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Música y Bandas

Dogma estrena “Zona Prohibida”, el primer sencillo y video de su próximo álbum.

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La banda de metal melódico Dogma ha lanzado hoy su nuevo sencillo y video, “Zona Prohibida”, que forma parte de su próximo álbum. Se trata del primer capítulo visual (y primera canción) de la saga completa de Dogma, que narra la historia de cuatro monjas y que usan su música para cuestionar los dogmas y las normas que limitan la expresión auténtica.

“Zona Prohibida” es una canción que explora los tabúes que rodean la sexualidad, el placer y la libertad, y que invita a los oyentes a romper las cadenas que los atan y a embarcarse en un viaje hacia el autodescubrimiento y el empoderamiento genuinos.

El video, dirigido por Saico, muestra la historia de una joven Lilith, que siente curiosidad por entrar en el juramento del pacto, una especie de ritual iniciático donde se revelan los secretos de la hermandad. Las otras monjas (Lamia, Nixe y Abrahel) son testigos de la pureza vacilante de Lilith, que se ve tentada por las fuerzas oscuras que la rodean.

Dogma es una banda que anima a los devotos a enfrentar sus miedos más íntimos y abrazar la liberación que se encuentra más allá de los límites de la convencionalidad. Con una estética oscura y provocativa, Dogma nos incita a abrazar la rebelión y liberar nuestros deseos carnales. Dejan de lado las cadenas de la modestia, conjurando una tempestad de sensualidad que exige una atención y una participación inquebrantables.

Este lanzamiento es solo un adelanto del próximo álbum de Dogma, que promete ser una obra maestra del metal melódico. Mientras forjan su arsenal sónico en el crisol de la pasión creativa, desafían las convenciones y convocan a los fieles a unirse a su cruzada implacable.

El sencillo y el video de “Zona Prohibida” ya están disponibles en las principales plataformas digitales. Puedes escucharlo o conseguirlo [aquí]. También puedes ver el video [aquí].

No te pierdas el esplendor auditivo y visual que ofrece la hermandad, desentrañando el enigma que es Dogma.

Colombia

Sin burocracia, sin demora, sin excusas, Medellín organizó en 48 horas lo que las instituciones no pudieron. Rockaton 2026, el poder del rock.

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En Medellín nadie lo vio venir. No hubo rueda de prensa, no hubo anuncio institucional, no hubo presupuesto asignado ni mesa de trabajo con funcionarios. Lo que está a punto de ocurrir en el Cerro Nutibara nació de una conversación privada, de un recuerdo que volvió y de una pregunta que alguien se hizo en voz baja ¿por qué no volvemos a hacer una Rockatón?

Esa pregunta la formuló Román Gonzáles, un artista y gestor cultural de larga data de la ciudad que prefiere mantenerse al margen del ruido mediático, pero que desde el primer momento entendió que cuando el país tiembla —y esta vez tiembla de verdad, con casas derrumbadas, familias desplazadas y una emergencia humanitaria que no espera— el arte no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado. No se trataba de protagonismo ni de construir un currículum. Se trataba de algo mucho más antiguo y mucho más simple: ayudar desde lo que uno sabe hacer y lo que esta escena sabe hacer es juntar gente.

Hablamos con Román sobre esta iniciativa. La Rockatón de 1999 quedó grabada en la memoria de quienes la vivieron. Fue un momento en el que la música de Medellín demostró que podía ser respuesta, que los músicos, los técnicos, los roadies y el público podían convertirse en una red de solidaridad activa. Veintisiete años después, cuando la tierra volvió a moverse y el país entró en estado de emergencia, ese recuerdo no fue nostalgia: fue combustible. Román, que hoy está también detrás de esta nueva Rockatón estuvo allí en el noventa y nueve y sabe lo que significó. Sabe que aquello no fue un concierto, fue un acontecimiento que le mostró a la ciudad que el rock podía ser mucho más que ruido y rebeldía.

Por eso, cuando la noticia del terremoto recorrió los grupos de WhatsApp y las pantallas de los teléfonos, su reacción fue inmediata, aunque no planeada. No hubo un documento de intención ni una estrategia de comunicación. Hubo un teléfono en la mano y una lista de contactos que empezó a desplegarse como una madeja. ¿Quién se apunta? ¿Quién puede ayudar? ¿Quién tiene un escenario disponible? ¿Quién conoce a alguien que conozca a alguien?

El para qué era claro, ayudar. Pero con una condición que marca una diferencia radical con cualquier otra campaña de recaudación. Esta Rockatón no está pidiendo dinero. Está pidiendo comida, elementos de higiene, pañales, leche, cobijas, cosas para niños, para adultos mayores, para mascotas. No hay transferencias bancarias ni códigos QR para donar. Hay puntos de recepción física y una lógica de ayuda concreta, directa, que no se diluye en intermediarios ni se pierde en burocracias. Román lo explica sin rodeos, no se trata de solucionar el problema de fondo, porque eso excede cualquier esfuerzo artístico. Se trata de aportar desde lo que se sabe hacer, y lo que se sabe hacer es convocar, reunir, producir y poner la música al servicio de quienes más lo necesitan.

Y entonces comenzó el milagro de los dos días.

Porque lo que está a punto de suceder en el Carlos Vieco no es un festival que se haya gestado durante meses. No hay un año de planeación, no hay patrocinadores millonarios, no hay una máquina burocrática detrás. Lo que hay es una red de personas que, en cuestión de horas, empezó a tejer lo que hoy son más de setenta bloques artísticos confirmados para dos jornadas completas. Setenta bandas, solistas, proyectos y colectivos que han dicho que sí sin preguntar cuánto pagan, sin exigir condiciones, sin poner condiciones. Setenta propuestas musicales que van del metal al punk, del reggae al rock, del ska al pop, de la electrónica a lo acústico, y que representan la diversidad de una escena que muchos daban por fragmentada o por muerta.

Pero la Rockatón no es solo música. Es también la gente que trabaja detrás, productores, técnicos de sonido, iluminadores, roadies, ingenieros, comunicadores, fotógrafos, personal de logística y seguridad. Equipos enteros que se han sumado sin contrato ni remuneración. Gente que ha movilizado sus propias herramientas, sus propios vehículos, su propio tiempo. Re-Roadies está ahí. Escenario Vivo, Fusión Logística, Persival, Backline Co., Máximo Nivel, REV Music. Nombres que suenan en el circuito independiente y que han puesto su experiencia al servicio de una causa que no pregunta de dónde vienes, sino qué puedes aportar.

Y hay algo que Román subraya con especial énfasis, no todos los que están participando son personas con las que él hubiera trabajado antes. Muchos aparecieron porque entendieron la causa, porque alguien los llamó, porque un amigo les pasó el contacto, porque vieron la convocatoria en redes y decidieron que querían estar. No hay una lista cerrada de invitados, no hay un comité de selección. Hay una necesidad y una disponibilidad que se encuentran en el camino.

El escenario elegido tampoco es casual. El Teatro al Aire Libre Carlos Vieco Ortiz, en el Cerro Nutibara, tiene una capacidad para aproximadamente mil personas y es uno de los espacios con más historia musical de Medellín. Lleva el nombre de un compositor y músico paisa que dedicó su vida al arte, y para el gestor, cerrar la Rockatón allí tiene un peso simbólico que va más allá de la logística. Inicialmente se barajaron otras opciones, como La Macarena o la Plaza de Eventos, pero los tiempos apremiaban y el Vieco ofrecía las condiciones para hacerlo bien y hacerlo rápido y también se unió a la causa. Y además, hay algo en ese escenario al aire libre, con la ciudad extendiéndose a sus pies, que convierte cualquier concierto en una declaración de principios.

Esto no se hizo con una gran convocatoria institucional ni con un formulario sofisticado. Se hizo llamando gente, escribiendo por WhatsApp, preguntando quién podía ayudar. Un músico llamó a otro, una banda recomendó otra, un técnico consiguió un contacto, alguien consiguió un equipo. Fue creciendo como crecen las cosas en la escena independiente: de persona en persona.

Hay una cifra que suena casi a exageración, pero es real, más de setenta bloques artísticos se van a subir al escenario del Carlos Vieco durante los dos días que dure la Rockatón. Setenta proyectos musicales que van a tocar sin cobrar un peso. Setenta agrupaciones que van a sacar tiempo de sus ensayos, de sus trabajos, de sus vidas, para estar ahí con sus instrumentos, su energía y su disposición a ayudar. Y cuando se dice que no van a cobrar, no es un gesto retórico. Es una decisión concreta que cada banda tomó cuando recibió la invitación.

Román insiste en que esto no es un concurso de popularidad ni una muestra de poder de convocatoria. No se trata de decir “miren cuántas bandas conseguimos”. Lo que realmente lo impresiona es la cantidad de gente que decidió poner lo suyo al servicio de algo que es más grande que cada banda. Porque tocar gratis implica costos reales: transporte, equipos, ensayos adicionales, tiempo de preparación, desplazamientos. Y aun así, la respuesta fue masiva. Nadie preguntó cuánto pagan. Nadie pidió condiciones especiales. Nadie dijo que no porque el escenario fuera pequeño o porque el sonido no fuera el de una gran producción.

Lo que está ocurriendo es exactamente lo contrario a la lógica del mercado musical. En un ecosistema donde los artistas suelen medir su valor por el caché, por el número de seguidores o por la calidad de los escenarios en los que tocan, esta Rockatón está operando bajo una lógica completamente distinta: la de la necesidad compartida. Y esa lógica, cuando se activa, tiene una fuerza que los números no alcanzan a capturar.

Pero hay un matiz que vale la pena subrayar. Cuando alguien menciona que en dos días se levantó un festival con más de setenta bandas, la comparación con eventos como Rock al Parque o Altavoz aparece casi por inercia. Román es el primero en frenar esa conversación. No cree que tenga sentido decir que la Rockatón es mejor o más grande que esos festivales. Son procesos diferentes, con presupuestos, equipos, instituciones y tiempos de preparación completamente distintos. Pero es inevitable pensar, que el rock es masivo, es grande y que en este país se han acostumbrado tanto a los formularios, trabas, audiciones, etc. Que este evento echa por el piso todas las teorías que defienden desde las instituciones, imaginen por un momento que esto lo hubiera organizado el sector público, sencillamente no se hace. Porque lo que la Rockatón ha logrado en cuestión de días —movilizar más de setenta proyectos musicales alrededor de una causa, sin pagarles por tocar, sin una estructura institucional detrás— dice algo sobre la vitalidad de la escena que muchas veces se subestima. Durante años se ha escuchado que el rock está muerto, que la escena está fragmentada, que los músicos solo están pendientes de sus propias carreras, que el público ya no responde. Y de repente ocurre una emergencia y todo eso se desmiente.

El gestor cuenta que la convocatoria no fue un proceso frío de envío de correos ni de llenado de formularios. Fue un proceso humano: llamar, escribir, preguntar. Y la respuesta llegó en forma de cadena. Una banda confirmaba y recomendaba a otra. Un técnico decía que sí y conseguía a un colega. Un productor ofrecía su experiencia y su red de contactos. Así fue creciendo, como crecen las cosas en la escena independiente: de persona en persona. Sin algoritmos, sin campañas pagadas, sin métricas. Con el único motor de la confianza y el compromiso.

Y ahí hay una verdad incómoda para quienes piensan que la cultura solo puede sostenerse con dinero del Estado o con grandes patrocinios. La Rockatón está demostrando que hay otra manera de hacer las cosas. No es la única manera, ni pretende serlo. Pero existe. Y funciona.

Román también reflexiona sobre el papel de la escena en la sociedad. No como entretenimiento, sino como tejido. Un músico de metal, uno de punk, uno de reggae, uno de rock, un productor, un roadie, un periodista o una persona del público pueden trabajar juntos por una misma causa. Eso, para él, es mucho más importante que cualquier cifra de bandas o de asistentes. Porque lo que está en juego no es solo recoger alimentos o elementos de higiene. Lo que está en juego es demostrar que la música puede ser un puente, que la cultura puede ser respuesta, que el arte no es un adorno sino una herramienta.

Y si después de todo esto queda la sensación de que cuando Colombia necesite algo, el rock también puede responder, entonces ya se habrá logrado bastante.

Porque la Rockatón no es solamente el festival. No es solamente el escenario, las bandas, el sonido, la logística o la recolección de ayudas. La Rockatón es la comprobación de que todavía somos capaces de unirnos. Es la evidencia de que, cuando la urgencia llama, la escena responde. No desde la institución, no desde el presupuesto, no desde la burocracia. Desde la calle, desde el WhatsApp, desde el teléfono que suena y la pregunta que se hace una y otra vez: ¿en qué ayudo?

Esa pregunta ha sido el verdadero motor de todo esto. El rock jamás ha estado muerto, está es ahogado en la burocracia de este país y simplemente estaba esperando una razón para volver a encontrarse.

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Colombia

Devasted desata el terror tridimensional con su nuevo videoclip “Sociopatía”

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La agrupación de metal Devasted ha sorprendido a la escena con el lanzamiento oficial de “Sociopatía”, su más reciente videoclip. En esta ocasión, la banda da un salto ambicioso hacia la innovación visual apostando por un formato en 3D, cuya realización estuvo a cargo del realizador argentino Matías Gallinal (@radonmgok).

El sencillo no viene solo; se trata de una demoledora colaboración junto a Adrián Manrique “Iron Cobra”, vocalista de la legendaria banda bogotana Cobra Colombia Thrash Metal. La crudeza y potencia sonora de este track fue esculpida en Colapso Records, bajo la meticulosa mezcla y masterización de César Molina y Ricardo Gámez.

El tercer capítulo de una pesadilla conceptual
“Oscuro pasado, los cuerpos yacen desmembrados…”

“Sociopatía” no es solo una canción, es el tercer eslabón de la saga conceptual que da vida a su álbum Siniestro.

El videoclip sumerge al espectador en la trágica historia de Dante, un ser condenado a la inmortalidad. Tras cometer un grave error siglos atrás, fue maldecido por el mismísimo Siniestro a vagar eternamente por la Tierra. Incapaz de encontrar el descanso de la muerte y atrapado en una desdicha interminable, Dante se convierte en el esbirro de su propio verdugo, cumpliendo su macabra voluntad con la única esperanza de que algún día se le permita terminar con su sufrimiento.

Visuales de vanguardia, puro metal nacional e internacional, y una narrativa oscura se fusionan en este lanzamiento que promete dejar huella en el audiovisual del metal latinoamericano.

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Colombia

LA H NO MURIÓ LLEGA AL AUDITORIO MAYOR JUNTO A PERPETUAL WARFARE, POWER INSANE Y ANIMAL MIND

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El metal latinoamericano tiene una deuda eterna con Hermética, una banda que no solo moldeó el sonido pesado en nuestro idioma, sino que le otorgó una voz cruda y visceral a las realidades de las calles del continente. Hoy, esa llama inextinguible sigue ardiendo con una fuerza descomunal gracias a La H No Murió, la icónica agrupación argentina y máxima representante del legado en vivo de los titanes del sur, que ha confirmado su tan esperado show en Bogotá para este próximo 29 de mayo, trasladando oficialmente su epicentro a las instalaciones del Auditorio Mayor. En una velada que promete consolidarse sin atenuantes como el evento de heavy metal más importante del año en el país, los argentinos celebrarán las tres décadas y media de su emblemático e imprescindible disco Ácido Argentino. Encabezados por las leyendas vivientes Claudio O’Connor y el Tano Romano, junto a la solidez de Karlos Cuadrado y Javier Rubio, la banda aterriza en Colombia precedida de agotar estadios en su tierra natal, girar con éxito rotundo por España y compartir escenario con los mismísimos Iron Maiden, listos para desatar en el Auditorio Mayor un recorrido nostálgico y arrollador por los himnos que hace 35 años definieron la identidad del metal en español y que hoy siguen retumbando con vigencia absoluta en los corazones de miles de fanáticos radicales.

Para acompañar este hito histórico del circuito continental, la tarima bogotana contará con el poderío aplastante de Perpetual Warfare, una verdadera institución del thrash metal sudamericano que se encuentra celebrando veinte años de una impecable trayectoria ininterrumpida. Consolidada como un estandarte de exportación con sello nacional, la agrupación bogotana ha llevado su letal descarga a más de 25 países, conquistando escenarios titánicos de la envergadura de Rock al Parque, Knotfest y el crucero 70.000 Tons of Metal, además de compartir tarima con colosos de la talla de Slayer y Megadeth. Reconocidos abiertamente por la revista Rolling Stone como embajadores indiscutibles del género, los colombianos actualmente preparan el lanzamiento de su muy esperado álbum Nihil Sumus bajo el respaldo de un legendario sello discográfico norteamericano, por lo que su show en el Auditorio Mayor promete desatar un moshpit implacable cargado de velocidad, furia y riffs sumamente afilados que ratificarán su indiscutible jerarquía en la escena Latinoamericana.

Por su parte, la resistencia del metal hecho en casa estará doblemente blindada en una noche donde el verdadero heavy tradicional dirá presente con Power Insane, agrupación que con diecisiete años de carrera defendiendo el acero puro atraviesa uno de los mejores momentos de su historia artística, caracterizada siempre por una energía desbordante y honesta en vivo. A esta demoledora descarga se sumará la velocidad de Animal Mind, aguerridos exponentes del thrash metal bogotano activos desde el año 2014, quienes aprovecharán esta cita histórica para presentar de manera oficial su nuevo álbum de estudio. Ambas bandas serán las encargadas de encender los motores y calibrar los decibelios de la jornada, demostrando que el talento nacional tiene el peso, los ganchos y la madurez suficiente para abrir el mosh de pie y mirar a los ojos a los gigantes del continente.

Este encuentro histórico, que por dinámicas de aforo y comodidad para el público obligó a trasladar el espectáculo a un escenario óptimo como el Teatro CUN, representa la comunión perfecta de tres generaciones de músicos y fanáticos celebrando la cultura del metal en nuestro propio idioma. La invitación desde Subterránica queda abierta para todos los seguidores de los sonidos extremos que deseen formar parte de una noche de hermandad donde las fronteras geográficas quedan completamente muuled por la distorsión. Las entradas para esta ceremonia de puro metal latinoamericano ya se encuentran disponibles a través de la plataforma Biciq, en el WhatsApp oficial de la organización (315 386 8309) y en los emblemáticos puntos físicos autorizados de la resistencia cultural capitalina: Sin Fronteras Discos, La Valija de Fuego y Blasting Records Store.

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