “Ultra Legends” les robó algo que nunca tuvieron, el rock colombiano seguirá siendo ese inodoro que ustedes mismos decoraron con calcomanías de bandas que sí supieron crecer. Y la próxima vez que un hijo de puta como yo les escupa esta verdad, van a hacer lo mismo que siempre, llorar en sus grupos de WhatsApp, bloquearme, y quedarse tan tranquilos… esperando el próximo concierto gringo para volver a sentirse vivos por una noche.
¿Y el mundo? El mundo sencillamente pasó de largo, porque nadie tiene tiempo para escuchar a un montón de tipos que se odian entre ellos más de lo que aman hacer canciones y esa es la puntilla final… el rock y el metal colombiano no han fracasado por falta de talento ni por culpa del imperio anglosajón, han fracasado porque se convirtieron en una secta ridícula de egos inflados que prefieren ser reyes de un basurero a ser aprendices en una industria de verdad, así que mientras no entiendan que el éxito no se mendiga en una convocatoria del estado ni se roba pisoteando al de al lado, seguirán exactamente dónde están, celebrando sus propios funerales disfrazados de toques, creyéndose unos capos cuando en realidad, lo más lejos que ha llegado el rock colombiano es a la esquina de su propia soberbia.
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