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La mirada Subterránica

¿Rock de mentira vs. Rock de verdad? la “guerra” entre posers y trues en el mundo del Rock y el Metal.

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Ah, el apasionante universo del Rock y el Metal, un universo increíble y con historias increíbles. En la última temporada de la serie Stranger Things de Netflix pudimos apreciar el ejemplo perfecto del Metalero True, Eddie Munson, que a punta de su amor por la guitarra y el Metal contribuyó para derrotar o al menos aminoras las fuerzas demoníacas que los asechaban, pero lo que sucede, es que este metalero true ocasionó una ola mundial de posers que ahora escuchan Metallica y usan sus camisetas.

¿Qué es un poser y qué es un true? Existe una batalla legendaria que se ha dado a lo largo de los años. Estos términos, cargados de significado y pasión, representan dos facciones opuestas que luchan por imponer su verdad y autenticidad en la escena musical, así que exploraremos el origen de estos términos, sus características distintivas y la peculiar guerra cultural que los rodea y ya verán que después de leer los feeds de las redes sociales y las conversaciones tomarán otro color para ustedes identificando posers y trues.

La historia de los posers y los True se remonta a los albores del rock, a medida que el género se popularizaba, surgieron aquellos que, impulsados por la moda y la superficialidad, se apropiaron de la estética rockera sin comprender realmente su esencia, así nacieron los posers, personajes que se disfrazaban de rockeros sin tener una verdadera pasión por la música y la cultura del género. Por otro lado, los True emergieron como una respuesta de la verdadera comunidad rockera, aquellos que vivían y respiraban el rock en su forma más pura.

Algunos dicen que fue el escritor y crítico musical Lester Bangs, quien usó la palabra “poseur” para describir a algunos artistas glam rock de los años 70, como David Bowie o Alice Cooper, a quienes acusaba de ser falsos y comerciales. Otros dicen que fue el cantante y guitarrista Ted Nugent, quien se autoproclamó como el “único verdadero rey del rock and roll” y criticó duramente a las bandas punk y new wave por ser “posers” que no sabían tocar sus instrumentos. Lo cierto es que estos términos se han usado desde entonces para etiquetar y descalificar a diferentes grupos y subgéneros dentro del rock.

Los posers son reconocidos por su estética llamativa y ostentosa, sus atuendos exagerados y su actitud vacía, a menudo se adhieren a estereotipos superficiales del rock sin comprender la esencia del género, pueden ser vistos en conciertos con camisetas de bandas famosas sin conocer siquiera una canción de ellas, buscan la aprobación social, pero carecen de la autenticidad que los True defienden con pasión.

Los posers son el blanco favorito de las burlas y los insultos de los True, quienes los consideran unos impostores que manchan el nombre del rock. Los True tienen una lista negra de bandas y artistas que consideran posers, como Bon Jovi, Nickelback, Avril Lavigne o Limp Bizkit y también tienen un radar especial para detectar a los posers en su entorno. Algunas preguntas típicas que les hacen son:

¿Cuál es tu álbum favorito de Black Sabbath y por qué?
¿Cuál es la historia detrás de la portada del álbum “Appetite for Destruction”?
¿Qué conoces sobre la escena del rock progresivo de los años 70 y puedes mencionar tres álbumes icónicos de ese período?
¿Puedes explicar la diferencia entre el hair metal y el thrash metal, y mencionar bandas representativas de cada estilo?

Si no sabes las respuestas, entonces eres un poser.

Un ejemplo clásico de poser es el personaje de Marty McFly en la película Volver al Futuro, quien se pone una chaqueta roja de cuero, unos lentes oscuros y una guitarra eléctrica para impresionar a su madre en el pasado. Sin embargo, cuando intenta tocar Johnny B. Goode de Chuck Berry, termina haciendo un solo desastroso que deja al público boquiabierto y confundido y termina su actuación con la frase famosa “sus hijos amarán esto”.
Otro ejemplo más reciente es el caso de Justin Bieber, quien en 2015 sorprendió a sus fans al aparecer con una camiseta de Metallica en un programa de televisión, los seguidores de la banda de thrash metal no tardaron en criticar al cantante pop por su falta de respeto y conocimiento del género.

Por su parte los True, son los guardianes del espíritu rockero En el otro extremo de la batalla, quienes han dedicado su vida al rock. Estos verdaderos amantes del género tienen un conocimiento profundo de la música y su historia. Se identifican con la rebeldía, la energía y los valores que caracterizan al rock. Los True no solo visten camisetas de bandas, sino que conocen las letras, las influencias y las historias detrás de cada canción. Para ellos, el rock es un estilo de vida y una forma de expresión inquebrantable.

Los True se sienten orgullosos de su lealtad y su criterio musical. Ellos saben distinguir el buen rock del mal rock, y no se dejan engañar por las modas o las tendencias. Los True tienen una lista de bandas y artistas que consideran verdaderos, como Led Zeppelin, Black Sabbath, Iron Maiden o Metallica. Los True también tienen un código de honor que los obliga a defender el rock ante cualquier amenaza. Algunas reglas que siguen son:

Nunca escuchar música pop, reggaeton o trap.
Nunca criticar a una banda de rock sin haber escuchado al menos tres discos suyos.
Nunca vender o regalar una camiseta, un disco o un póster de una banda de rock.

Si no cumples estas reglas (o cualquier otra que se les ocurra), entonces no eres un True.

Un ejemplo emblemático de True es el músico Euronymous, fundador de la banda noruega Mayhem y pionero del black metal. Euronymous era tan fiel a sus ideales que llegó a afirmar que solo las personas que habían cometido crímenes podían ser consideradas verdaderos metaleros. Su fanatismo lo llevó a tener una rivalidad mortal con otro músico llamado Varg Vikernes, quien terminó asesinándolo en 1993.

Otro ejemplo más moderno es el caso de Dave Grohl, ex baterista de Nirvana y líder actual de Foo Fighters. Grohl es considerado uno de los músicos más respetados y versátiles del rock contemporáneo. Su pasión por el género lo ha llevado a colaborar con artistas como Queens of the Stone Age, Tenacious D, Paul McCartney y David Bowie.

La lucha por la autenticidad: La confrontación entre posers y True es una batalla cultural que se desarrolla tanto en las redes sociales como en el mundo real. Las disputas en foros y comentarios de YouTube pueden ser épicas o a veces despiadas llenas de insultos y de argumentos con o sin razón, ambas partes defienden apasionadamente su perspectiva, arrojando datos y anécdotas para afirmar su superioridad, pero es importante recordar que en el fondo, ambas facciones comparten el amor por la música y su deseo de ser parte de una comunidad que los acepte.

Un ejemplo divertido de esta lucha se puede ver en el episodio de South Park titulado “Make Love, Not Warcraft”, donde los protagonistas se enfrentan a un jugador que los molesta en el juego online World of Warcraft. Los chicos deciden crear sus propios personajes inspirados en bandas de metal como Slayer, Pantera y Metallica, mientras que el villano se hace llamar “Nelson” y usa una camiseta de Britney Spears.

Un ejemplo más serio se puede ver en el documental Metal: A Headbanger’s Journey, donde el antropólogo y metalero Sam Dunn explora las diferentes ramas y subculturas del metal en el mundo. En su viaje, Dunn entrevista a músicos, fans y expertos sobre la historia, la filosofía y la estética del género, el documental muestra cómo el metal ha sido un espacio de resistencia, creatividad y diversidad para millones de personas.

Entonces es verdad que la rivalidad entre posers y True puede ser entretenida, pero también es real que muchas veces sobrepasa los límites del entretenimiento y puede causar conflictos graves como ya lo hemos visto en varias escenas locales en el mundo. Esta diferencia ha causado tragedias, muertes, peleas, demandas, calumnias, injurias y es porque se lleva al plano personal, creo que no tenemos que explicar mucho esto, todos los que vivimos el rock apasionadamente hemos sido parte de algún conflicto.

Pero entonces es crucial recordar que el mundo del rock acoge a todos los que encuentran una conexión con él, es un camino personal que cada individuo recorre de manera distinta. El rock es una fuerza poderosa que puede unir a las personas y permitirles expresarse libremente y hay que darle cabida a tod… neeeeeeeeeeeh, mentiras, hay quienes crees que la cumbia es rock y la música es una jajajaja. ¡Posers!

La mirada Subterránica

Mariachis en Bogotá, la calle como escenario de una ciudad que suena en muchas lenguas

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Bogotá no es solo rock, eso es un hecho, y aunque la escena independiente, los circuitos de metal y los bares de música alternativa hayan construido buena parte de la identidad sonora de la ciudad, lo cierto es que en sus calles conviven culturas diversas que se expresan a través de géneros que no siempre aparecen en los titulares de la prensa especializada. Y entre esas expresiones, el mariachi ocupa un lugar que merece mirarse con detenimiento, no desde el del cliché ni desde la vitrina turística, sino desde una mirada que reconozca su valor como fenómeno escénico, ritual social y memoria afectiva de una urbe que se resiste a reducirse a una sola etiqueta.

En Bogotá una serenata no es solo una lista de canciones, es una irrupción teatral en la rutina, una escena sonora que convierte la cuadra, la sala o el restaurante en escenario. La ciudad, acostumbrada al ruido del tráfico y al bullicio de sus calles de repente se detiene ante la fanfarria de una trompeta y el vibrar de un guitarrón y en ese instante algo cambia en el ambiente, porque no se trata solo de música sino de un performance que rompe con lo cotidiano y obliga a los transeúntes, incluso a los que no pidieron nada, a convertirse en público de una obra breve pero intensa. Es un ritual social que a pesar del paso del tiempo y las modas, se niega a desaparecer del imaginario de la capital y que además dialoga con esa diversidad cultural que hace de Bogotá un territorio mucho más complejo de lo que sugieren los estereotipos sobre su escena musical.

Para los que venimos de la escena independiente no siempre tenemos las herramientas para leer el mariachi en toda su dimensión y es fácil quedarse con la imagen que nos vende la televisión o las historias tradicionales, sin embargo, mirarlo con detenimiento revela una complejidad escénica y una carga emocional que merecen un análisis más profundo, porque en una ciudad donde el rock, el metal y los circuitos alternativos buscan su espacio, el mariachi se erige como un recordatorio de que la música en vivo, en todas sus formas, es ante todo una experiencia de conexión humana. Vale la pena detenerse en el oficio, porque ser mariachi en Bogotá es un ejercicio de resistencia y versatilidad que va mucho más allá del traje de charro impecable y exige dominar un repertorio que abarca desde el desgarro de “El Rey” hasta la melancolía de “La Media Vuelta” y las agrupaciones locales han sabido adaptar ese formato a públicos muy distintos, desde quien pide “Las Mañanitas” para un cumpleaños hasta quien busca una versión de “Cielito Lindo” para sorprender a su pareja, y en ese tránsito entre generaciones, gustos y ocasiones se juega buena parte de su vigencia, una que nunca se pierde y que siempre está ahí, al alcance de quien lo necesite.

La escena del mariachi en Bogotá se mueve en un circuito particular que incluye plazas de mercado, restaurantes de comida mexicana, calles del centro y, por supuesto, las célebres serenatas nocturnas, es un trabajo que se ejerce a menudo en condiciones adversas, bajo la lluvia, a altas horas de la madrugada, cargando estuches de instrumentos por calles empinadas, porque en esencia se trata de un gig más en la economía de la música en vivo, pero con un componente ritualístico que lo distingue de cualquier otra presentación. La calle es el escenario principal y un grupo de mariachis no necesita un recinto con acústica perfecta ni un sistema de luces computarizado, su puesta en escena es la intemperie, la fachada de una casa, la mesa de un bar y el espectáculo comienza con la llegada, con el sonido de las botas, el ajuste de los sombreros y la elección del repertorio, mientras el público, incluso el que no lo pidió, se convierte en espectador de una obra que se construye en tiempo real.

Para entender cómo este formato sigue vigente en celebraciones, serenatas y eventos privados, basta revisar propuestas locales como Mariachis Bogotá, donde la música en vivo se presenta como experiencia escénica y emocional. Este tipo de agrupaciones no solo interpretan canciones, sino que construyen un momento, y la interacción con el público es clave porque una mirada cómplice, una dedicatoria improvisada o un chiste entre canción y canción rompen la partitura para dar paso a la emoción del instante, en un teatro de lo espontáneo donde la ciudad se convierte en un personaje más, con la acústica de un parqueadero, el eco de un edificio residencial o el murmullo de fondo de una avenida concurrida integrándose en la performance, porque el mariachi, a diferencia de una banda de rock en un sótano, no busca aislar el sonido del mundo sino fundirse con él y transformar el caos urbano, por unos minutos, en una banda sonora emotiva.

El repertorio es un archivo de memoria afectiva y canciones como “Amor Eterno”, “Volver, Volver” o “El Cantador” no son simples melodías sino vehículos de recuerdos, de historias familiares, de desamores y reconciliaciones, y en Bogotá, donde conviven migrantes de todo el país y de otras naciones, el mariachi se convierte en un punto de encuentro donde es común ver a grupos de amigos o familias enteras coreando las letras y creando un instante de cohesión social en medio de una urbe que a menudo se siente fragmentada. Este repertorio además ha sabido mutar y no es extraño escuchar adaptaciones de canciones populares de otros géneros al estilo mariachi, un guiño que conecta con audiencias más jóvenes y que funciona como estrategia de supervivencia pero también como muestra de la plasticidad de un formato que, como el rock, ha demostrado que puede versionar y resignificar sin perder su esencia.

En la era digital, la forma de elegir una agrupación para una serenata ha cambiado y ya no basta con la recomendación de un amigo o el anuncio en la guía telefónica, porque el video se ha convertido en una herramienta fundamental para evaluar la calidad de un show que no se mide solo en afinación o calidad de los instrumentos sino en algo más intangible como la presencia escénica. Antes de elegir una agrupación, ver Videos de Mariachis Bogota permite apreciar puesta en escena, energía interpretativa y conexión con el público, y un video bien grabado muestra cómo se mueven los músicos, cómo interactúan entre ellos y cómo reacciona la gente, revelando si el grupo tiene esa chispa que convierte una canción en un momento memorable o si, por el contrario, se limita a ejecutar las notas de forma mecánica. La energía interpretativa es crucial porque un mariachi puede tener una técnica impecable pero si no transmite emoción el espectáculo se vuelve frío, y el video captura esos microgestos como la sonrisa del violinista, la intensidad del vocalista o el ritmo del guitarronero, además de permitir evaluar la conexión con el público, si el grupo mira a los ojos a quien contrata, si improvisa, si se adapta al ambiente, detalles que en un formato tan íntimo como la serenata marcan la diferencia.

El mariachi en Bogotá no es una reliquia de museo ni un simple servicio comercial, es un fenómeno cultural que sigue vivo porque cumple una función que otros géneros no cubren, la de ser un ritual de celebración, duelo y afecto en un formato portátil y profundamente teatral, y mientras la ciudad sigue su curso entre el ruido y la prisa, la figura del mariachi emerge como un recordatorio de que la música en vivo, en su forma más directa y sin filtros, sigue siendo una de las herramientas más poderosas para conectar con los demás. Para quienes cubrimos la escena musical desde una mirada crítica, el mariachi merece una reivindicación que no lo reduzca a producto de consumo masivo sino que lo reconozca como una expresión de cultura popular que ha sabido adaptarse, sobrevivir y emocionar en las calles de una ciudad que a veces olvida detenerse a escuchar, y la próxima vez que una trompeta suene en la noche bogotana vale la pena asomarse a la ventana y observar, porque es la ciudad, una vez más, convertida en escenario.

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Colombia

Aun si fuera verdad que más de 500 mil personas fueron a Rock al Parque, esta entonces sería la peor noticia para la escena del rock bogotano

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¿Dónde putas están esas 500 mil personas cuando las bandas colombianas se presentan durante el resto del año? ¿Dónde están cuando esas mismas agrupaciones organizan un concierto en un bar y no consiguen meter ni diez personas pagando una entrada de veinte mil pesos? ¿Dónde están los miles de asistentes que aparecen en Rock al Parque, consumen, recorren el festival y llenan los espacios frente a las tarimas, pero desaparecen cuando los músicos necesitan vender unas cuantas boletas para poder seguir tocando?

Si aceptáramos que la cifra de 500 mil asistentes publicada por varios medios es cierta, tendríamos una noticia hermosa para el festival. Pero hay otra realidad… Durante Rock al Parque, buena parte del público llega para ver a los artistas internacionales que se presentan después de las seis de la tarde. Las bandas nacionales pueden estar tocando desde temprano, pero la convocatoria que parece multitudinaria no se traduce en público para sus conciertos durante el resto del año. Esas mismas agrupaciones que aparecen en el cartel de uno de los festivales públicos más importantes del continente no consiguen reunir ni diez personas en un bar.

Entonces, ¿de qué público estamos hablando? ¿De una comunidad que sigue a sus bandas, compra entradas, asiste a conciertos y sostiene una escena musical o de una multitud ocasional que consume rock cuando la entrada es gratuita y el espectáculo está financiado con recursos públicos?

Asistencia en las primeras bandas

Aquí aparece la contradicción. Hay personas dispuestas a gastar treinta mil pesos en un perro caliente durante el festival, pero que no pagan veinte mil por entrar a ver a una agrupación colombiana en un escenario independiente. No se trata de cuestionar en qué gasta su dinero cada persona. Se trata de señalar la hipocresía de una cultura que dice apoyar el rock nacional, comparte afiches, publica fotografías desde el parque y aplaude a las bandas cuando no tiene que pagar por escucharlas, pero que después no aparece cuando esas mismas agrupaciones necesitan público para sobrevivir.

El problema no es que el rock colombiano carezca de músicos, de propuestas o de talento. El problema es que hemos confundido la asistencia a un festival gratuito con la existencia de una escena musical sólida. Una multitud que llega a ver a sus artistas internacionales favoritos no constituye automáticamente un público para las bandas nacionales. Y una persona que disfruta de un concierto gratuito no necesariamente se convierte en alguien dispuesto a pagar por la música durante el resto del año.

El público del rock colombiano tiene que mirarse al espejo. No puede exigir mejores bandas, mejores escenarios, más conciertos y mayor reconocimiento mientras se niega a pagar una entrada de veinte mil pesos. No puede reclamar que los músicos vivan de su trabajo y después dejarlos solos frente a una taquilla vacía. La música necesita seguidores, pero también necesita personas dispuestas a sostener económicamente aquello que dicen amar.

Por supuesto, existen seguidores que apoyan de manera constante a las agrupaciones, compran entradas y mantienen vivos los circuitos independientes. Pero si una banda puede tocar ante miles de personas en un festival y después no consigue reunir ni diez asistentes en un bar, algo está profundamente jodidísimo en la relación entre esa escena y su público.

Y esto es directo, el público del rock colombiano, entendido como esa masa que presume de apoyar el género pero solo aparece cuando todo es gratis, es una mierda. Es un público acomodado, acostumbrado a que otros paguen la cuenta, que confunde consumir un espectáculo con apoyar una cultura. Quiere la foto, la experiencia, el artista internacional y el festival multitudinario, pero no quiere asumir los veinte mil pesos que pueden ayudar a mantener viva a una banda nacional.

Rock al Parque puede ofrecer visibilidad a ciertas bandas, pero la visibilidad no paga los ensayos, las grabaciones, el transporte, los equipos ni el alquiler de un bar. Los músicos no pueden vivir eternamente de la promesa de que algún día ese público regresará. Tampoco pueden sostener una carrera esperando la siguiente convocatoria institucional.

Treinta años después de la creación del festival, la pregunta no es solamente cuánta gente fue al parque. La pregunta es cuántas de esas personas seguirán a las bandas colombianas cuando se apaguen las tarimas, se retiren los artistas internacionales y desaparezca la gratuidad. ¿Cuántas comprarán una entrada de veinte mil pesos para ver a esas mismas agrupaciones en un bar? Eso sucedía en los noventas cuando al otro día una banda que se hiciera notoria sonaba en las radios y llenaba bares, hoy para nada.

Asistencia en las horas antes de las 6.00 PM

Porque si la respuesta es que no llegan ni diez, entonces tenemos que dejar de celebrar las multitudes como prueba del éxito del rock nacional. Tal vez el festival sí tiene público. Tal vez los artistas internacionales sí tienen público. Lo que parece no tener la escena colombiana, en muchos casos, es un público dispuesto a pagar por ella.

Y esa es la peor noticia. No que la gente deje de ir a Rock al Parque, sino que después de treinta años todavía haya bandas colombianas que no consigan reunir diez personas pagando una entrada. El día que termine el festival, los músicos seguirán necesitando público. Y entonces no habrá perro caliente de treinta mil pesos, artista internacional ni presupuesto público detrás del cual esconderse.

Hagamos un ejercicio ¿que pasaría si se cobrara mil pesos por persona, cuanto ingresaría para rock al parque para traer más bandas de calidad o inyectarle al rock y la pregunta dura, si se cobrara mil pesos? cuanta gente irira?

Si Rock al Parque convocó 561.020 asistencias en tres días según lo que dice la alcaldía, ¿qué pasaría si cada asistente pagara apenas $1.000? No estamos hablando de cobrar una entrada de $20.000 ni de convertir el festival en un negocio privado. Estamos hablando de una contribución simbólica y de preguntarnos cuánto dinero podría regresar directamente a la escena del rock colombiano.

La cuenta inicial es sencilla: si las 561.020 asistencias se mantuvieran y cada una pagara mil pesos, el recaudo bruto sería de $561.020.000.

La pregunta más interesante es la segunda: ¿cuánta gente dejaría de ir si tuviera que pagar esos mil pesos? No hay datos que permitan predecirlo con certeza. Pero podemos calcular cuánto se recaudaría en distintos escenarios.

Recaudo bruto con una contribución de $1.000 por asistencia

100% de la asistencia

$561.020.000

561.020 asistencias pagando $1.000 cada una

90% de la asistencia

$504.918.000

504.918 asistencias pagando $1.000 cada una

75% de la asistencia

$420.765.000

420.765 asistencias pagando $1.000 cada una

50% de la asistencia

$280.510.000

280.510 asistencias pagando $1.000 cada una

25% de la asistencia

$140.255.000

140.255 asistencias pagando $1.000 cada una

Escenarios hipotéticos, antes de costos de recaudo y operación.

Con que pagara la mitad del público registrado, entrarían más de $280 millones. Con una cuarta parte, serían más de $140 millones que podrían destinarse, si así se decidiera y presupuestara, a circulación de bandas nacionales, giras, grabación, producción de conciertos o mejores honorarios.

Si una persona está dispuesta a desplazarse, pasar horas en el parque y gastar decenas de miles de pesos en comida, ¿pagaría mil pesos para entrar? ¿Cuántos dejarían de ir? ¿Y qué nos diría eso sobre la relación real del público con el festival y con el rock colombiano?

La cifra de asistencia de 2026 permite plantear el experimento, pero no demuestra de antemano cuántas personas aceptarían pagar. Precisamente por eso, la pregunta de los mil pesos es tan potente, pone a prueba cuánto vale realmente el apoyo que el público dice tener por el rock.

Entonces volvemos a la pregunta inicial ¿En donde están todos esos rockeros el resto del año?

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Colombia

Por que las bandas no tienen la culpa (¿O sí) Estos son 10 shows para no perderse en Rock al Parque 30 años.

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El cartel de las agencias, los 27 mil millones de pesos operados en la sombra, la duplicidad en los pagos de logística y el descarado fraude en la curaduría son una realidad documentada que ya está en manos de la Fiscalía y la Contraloría. El entramado burocrático de IDARTES y el Teatro R-101 ha podrido la estructura administrativa del festival, pero hay una verdad innegable: las bandas no tienen la culpa de la corrupción.

Los músicos que se suben a sudar la camiseta, a descargar sus amplificadores y a dejar la vida en la tarima no son los responsables de los cheques en blanco ni de las roscas de las oficinas de gestión cultural. La pelea por sanear los Festivales al Parque se da en los estrados y en las veedurías, pero en el césped del Simón Bolívar el apoyo tiene que ser para el talento real, independiente y autogestionado.

Aquí están las agrupaciones que, lejos de los carteles de intermediarios, representan el verdadero espíritu del rock y merecen que te pares frente a la tarima a apoyarlas:

El contingente local y nacional

Narcocracia: Propuesta bogotana de metal extremo y grindcore que destaca por su crudeza técnica. Su sonido es denso, caracterizado por riffs veloces, percusión abrasiva (blast beats) y una lírica satírica que ataca las estructuras de poder político y religioso en Colombia.

Solegnium: Agrupación de brutal death metal originaria de Soacha. Su estilo se fundamenta en una ejecución técnica rigurosa, voces guturales muy profundas y una base rítmica demoledora que mantiene viva la tradición del death metal oscuro de la sabana.

No Dependiente: Hardcore punk clásico, acelerado y de garaje. Estructuras de canciones cortas, coros agresivos y una energía cruda diseñada directamente para detonar el pogo, manteniendo la actitud callejera original del género.

Lo Mismo Decían de Juana: Rock alternativo con una marcada fusión de funk, reggae y ritmos latinos. Una banda de ensamble sólido y orgánico, caracterizada por un groove contagioso y guitarras rítmicas versátiles hechas para el directo.

Elsa Riveros: La voz inconfundible e histórica de Pasaporte. Su propuesta navega por el rock pop y la balada rock, sosteniéndose en su capacidad interpretativa, un registro vocal intacto y la ejecución de los clásicos que definieron los inicios del rock comercial en el país.

La cuota internacional

Hellbutcher: Black/thrash metal sueco liderado por el exvocalista de Nifelheim. Velocidad implacable, guitarras afiladas y una estética old school que rescata la agresividad primitiva del metal extremo europeo sin concesiones comerciales.

Algiers: Una mezcla inclasificable y visceral de post-punk, soul, gospel y ruido industrial originaria de Atlanta. Su directo destaca por la tensión rítmica, la intensidad vocal de Franklin James Fisher y letras cargadas de crítica sociopolítica frontal.

End It: Hardcore punk puro y pesado desde Baltimore. Canciones cortas cargadas de riffs densos, two-step, y una actitud combativa en el escenario. Un sonido diseñado para la confrontación física en el pit, sin adornos técnicos innecesarios.

Editors: Institución británica del post-punk revival y el indie rock de estadios. Conducidos por la voz barítona de Tom Smith, su sonido combina sintetizadores oscuros, guitarras atmosféricas y una ejecución melancólica de altísima precisión.

Ratones Paranoicos: Realeza del rock and roll y el blues rock argentino. Su estilo es directo, apoyado en el groove de raíces stonianas, guitarras sucias y la actitud carismática de Juanse, una fórmula que lleva décadas marcando a la escena latinoamericana.

Los que no vienen pero vale la pena que exploren:

Decessus: Banda chilena de metal extremo y metalcore moderno. Mezclan pasajes atmosféricos con breakdowns pesados y afinaciones bajas. Aunque su presentación fue cancelada en circunstancias opacas, su nivel de producción internacional los hace una parada obligatoria para escuchar fuera del festival.

Ir a Rock al Parque este año es un acto de rebeldía en dos frentes para exigir que rueden cabezas en las oficinas donde se desfalca la cultura y hacer un pogo inmenso frente a las agrupaciones que siguen creyendo en el rock. Vayan, disfruten, cómprenle el merch directamente a las bandas locales y no dejen que los burócratas les roben también la música.

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