La mirada Subterránica
¿Por qué ha fracasado el rock colombiano? Un análisis sobre la escasez creativa y la calidad musical del género en el país.
Afirmar que existe algo llamado “rock colombiano” o incluso “rock latino” es adentrarse en aguas turbulentas en donde la subjetividad cobra mucha fuerza y se impone ante la razón o el conocimiento, el rock, al no tener un patrón rítmico definido se da para muchas interpretaciones y es “adaptable” a las necesidades, sin embargo, no podemos hablar de “rock colombiano” más que refiriéndonos a la música que se crea en el país dentro de este género. Hacerlo de otra forma sería como referirnos a “Vals jamaiquino” y no por ello el género va a cambiar, todos conocemos el patrón rítmico del vals y así se haga en Jamaica o en Viena será lo mismo, he ahí la razón del problema tan grande cuando pensamos en el “rock”, no existe (repito) un patrón rítmico general.
Pero si podemos a la luz de las evidencias pensar que tal vez el rock hecho en Colombia fracasó en su misión de crearse en una industria auto sostenible y de alcanzar fronteras más allá de las nuestras, mientras varios países tienen a sus movimientos consolidados y girando, Colombia nunca pudo salir de Rock al Parque y de un pequeño circuito de bares que se hizo más pequeño ante la cantidad de bandas que están tocando, bandas que en Bogotá superan las tres mil en número pero que viven invisibles y sin poder hacer más que ensayar de vez en cuando. Para concluir la idea, el rock colombiano se quedó en el garaje y la única oportunidad para una banda es clasificar como contratista a una convocatoria del estado o auto financiar giras al exterior. Gracias a eso, se ha dado un fenómeno muy interesante: la corrupción en el rock y sus políticas culturales, sus aliados y su ecosistema, tanto público como privado.
Es difícil atribuir una sola razón al fracaso del rock colombiano, ya que hay varios factores que podrían haber contribuido a ello. A continuación, podemos abordar algunos para analizarlos:
Falta de apoyo de la industria musical: El rock colombiano nunca recibió el mismo nivel de apoyo de la industria musical que otros géneros más populares como el Vallenato o la música popular, ni siquiera cuando el rock era lo popular, esto seguro fue una causa del estancamiento, en Colombia el rock siempre ha sido mal visto por la sociedad y nunca fue tomado en serio como si se hizo en otros países que vieron en el género un negocio, en realidad en Colombia jamás se escuchó el rock, mientras en el mundo se daban movimientos como la nueva ola del heavy metal británico, el glam, el punk, etc. En Colombia se consolaban con Vilma Palma e Vampiros y otras bandas que hacían parte de una lista de lo que llamaron “rock en español” pero que distaba mucho de lo que sucedía en el mundo. La industria musical no le puso atención al fenómeno y las disqueras no prensaron trabajos ni los promocionaron, muy pocos trabajos fueron prensados y muchos menos fueron apoyados en radios mainstream o en televisión.
La influencia del rock internacional fue muy poca: La popularidad de la música internacional, especialmente la música angloparlante no fue algo grande en Colombia más que para algunos nichos, las bandas que hacían rock tenían que rebuscarse los sonidos, en ese caso era muy difícil y aun lo es, encontrar profesores o músicos que dominaran las técnicas en las guitarras, en el bajo, generalmente el bajista era el que menos guitarra tocaba. Es difícil y caro conseguir instrumentos, el rock es una profesión que requiere inversiones altas y cuando ya en el país hubo instrumentos, salas de ensayos y una buena educación en técnicas gracias a Internet y sus tutoriales, la industria de la música ya había muerto en general, es decir el rock ya estaba absolutamente nulo en el país.
Falta de infraestructura musical: El rock colombiano pudo haber enfrentado dificultades para establecer una infraestructura musical adecuada, como salas de conciertos y estudios de grabación de alta calidad, lo que podría haber afectado su capacidad para producir y promover su música. Son muy pocos los discos que no suenan como si los hubiera mezclado un ingeniero experto en cumbia, la distorsión y la mezcla siempre han sido un problema, nunca hubo educación en estos ámbitos hasta hace muy poco y de nuevo, cuando ya lo tuvimos, ya no se grababa en estudios sino en casa, la producción musical del rock en general es muy pobre.
Estatismo paternalista: La necesidad y el hambre, la falta de escenarios pagos, la falta de gusto del público actual por el género entre otras cosas han hecho que sea el estado quien se posesione como “el gestor del rock nacional” y tiene sometidos y domesticados a los músicos de rock a punta de convocatorias y ayudas que prometen el dinero que no pueden ganar de otra manera, así entonces convirtieron al rock colombiano en una disidencia controlada, en algo inofensivo y maleable.
Personalidades egocéntricas y destructivas dentro de la escena: Es cierto que para ser rockero no hay que ser académico, estudiar música no es una necesidad para dominar las técnicas de ejecución más avanzadas o para componer buenas canciones. El estudio es necesario para desarrollar otras competencias como las practicas del fracaso, la aceptación de la crítica y el pensamiento crítico para poder debatir. La gran mayoría de los músicos de rock colombiano presentan conductas egoístas, ególatras, destructivas y muchas veces hasta delincuenciales.
Hemos vivido en carne propia el desprecio de algunos músicos cuando se trata de premiarlos, abrir espacios de circulación o promoción o incluso de agremiarse, dentro de la escena hay personas despreciables y desgastantes que solo piensan en el beneficio propio y en arrancar de las manos de quien tenga algún apoyo o las oportunidades para tenerlas en su bolsillo. Además, la ignorancia en temas y teoría artística se tomó los puestos de los gestores culturales quienes han contribuido a literalmente destruir la escena.
Ahora, hablando del gobierno en este país y su postura respecto al rock, hay que abordarla de varias maneras, sin duda tendremos que hablar de un agente que en un principio fue un factor de crecimiento pero que desde principios de siglo se convirtió en un evento de división y de corrupción: Rock al Parque, el festival más importante del país y el más grande que se financia con dineros públicos, es una política cultural y es patrimonio de Bogotá.
Pensemos en algo, no hay razones evidentes para afirmar que al gobierno le conviene que el rock no exista en Colombia o que quisiera acabarlo o que incluso le molestara de alguna manera. De hecho, el gobierno ha apoyado a diversos artistas y bandas de rock en el país a través de programas de financiamiento, festivales de música y otros esfuerzos de promoción cultural, el pecado del gobierno es que desconoce que sucede al interior de estas políticas y esfuerzos por el rock, ellos solo aprueban el presupuesto y dejan la ejecución en manos de agentes corruptos y con poca o nula educación en música.
Es posible que, en algunos casos, las autoridades gubernamentales hayan censurado o limitado la difusión de ciertas canciones o mensajes en el rock, como ha ocurrido en otros países, por motivos políticos o morales o sencillamente a capricho de algunas figuras que influyen en la escena. Sin embargo, esto no implica que el gobierno en general tenga una postura anti-rock o anti-cultura, sencillamente es incompetencia.
Entonces una de las metas de todo rockero en el país es tocar en Rock al Parque, que es un festival de música gratuito que se realiza en Bogotá y que ha sido uno de los eventos culturales más importantes del país durante más de 25 años y que, aunque su nombre incluye la palabra “rock”, el festival ha ampliado su oferta musical para incluir otros géneros y artistas a capricho de su curador y de algunos amigos que tienen como negocio el booking de bandas internacionales.
La inclusión de artistas y bandas que no son de rock en Rock al Parque puede tener varias razones entre las cuales dentro de un análisis “subjetivo” podríamos decir que se quiere ampliar la oferta musical o reflejar la diversidad musical de Colombia, pero si esto fuera cierto se podría manejar de maneras diferentes, Rock al Parque se convirtió de una excelente plataforma para artistas emergentes en los noventa, al bolsillo personal de algunos personajes corruptos eternizados en un instituto creado en la segunda década del siglo XXI llamado Idartes y que tiene practicas bastante deshonestas ya ampliamente denunciadas y conocidas por la opinión pública. Sin embargo, ha logrado salir impune ante todo y continúa funcionando.
No necesariamente sería corrupción poner a tocar bandas que no sean de rock en un festival llamado “Rock al Parque”, siempre y cuando la selección de artistas se base en criterios justos y transparentes, y se busque promover la diversidad y la calidad musical.
Pero en el caso del festival, en general hay una selección injusta de artistas y se realizan vetos a artistas de rock en detrimento de otros géneros como la cumbia o el pop electrónico, entonces sí podría considerarse como corrupción. La corrupción en la selección de artistas implica el uso de influencias indebidas para obtener un beneficio personal o para favorecer a ciertas personas o grupos en detrimento de otros.
La transparencia en la selección de artistas y la aplicación justa de criterios de calidad y diversidad musical son esenciales para garantizar la integridad del festival y su función como una plataforma de promoción y apoyo a la música. Si los organizadores del festival toman decisiones injustas y arbitrarias en la selección de artistas, y se favorece a ciertos géneros en detrimento de otros, entonces se estaría violando los principios de equidad y justicia que deben guiar cualquier política cultural.
Se ha comprobado ya por parte de la contraloría que ha habido corrupción en algunos procesos de contratación en Idartes y es bien sabido que la selección de artistas es manipulada por su curador, el cuál siempre ha salido impune ya que el distrito maneja la figura de “contratista”-
Entonces, si los organizadores de Rock al Parque intentan evadir su responsabilidad y culpar a un contratista, es importante tener en cuenta que la responsabilidad última recae en los organizadores del festival, ya que ellos son los encargados de supervisar y garantizar que todas las actividades relacionadas con el festival se lleven a cabo de manera adecuada y en cumplimiento de las leyes y regulaciones aplicables.
Si bien es cierto que los organizadores pueden contratar a terceros para llevar a cabo ciertas tareas, como la selección de artistas, la supervisión y control de estas actividades sigue siendo responsabilidad de los organizadores. Por lo tanto, si se descubre que ha habido corrupción en la selección de artistas y los organizadores intentan culpar a un contratista, podrían ser considerados cómplices o negligentes en la comisión del delito, y enfrentar consecuencias legales, pero esto es Colombia y es el país en donde un juez rechazó una tutela bajo el argumento de “que no sabía lo que era el rock” y por eso se declaró incompetente.
La falla acá entonces es de la procuraduría, ya que, a pesar de haber encontrado evidencia de corrupción, no toma medidas para sancionar a los responsables, así que está fallando en su deber de garantizar la integridad del servicio público y prevenir la corrupción.
Y sucede que el músico vive en necesidad y se acopla a lo que papá estado le dice, así que, si Rock al Parque dice que la cumbia es rock, el rockero no exige o pelea por sus derechos, sino que busca la manera de encajar y sonar a cumbia eléctrica, esto ha sido una de las grandes causas del fracaso del rock colombiano como género, porque sencillamente no se está haciendo rock.
Es difícil hacer una generalización sobre los músicos de rock que acceden a incluir otros géneros en su música o participar en festivales que no se centran exclusivamente en el rock. Cada músico tiene su propia motivación y razones para tomar decisiones relacionadas con su carrera y su arte.
Sin embargo, en general los músicos de rock deberían tener en cuenta la importancia de mantener la integridad de su género y su arte. Si los músicos de rock comienzan a incluir otros géneros en su música solo por dinero o para participar en un festival, esto podría afectar la calidad y la autenticidad de su arte y eso es lo que hemos visto año tras año, festival tras festival, encuentro tras encuentro. Mucha hambre, mucha ironía, muy poca creatividad, pero, sobre todo, muy poca música, muy poco rock.
Si los músicos de rock no se mantienen firmes en su compromiso el mismo rock, esto afecta gravemente la posición del género en la industria de la música y en la cultura en general. Si los músicos de rock comienzan a incluir otros géneros en su música y a participar en festivales que no se centran exclusivamente en el rock, esto podría hacer que el rock pierda su identidad y su influencia en la cultura.
Cada músico es libre de decidir por sí mismo si eso está bien o está mal. Pero el rock sigue en picada en el país.
Propondríamos revisar la política cultural detrás del festival, cambiar constantemente a su curador, mayor participación de la comunidad de rockeros, selección de bandas exclusivamente de Rock, Metal y derivados (Ya se incluye el Reggae y el Ska que no son parte del rock pero los rockeros los disfrutan), transparencia en la selección de bandas, aumentar el presupuesto para el festival para fortalecer su infraestructura y su cartel, entre otras cosas que podrían enriquecer la política cultural transformarla nuevamente en una plataforma de lanzamiento. Pero de nuevo, debo recalcar que cada vez que alguien propone para Rock al Parque, es vetado, ridiculizado y apartado del sistema de convocatorias, así que debemos concluir que este festival ha sido parte importante del fracaso del rock nacional.
Ok, después de todo esto, tenemos que abordar entonces tal vez la pregunta más importante de todas ¿Por qué los mismos músicos permiten la corrupción y la desconfiguración del género? ¿Por qué son los mismos músicos los que denigran y desprecian a los agentes independientes que quieren hacer algo por el rock?
No podemos generalizar y decir que todos los músicos y el público permiten que el Rock sea destruido ya que cada individuo tiene su propia opinión y postura sobre este tema. Sin embargo, en general, puede haber varios factores que contribuyen a la aparente permisividad del público y de los músicos en relación a la corrupción y al deterioro del rock en el país:
Falta de información y conciencia sobre la situación: Muchas personas pueden no estar informadas sobre los casos de corrupción y cómo esto afecta la calidad y la integridad del género, la mayoría de los músicos de rock vive pensando en cómo va a almorzar y esa necesidad les nubla otras intenciones. Además, existe una falta de conciencia sobre la importancia de luchar contra la corrupción en todas las esferas de la sociedad no solo en la música. Sencillamente muchos músicos ni siquiera conocen el problema y no les importa.
Dependencia económica: Para algunos músicos, participar en festivales como Rock al Parque puede representar una fuente importante de ingresos y una oportunidad para darse a conocer. En este sentido, pueden estar dispuestos a aceptar ciertas condiciones, incluso si no están de acuerdo con ellas.
Miedo a represalias: Algunas personas pueden tener temor a denunciar las faltas de corrupción por temor a represalias, tanto en términos de su carrera musical como en su seguridad personal ya hemos visto casos y hemos vivido en carne propia la calumnia, la grosería, el veto y el desprestigio a todo nuestro trabajo con Subterránica por parte de los corruptos a quienes denunciamos y de los músicos que son sus aliados.
Falta de opciones alternativas: En algunos casos, los músicos y el público pueden sentir que no tienen opciones alternativas a aceptar las cosas como están siendo, y por lo tanto, pueden estar dispuestos a aceptar lo que venga. ¿Cuándo han visto ustedes en la historia del rock punketos contratistas del gobierno? Bueno, bienvenidos a Colombia.
Es importante decir que al menos de manera personal, no creo que pueda existir algo llamado rock colombiano o rock latino aparte de catalogarlo por el lugar en donde se realiza, ya que algunas veces las fusiones y otras acciones lo convierten en algo que ya no es rock. Es cierto que el rock es un género musical que ha evolucionado y ha experimentado con otros estilos y géneros musicales a lo largo de su historia. Además, la música es un arte que se nutre de diferentes influencias y estilos para crear algo nuevo y original. Es por eso que es común encontrar fusiones y mezclas de géneros en muchos festivales de rock y eventos del género.
Pero es importante tener en cuenta que, a pesar de las fusiones y mezclas, el rock sigue siendo un género musical con características específicas y reconocibles, como el uso de guitarras eléctricas, batería y bajo, letras con temáticas sociales y/o políticas, entre otros elementos.
En cuanto a la existencia del rock colombiano o latino, los países y regiones tienen sus propias escenas y estilos musicales, influenciados por su contexto cultural, social y político. En este sentido, es posible hablar de una escena de rock colombiana o latina, que tenga características propias y diferenciadoras, pero es en este contexto que se puede hablar de geografía, una de las causas del fracaso del rock colombiano es que sencillamente NO SUENA A ROCK para los oídos de quienes viven afuera, ustedes no pueden pretender que un Inglés considere rock la música de Carlos Vives solo porque él la llama así, bueno, a menos que ese inglés se llame “Richard Blair” que es un agente que también contribuyó fuertemente junto a otros a la desconfiguración y transformación del rock colombiano en una “papayera eléctrica” con identidad tropical más que otra cosa.
¿Entonces… existe el rock en Colombia? Claro que sí, el país posee una escena enorme y vibrante con más de cuatro mil bandas activas, el Metal actual es una de las escenas más fuertes y por fin después de tantos años estamos siendo testigo de que una banda como Masacre comience a recoger los frutos de tantos años de carrera. Y a pesar de que nunca tuvimos bandas con presencia en los escenarios del mundo por petición de los públicos, no es tarde para construir una escena fuerte y que pise duro dentro del género y la competencia internacional, porque quieran o no, el rock como cualquier otra profesión es una competencia y así esté enmarcado dentro de las artes, su vida y su contemplación, para que sea rentable y los músicos podamos comer de nuestra música, necesitamos los concursos, los premios, las disqueras, los festivales, los medios y todo lo que rodea a la industria de la música, si no, es mejor sentarse a tocar en la sala de la casa sin tanto gasto y esfuerzo.
Lo cierto es que el rock no está muerto como algunos piensan o perciben. Aunque es cierto que ha disminuido en popularidad en comparación con otros géneros musicales como el hip hop, el reguetón o el pop, el rock sigue siendo uno de los géneros más importantes en la historia de la música y cuenta con una base de fanáticos muy leales en todo el mundo. Además, muchas bandas de rock continúan produciendo nueva música y realizando giras exitosas, lo que demuestra que el género sigue vivo y activo.
No quiero cerrar este escrito sin enviar un mensaje a los músicos que hacen rock en Colombia, porque sí los hay, muchas bandas están produciendo excelente música y se mantienen firmes en el género y en la lucha por mantenerlo vivo, el panorama no debe ser desalentador, esa precisamente es la razón de ser de Subterránica y todo este proyecto, si botáramos la toalla cada vez que alguien nos insulta, nos rechaza o nos pide que sonemos como Joe Arroyo, no llevaríamos 20 años creando espacios. A pesar de todos los problemas y de las personas que lo destruyen, podemos construir una escena fuerte, independiente y sostenible, que, si el gobierno quiere apoyar, bienvenido sea pero con las condiciones de los músicos y no de ellos, tenemos es que reorganizarnos y dejar atrás un poco el “yo” y pensar más en el “nosotros”.
@felipeszarruk, doctorando en periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, Magister en Estudios Artísticos, músico, comunicador social, director de Subterránica.
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Colombia
Aun si fuera verdad que más de 500 mil personas fueron a Rock al Parque, esta entonces sería la peor noticia para la escena del rock bogotano
¿Dónde putas están esas 500 mil personas cuando las bandas colombianas se presentan durante el resto del año? ¿Dónde están cuando esas mismas agrupaciones organizan un concierto en un bar y no consiguen meter ni diez personas pagando una entrada de veinte mil pesos? ¿Dónde están los miles de asistentes que aparecen en Rock al Parque, consumen, recorren el festival y llenan los espacios frente a las tarimas, pero desaparecen cuando los músicos necesitan vender unas cuantas boletas para poder seguir tocando?
Si aceptáramos que la cifra de 500 mil asistentes publicada por varios medios es cierta, tendríamos una noticia hermosa para el festival. Pero hay otra realidad… Durante Rock al Parque, buena parte del público llega para ver a los artistas internacionales que se presentan después de las seis de la tarde. Las bandas nacionales pueden estar tocando desde temprano, pero la convocatoria que parece multitudinaria no se traduce en público para sus conciertos durante el resto del año. Esas mismas agrupaciones que aparecen en el cartel de uno de los festivales públicos más importantes del continente no consiguen reunir ni diez personas en un bar.
Entonces, ¿de qué público estamos hablando? ¿De una comunidad que sigue a sus bandas, compra entradas, asiste a conciertos y sostiene una escena musical o de una multitud ocasional que consume rock cuando la entrada es gratuita y el espectáculo está financiado con recursos públicos?

Asistencia en las primeras bandas
Aquí aparece la contradicción. Hay personas dispuestas a gastar treinta mil pesos en un perro caliente durante el festival, pero que no pagan veinte mil por entrar a ver a una agrupación colombiana en un escenario independiente. No se trata de cuestionar en qué gasta su dinero cada persona. Se trata de señalar la hipocresía de una cultura que dice apoyar el rock nacional, comparte afiches, publica fotografías desde el parque y aplaude a las bandas cuando no tiene que pagar por escucharlas, pero que después no aparece cuando esas mismas agrupaciones necesitan público para sobrevivir.
El problema no es que el rock colombiano carezca de músicos, de propuestas o de talento. El problema es que hemos confundido la asistencia a un festival gratuito con la existencia de una escena musical sólida. Una multitud que llega a ver a sus artistas internacionales favoritos no constituye automáticamente un público para las bandas nacionales. Y una persona que disfruta de un concierto gratuito no necesariamente se convierte en alguien dispuesto a pagar por la música durante el resto del año.
El público del rock colombiano tiene que mirarse al espejo. No puede exigir mejores bandas, mejores escenarios, más conciertos y mayor reconocimiento mientras se niega a pagar una entrada de veinte mil pesos. No puede reclamar que los músicos vivan de su trabajo y después dejarlos solos frente a una taquilla vacía. La música necesita seguidores, pero también necesita personas dispuestas a sostener económicamente aquello que dicen amar.
Por supuesto, existen seguidores que apoyan de manera constante a las agrupaciones, compran entradas y mantienen vivos los circuitos independientes. Pero si una banda puede tocar ante miles de personas en un festival y después no consigue reunir ni diez asistentes en un bar, algo está profundamente jodidísimo en la relación entre esa escena y su público.
Y esto es directo, el público del rock colombiano, entendido como esa masa que presume de apoyar el género pero solo aparece cuando todo es gratis, es una mierda. Es un público acomodado, acostumbrado a que otros paguen la cuenta, que confunde consumir un espectáculo con apoyar una cultura. Quiere la foto, la experiencia, el artista internacional y el festival multitudinario, pero no quiere asumir los veinte mil pesos que pueden ayudar a mantener viva a una banda nacional.
Rock al Parque puede ofrecer visibilidad a ciertas bandas, pero la visibilidad no paga los ensayos, las grabaciones, el transporte, los equipos ni el alquiler de un bar. Los músicos no pueden vivir eternamente de la promesa de que algún día ese público regresará. Tampoco pueden sostener una carrera esperando la siguiente convocatoria institucional.
Treinta años después de la creación del festival, la pregunta no es solamente cuánta gente fue al parque. La pregunta es cuántas de esas personas seguirán a las bandas colombianas cuando se apaguen las tarimas, se retiren los artistas internacionales y desaparezca la gratuidad. ¿Cuántas comprarán una entrada de veinte mil pesos para ver a esas mismas agrupaciones en un bar? Eso sucedía en los noventas cuando al otro día una banda que se hiciera notoria sonaba en las radios y llenaba bares, hoy para nada.

Asistencia en las horas antes de las 6.00 PM
Porque si la respuesta es que no llegan ni diez, entonces tenemos que dejar de celebrar las multitudes como prueba del éxito del rock nacional. Tal vez el festival sí tiene público. Tal vez los artistas internacionales sí tienen público. Lo que parece no tener la escena colombiana, en muchos casos, es un público dispuesto a pagar por ella.
Y esa es la peor noticia. No que la gente deje de ir a Rock al Parque, sino que después de treinta años todavía haya bandas colombianas que no consigan reunir diez personas pagando una entrada. El día que termine el festival, los músicos seguirán necesitando público. Y entonces no habrá perro caliente de treinta mil pesos, artista internacional ni presupuesto público detrás del cual esconderse.
Hagamos un ejercicio ¿que pasaría si se cobrara mil pesos por persona, cuanto ingresaría para rock al parque para traer más bandas de calidad o inyectarle al rock y la pregunta dura, si se cobrara mil pesos? cuanta gente irira?
Si Rock al Parque convocó 561.020 asistencias en tres días según lo que dice la alcaldía, ¿qué pasaría si cada asistente pagara apenas $1.000? No estamos hablando de cobrar una entrada de $20.000 ni de convertir el festival en un negocio privado. Estamos hablando de una contribución simbólica y de preguntarnos cuánto dinero podría regresar directamente a la escena del rock colombiano.
La cuenta inicial es sencilla: si las 561.020 asistencias se mantuvieran y cada una pagara mil pesos, el recaudo bruto sería de $561.020.000.
La pregunta más interesante es la segunda: ¿cuánta gente dejaría de ir si tuviera que pagar esos mil pesos? No hay datos que permitan predecirlo con certeza. Pero podemos calcular cuánto se recaudaría en distintos escenarios.
Recaudo bruto con una contribución de $1.000 por asistencia
100% de la asistencia
$561.020.000
561.020 asistencias pagando $1.000 cada una
90% de la asistencia
$504.918.000
504.918 asistencias pagando $1.000 cada una
75% de la asistencia
$420.765.000
420.765 asistencias pagando $1.000 cada una
50% de la asistencia
$280.510.000
280.510 asistencias pagando $1.000 cada una
25% de la asistencia
$140.255.000
140.255 asistencias pagando $1.000 cada una
Escenarios hipotéticos, antes de costos de recaudo y operación.
Con que pagara la mitad del público registrado, entrarían más de $280 millones. Con una cuarta parte, serían más de $140 millones que podrían destinarse, si así se decidiera y presupuestara, a circulación de bandas nacionales, giras, grabación, producción de conciertos o mejores honorarios.
Si una persona está dispuesta a desplazarse, pasar horas en el parque y gastar decenas de miles de pesos en comida, ¿pagaría mil pesos para entrar? ¿Cuántos dejarían de ir? ¿Y qué nos diría eso sobre la relación real del público con el festival y con el rock colombiano?
La cifra de asistencia de 2026 permite plantear el experimento, pero no demuestra de antemano cuántas personas aceptarían pagar. Precisamente por eso, la pregunta de los mil pesos es tan potente, pone a prueba cuánto vale realmente el apoyo que el público dice tener por el rock.
Entonces volvemos a la pregunta inicial ¿En donde están todos esos rockeros el resto del año?
Colombia
Por que las bandas no tienen la culpa (¿O sí) Estos son 10 shows para no perderse en Rock al Parque 30 años.
El cartel de las agencias, los 27 mil millones de pesos operados en la sombra, la duplicidad en los pagos de logística y el descarado fraude en la curaduría son una realidad documentada que ya está en manos de la Fiscalía y la Contraloría. El entramado burocrático de IDARTES y el Teatro R-101 ha podrido la estructura administrativa del festival, pero hay una verdad innegable: las bandas no tienen la culpa de la corrupción.
Los músicos que se suben a sudar la camiseta, a descargar sus amplificadores y a dejar la vida en la tarima no son los responsables de los cheques en blanco ni de las roscas de las oficinas de gestión cultural. La pelea por sanear los Festivales al Parque se da en los estrados y en las veedurías, pero en el césped del Simón Bolívar el apoyo tiene que ser para el talento real, independiente y autogestionado.
Aquí están las agrupaciones que, lejos de los carteles de intermediarios, representan el verdadero espíritu del rock y merecen que te pares frente a la tarima a apoyarlas:
El contingente local y nacional
Narcocracia: Propuesta bogotana de metal extremo y grindcore que destaca por su crudeza técnica. Su sonido es denso, caracterizado por riffs veloces, percusión abrasiva (blast beats) y una lírica satírica que ataca las estructuras de poder político y religioso en Colombia.
Solegnium: Agrupación de brutal death metal originaria de Soacha. Su estilo se fundamenta en una ejecución técnica rigurosa, voces guturales muy profundas y una base rítmica demoledora que mantiene viva la tradición del death metal oscuro de la sabana.
No Dependiente: Hardcore punk clásico, acelerado y de garaje. Estructuras de canciones cortas, coros agresivos y una energía cruda diseñada directamente para detonar el pogo, manteniendo la actitud callejera original del género.
Lo Mismo Decían de Juana: Rock alternativo con una marcada fusión de funk, reggae y ritmos latinos. Una banda de ensamble sólido y orgánico, caracterizada por un groove contagioso y guitarras rítmicas versátiles hechas para el directo.
Elsa Riveros: La voz inconfundible e histórica de Pasaporte. Su propuesta navega por el rock pop y la balada rock, sosteniéndose en su capacidad interpretativa, un registro vocal intacto y la ejecución de los clásicos que definieron los inicios del rock comercial en el país.
La cuota internacional
Hellbutcher: Black/thrash metal sueco liderado por el exvocalista de Nifelheim. Velocidad implacable, guitarras afiladas y una estética old school que rescata la agresividad primitiva del metal extremo europeo sin concesiones comerciales.
Algiers: Una mezcla inclasificable y visceral de post-punk, soul, gospel y ruido industrial originaria de Atlanta. Su directo destaca por la tensión rítmica, la intensidad vocal de Franklin James Fisher y letras cargadas de crítica sociopolítica frontal.
End It: Hardcore punk puro y pesado desde Baltimore. Canciones cortas cargadas de riffs densos, two-step, y una actitud combativa en el escenario. Un sonido diseñado para la confrontación física en el pit, sin adornos técnicos innecesarios.
Editors: Institución británica del post-punk revival y el indie rock de estadios. Conducidos por la voz barítona de Tom Smith, su sonido combina sintetizadores oscuros, guitarras atmosféricas y una ejecución melancólica de altísima precisión.
Ratones Paranoicos: Realeza del rock and roll y el blues rock argentino. Su estilo es directo, apoyado en el groove de raíces stonianas, guitarras sucias y la actitud carismática de Juanse, una fórmula que lleva décadas marcando a la escena latinoamericana.
Los que no vienen pero vale la pena que exploren:
Decessus: Banda chilena de metal extremo y metalcore moderno. Mezclan pasajes atmosféricos con breakdowns pesados y afinaciones bajas. Aunque su presentación fue cancelada en circunstancias opacas, su nivel de producción internacional los hace una parada obligatoria para escuchar fuera del festival.
Ir a Rock al Parque este año es un acto de rebeldía en dos frentes para exigir que rueden cabezas en las oficinas donde se desfalca la cultura y hacer un pogo inmenso frente a las agrupaciones que siguen creyendo en el rock. Vayan, disfruten, cómprenle el merch directamente a las bandas locales y no dejen que los burócratas les roben también la música.
Europa
Italia bajo tierra, el nuevo mapa del rock del Rock y el Metal underground.
Hay una Italia musical que no aparece en Sanremo, que no necesita un estadio lleno y que tampoco está esperando que una multinacional descubra su próximo fenómeno. Está debajo de la superficie. Vive en pequeños clubes, salas de ensayo, sellos independientes, festivales organizados por fanáticos, asociaciones culturales y escenarios donde una banda puede tocar frente a cien personas una noche y cruzar la frontera europea unos meses después.
En 2026, la escena underground italiana continúa siendo una de las redes más interesantes de Europa para entender hacia dónde puede moverse el rock pesado, el punk, el hardcore y el metal durante los próximos años. Y quizá lo más interesante sea que no existe una única escena italiana. Existe una constelación de escenas que se conectan entre sí y que atraviesan diferentes regiones, ciudades y tradiciones musicales.
El mapa va desde el black metal de Friuli y Lombardía hasta el death metal de Milán y Roma, pasando por el doom, el sludge, el hardcore, el post-punk, el noise rock, el stoner y un rock alternativo que todavía conserva algo que parece haberse perdido en buena parte de la industria contemporánea: la necesidad de sonar como una banda y no simplemente como un producto.

El underground como infraestructura
Una de las características más importantes del circuito italiano actual es la existencia de pequeños espacios que funcionan como verdaderos centros de circulación cultural. No son simplemente lugares donde se presentan bandas. En muchos casos son salas de ensayo, espacios de encuentro, puntos de venta, lugares de intercambio entre músicos y escenarios donde se construyen relaciones que después terminan llevando a las bandas a otros lugares de Italia y Europa.
El caso del Tune Music Lab de Pordenone resulta particularmente revelador. Se trata de un espacio de capacidad limitada que combina sala de conciertos y sala de ensayo y que ha construido una programación alrededor del underground extremo, permitiendo que bandas locales y emergentes compartan escenario con grupos internacionales. En septiembre de 2026, por ejemplo, recibió a Atomic Aggressor y Ectovoid, dentro de una programación que anteriormente había incluido nombres como Miscreance, Mystifier, Cultus Sanguine y Bodyfarm.
En Erba, cerca de Como, el Centrale Rock Pub cumple una función semejante. Allí se desarrolló durante 2026 el Insubrian Black Metal Fest, dedicado específicamente a las expresiones más oscuras del metal. La segunda edición reunió a Kult, Hiems, A Pale December, Ernte, Forsaken Legion y Verba Serpentis.
Estos espacios demuestran algo fundamental, que el underground italiano no depende exclusivamente de los grandes festivales. Tiene sus propios circuitos y una infraestructura cultural que permite que los proyectos pequeños sobrevivan, se conozcan entre ellos y encuentren nuevos públicos.
Friuli: metal en territorio de frontera
Si existe una región que merece atención especial es Friuli-Venezia Giulia. Su posición geográfica, en la frontera con Austria y Eslovenia y cerca del mundo balcánico, ha contribuido a crear un territorio particularmente fértil para las músicas extremas. Allí las fronteras nacionales parecen tener menos importancia que las rutas naturales de circulación de músicos y públicos.
El EResia Metalfest, celebrado en Val Resia, nació como un pequeño festival gratuito dedicado al metal y fue creciendo hasta convertirse en un encuentro especializado en música extrema. En 2026 llegó a su duodécima edición y presentó un cartel que mezcló nombres internacionales con diferentes generaciones del underground italiano. Allí aparecieron Mortuary Drape y Dewfall, además de bandas internacionales como Desaster, Jungle Rot y Masacre.
Lo interesante es que el festival mantiene una dimensión comunitaria muy marcada. No intenta convertirse necesariamente en una copia italiana de los grandes festivales europeos, sino que conserva una identidad relacionada con el territorio y con la comunidad que lo sostiene.
Algo parecido ocurre con Pietrasonica, también en Friuli, un festival independiente nacido en 2009 alrededor del stoner, psychedelic rock, doom y sludge. El proyecto fue impulsado por músicos, técnicos, integrantes de espacios autogestionados y coleccionistas de vinilo, y en 2026 continuó funcionando con camping gratuito, mercado de discos y mercancía y una programación dedicada a la cultura underground.
Aquí aparece una característica que se repite en buena parte de Italia: el festival underground funciona simultáneamente como concierto, punto de encuentro, mercado, red de contactos y espacio de circulación de música independiente. El evento termina cuando termina el escenario, pero las relaciones construidas allí continúan después.

Black metal: tradición y experimentación
El black metal italiano sigue teniendo una identidad particularmente fuerte. Kult continúa siendo uno de los nombres históricos del underground nacional. La banda de Como, activa desde 2002, regresó a los escenarios y volvió a ocupar un lugar destacado dentro del circuito europeo. Su presencia en el Insubrian Black Metal Fest muestra cómo las nuevas generaciones conviven con proyectos que llevan décadas construyendo la escena.
Pero el black metal italiano contemporáneo también está buscando nuevas formas. Un caso especialmente interesante es Bianca, proyecto formado en 2024 que publicó su debut homónimo en 2025 a través de Avantgarde Music. La banda mezcla black metal tradicional con elementos atmosféricos, cinematográficos y post-black metal y plantea una aproximación deliberadamente alejada de las fronteras rígidas del género.
Otro nombre que merece atención es Unviâr, proyecto procedente de Friuli que utiliza el idioma friulano y convierte el territorio en parte de su identidad artística. Su propuesta combina black metal atmosférico con influencias escandinavas, centroeuropeas y estadounidenses, pero construye alrededor de ellas una identidad local muy marcada.
Es precisamente allí donde aparece una de las tendencias más interesantes de la escena italiana: la recuperación de identidades regionales sin abandonar la conversación internacional del metal. La escena puede utilizar lenguajes musicales nacidos en otros lugares del mundo y, al mismo tiempo, incorporar idioma, territorio, historia y memoria local.
Death metal: brutalidad, tradición y nuevas mutaciones
El death metal italiano también está atravesando un momento particularmente activo. En 2026 apareció Gorge, dúo milanés nacido en 2024 a partir de músicos vinculados con Fulci y Jorelia. Su propuesta se mueve entre brutal death metal y slam, con una aproximación directa y extremadamente pesada. La banda llegó incluso a compartir cartel con Decapitated en Milán.
Otra formación reciente es Woundead, procedente de Lombardía. Su propuesta mira deliberadamente hacia el death metal de finales de los ochenta y principios de los noventa, recuperando una estética más cruda y primordial inspirada en Necrophagia, Autopsy, Impetigo y Obituary.
En la misma línea de exploración de las raíces aparece Skulld, grupo de la región de Romaña que combina death metal, crust y hardcore. La banda incorpora además una fuerte dimensión temática relacionada con el feminismo y el ocultismo. Metalitalia describe precisamente la escena death italiana de 2026 como una escena vital y ramificada, lejos de una sola fórmula estética.
Es una observación importante porque el metal extremo italiano no parece estar intentando construir un único sonido nacional. Está haciendo exactamente lo contrario: multiplicando las posibilidades, recuperando tradiciones y mezclándolas con lenguajes contemporáneos.
El regreso de la oscuridad
El doom, el gothic metal, el post-punk y el rock oscuro también están encontrando nuevos cruces. Desde Génova aparece Sarvaega, un proyecto formado en 2025 que publicó en junio de 2026 su primer álbum, Postumo, a través de Black Widow Records. Su música recupera elementos del gothic metal clásico y de la tradición doom italiana y los mezcla con una estética ritual y oscura.
Desde Turín, Ponte del Diavolo está llevando esa mezcla todavía más lejos. La banda, formada a partir de músicos vinculados con proyectos como Feralia, Inchiuvatu, Abjura y Askesis, trabaja una combinación de doom, black metal, post-punk y wave que ellos mismos describen como “blackened post-punk”. Una particularidad de su sonido es la utilización de dos bajos, construyendo una base pesada sobre la que se desarrolla una estética cercana al post-punk oscuro.
La frontera entre metal y rock alternativo, en otras palabras, se está volviendo cada vez más difícil de definir. Los músicos están tomando elementos de escenas que anteriormente se mantenían separadas y utilizándolos para construir propuestas que no necesitan responder a una sola etiqueta.

Hardcore: la otra columna vertebral
Si el metal extremo tiene una estructura muy visible en Italia, el hardcore constituye otra red fundamental. Una banda particularmente interesante es Die Abete, de Terni. Su trayectoria combina hardcore, screamo, math rock y punk, y en mayo de 2026 publicó Giovani Volpi, su tercer álbum. Después de una pausa y una reconfiguración de la formación, la banda regresó al circuito con una extensa actividad en directo.
En Toscana, Punkcake, procedente de Arezzo, representa otra cara de la escena. Su sonido cruza punk, noise rock y post-hardcore y su primer álbum, Siamo Qui Siamo Questi, fue publicado en 2026 por Rude Records. La banda construyó buena parte de su identidad a partir del directo y de la escena underground toscana.
Son proyectos que recuerdan que el underground no es únicamente una categoría comercial. También puede ser una forma de organizar la música alrededor de comunidades específicas, escenas locales y relaciones que se mantienen durante años.
Y el rock todavía está ahí
Sería un error reducir la escena italiana contemporánea al metal. En el terreno del rock alternativo aparece, por ejemplo, Caspio, proyecto que comenzó como propuesta electro-wave y posteriormente evolucionó hacia una banda de alt-rock con influencias de los años noventa. Su álbum de 2026, Cosa resterà di noi, recupera una estética de guitarras, ruido y melodía que dialoga tanto con Smashing Pumpkins como con Verdena y el nu-gaze contemporáneo.
También está Le Sacerdotesse dell’Isola del Piacere, banda de Piacenza que lleva más de una década construyendo un rock alternativo de raíz noventera y que en septiembre de 2026 prepara el lanzamiento de Ipersensibilità.
Y existe incluso una conexión entre generaciones. Sì! Boom! Voilà! reúne a Roberta Sammarelli, histórica bajista de Verdena, con Giulio “Ragno” Favero y otros músicos de la escena alternativa italiana. Su debut de 2026 se mueve entre alt-rock y post-hardcore.
Esto demuestra que la escena italiana no está dividida de manera absoluta entre “vieja escuela” y “nueva generación”. Hay músicos históricos que continúan participando en proyectos nuevos y músicos jóvenes que están reutilizando lenguajes de décadas anteriores para construir algo diferente.
El club vuelve a ser importante
Quizá este sea el elemento más significativo de todo el panorama. Mientras la industria musical global habla constantemente de plataformas, algoritmos, viralidad y reproducción digital, buena parte del movimiento underground italiano continúa ocurriendo en lugares físicos. Allí la música sigue dependiendo de una relación directa entre músicos, promotores y público.
GERMI-LdC, en Milán, se ha convertido en uno de los ejemplos más visibles de esta lógica. El espacio, fundado entre otros por Manuel Agnelli, desarrolla una programación permanente dedicada a artistas emergentes y en 2026 amplió esa experiencia mediante Suoni dal Futuro, un proyecto que lleva nuevas bandas a clubes de ocho ciudades italianas.
El programa contempla 96 conciertos durante 2026, con cerca de un centenar de bandas involucradas en la programación del GERMI. La iniciativa también conecta artistas con otros escenarios y sellos independientes.
La idea resulta casi subversiva en tiempos de consumo musical algorítmico: volver al club, volver al ensayo y volver a construir una audiencia persona por persona. La escena continúa dependiendo de la existencia de lugares donde los músicos puedan encontrarse, tocar, equivocarse, experimentar y desarrollar una comunidad alrededor de su trabajo.
Una escena que no necesita parecerse a Londres
Durante décadas, hablar de rock europeo significaba mirar hacia Londres, Manchester, Berlín o los países escandinavos. Italia siempre estuvo ahí, pero muchas veces fue observada desde afuera como una escena secundaria frente a los grandes centros europeos.
El panorama de 2026 permite otra lectura. Italia tiene ciudades con escenas propias, regiones con identidades musicales particulares, clubes especializados, festivales independientes, sellos que mantienen catálogos activos y una circulación permanente entre músicos locales e internacionales.
Y sobre todo tiene una característica que resulta fundamental para cualquier escena underground: capacidad de reproducción. Una banda toca en un pequeño club, conoce otra banda, comparte escenario, graba un disco, lo publica un sello independiente, viaja a otro festival y regresa con otra banda. La rueda vuelve a comenzar y, con ella, se reproduce la escena.
Ese mecanismo puede parecer pequeño desde afuera, pero es precisamente el mecanismo mediante el cual se construyen escenas musicales duraderas. El underground no necesita necesariamente convertirse en industria para demostrar que existe. Necesita músicos, espacios, público y una red capaz de mantener la circulación.
El mapa que vale la pena seguir
Si hubiera que comenzar a investigar el underground italiano actual desde algunos nombres, el recorrido podría pasar por Bianca, Ponte del Diavolo, Unviâr, Gorge, Woundead, Skulld, Sarvaega, Die Abete, Punkcake, Caspio y Le Sacerdotesse dell’Isola del Piacere, sin olvidar a veteranos como Kult y Dewfall, que siguen funcionando como referencias dentro de sus respectivos circuitos. (loudersound.com)
Pero quizá el verdadero protagonista de esta historia no sea ninguna banda. Es la infraestructura que permite que todas ellas existan. Son los pequeños clubes, las salas de ensayo, los promotores, los sellos, los festivales, los fotógrafos, los medios especializados, los coleccionistas, los técnicos, los músicos que montan sus propios eventos y los públicos que todavía compran una camiseta, un vinilo o un CD después de un concierto.
Ahí está la escena. Y mientras existan esos lugares, el rock y el metal italiano seguirán teniendo algo que ninguna plataforma puede fabricar por sí sola: una comunidad que se encuentra físicamente para hacer ruido.
Por: Keyver Ramírez y Ángel Betancourt.
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