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Colombia

BOMM, Idartes y el Ministerio de Cultura: ¿Un circuito cerrado que excluye por retaliación?

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En los últimos años se ha consolidado en Colombia una preocupante forma de captura del campo cultural por parte de un grupo de gestores, programadores y empresarios que concentran recursos públicos, visibilidad y toma de decisiones en torno a la música.

Espacios que se presentan como públicos o de interés general —como Rock al Parque, Hip Hop al Parque, los estímulos de Idartes, las convocatorias del Ministerio de Cultura y el Bogotá Music Market (BOMM)— han terminado convertidos en cotos cerrados donde se distribuyen oportunidades entre los mismos actores, excluyendo voces críticas o incómodas.

Esta no es solo una denuncia es un patrón verificable con nombres, trayectorias y contratos.

Por ejemplo, el Bogotá Music Market (BOMM) es un programa de la Cámara de Comercio de Bogotá que cuenta con apoyo público, se presenta como vitrina para “toda la música colombiana” y promete criterios transparentes de selección.

Pero la composición de su equipo curatorial revela conexiones muy estrechas con el ecosistema de Idartes y con proveedores recurrentes de recursos públicos que vetan y segregan a los críticos de sus gestiones y lanzan ataques personales contra ellos. Siempre los mismos personajes terminan en todos los espacios auspiciados de alguna manera por el Estado y eso se ha perpetuado, llevan años cómodamente instalados haciendo lo que quieren:

Gustavo “Chucky” García: ex-programador de Rock al Parque para Idartes, figura polémica por su estilo confrontativo y su historial de insultos y descalificaciones a músicos y gestores que critican la opacidad del sistema.

María Camila Rivas: también exintegrante del comité de Rock al Parque, festival financiado 100% con impuestos de los bogotanos.

Geovanny Escobar Rubio: productor del Festival Hip Hop al Parque, otro programa distrital de Idartes.

Francisco Mendoza (Páramo Presenta): gerente de una empresa privada que ha ganado contratos de producción para escenarios de Rock al Parque, al tiempo que programa su propio festival Estéreo Picnic.

Jorge Jiménez (Árbol Naranja): empresario cuyo colectivo ha sido contratista frecuente de Idartes, ofreciendo producción técnica para Rock al Parque y otros festivales.

Todos con relaciones con el gobierno ¿Para qué? ¿Por qué? ¿No existen otros profesionales diferentes? ¿Qué transparencia puede haber si algunos de ellos que pelean de frente con los independientes y han lanzado ataques públicos documentados, son parte de una curaduría que debe ser transparente pero a la que le ganan las rencillas personales y la falta de profesionalismo. Estas relaciones no son meramente “colaboraciones sectoriales”, son relaciones contractuales directas con recursos públicos. Personas que han definido quién toca en los festivales del Distrito ahora deciden también quién puede vender su música en la principal rueda de negocios del país.

El problema es que convierten las rencillas personales en vetos institucionales, no basta con el conflicto de interés estructural. Existe evidencia anecdótica y testimonial (cómo lo que ha sucedido con Subterránica, uno de los agentes más importantes para el ecosistema musical de Latinoamérica) de que estos curadores usan su poder para excluir a músicos y gestores que los han criticado.

Denunciar la falta de transparencia, los contratos repetidos y la concentración de oportunidades no debería convertir a nadie en enemigo público, pero en la práctica quienes levantamos la voz somos vetados sistemáticamente.

Se trata de una forma de retaliación política blanda: no te censuran directamente, pero te cierran las puertas en todas las instancias donde tienen poder.

Así, lo que debería ser una plataforma de toda la música colombiana se convierte en un club de amigos donde las críticas se castigan y la diversidad estética o ideológica se sofoca, es un patrón que se repite también en Idartes y el Ministerio de Cultura, no es exclusiva del BOMM porque como ya dijimos, son los mismos en las mismas en todas partes, en todos los espacios, como si en el país en realidad no más gente verdaderamente capacitada para estos cargos.

En Idartes las convocatorias, festivales y estímulos se resuelven muchas veces entre los mismos actores que programan, producen o evalúan, empresas proveedoras ganan contratos de producción y luego tienen representantes como jurados o curadores en otros espacios, en el Ministerio de Cultura, algo similar ocurre con la designación de jurados y la circulación de recursos de concertación.

El resultado es nepotismo cultural, no el de los apellidos de sangre, sino el de las redes cerradas de recomendación mutua y blindaje contra la crítica.

¿Es delito o falta ética y administrativa? Algunos se burlan diciendo: “Eso no es delito, es el negocio de la cultura”. Pero veamos: La ley colombiana prohíbe el favoritismo indebido en la asignación de recursos públicos, el Código Disciplinario sanciona a funcionarios que usen el cargo para favorecer o excluir a terceros arbitrariamente, las entidades que distribuyen recursos públicos están obligadas a garantizar igualdad y transparencia, la Cámara de Comercio recibe recursos públicos y tiene un deber de rendición de cuentas en sus programas.

Entonces excluir a alguien por enemistad personal o retaliación política es arbitrario y contrario a los principios del Estado Social de Derecho. Aunque no sea un delito penal típico (no van a la cárcel por eso) puede ser investigable como falta administrativa o disciplinaria, el problema es que como ya sucedió con Rock al Parque en donde la contraloría encontró infinidad de estas faltas, no pasa nada porque en el país la ley es blanda y la verdad el arte le importa muy poco.

Quienes creemos en la música como un bien público no podemos aceptar que se repartan recursos y espacios con criterios de venganza personal, no se trata de pedir caridad ni favoritismo, se trata de exigir transparencia, pluralidad y profesionalismo en la gestión cultural financiada con los impuestos de todos.

Si el BOMM quiere ser la “gran vitrina de la música colombiana” no puede comportarse como un club exclusivo que castiga a quien denuncia su falta de diversidad pero los artistas callan por miedo al veto, los medios callan por miedo al veto y los que callan porque son cómplices están disfrutando de sus beneficios. La verdad cansa llenar tantas convocatorias para ver siempre a los mismos embolsillándose millones y millones, o ver jurados excontratistas premiando a concursantes excontratistas, eso es ridículo.

Hablemos claro: el rock colombiano fue capturado.

Lo que alguna vez fue un movimiento rebelde, plural, contestatario, se transformó en un espacio cooptado por gestores y programadores que usan el poder estatal para decidir quién existe y quién no.

Otro ejemplo: Rock al Parque, que nació para dar cabida a todas las voces, se volvió el feudo de curadores con agenda propia, contratistas de Idartes que se eligen entre ellos como jurados y programadores, músicos y empresarios que deciden quién toca y quién queda por fuera, convocatorias con criterios opacos, resultados predecibles y favoritismos evidentes.

Quien se atreve a cuestionarlo —como nosotros en Subterránica— queda marcado. Excluido de festivales, ruedas de negocios y de cualquier espacio público y no solo eso, Idartes permite los insultos y la denigración pública lavándose las manos diciendo que solo son “contratistas” como si la ley no exigiera que el instituto es quien debe responder por estos actos. Pero en Colombia la ley es de plástico y corrupta.

No se trata solo de festivales públicos. También la radio se contaminó con estos vetos. Ahora Radiónica como lo han denunciado varios de los que ya salieron de ahí por la nueva administración o figuras como Alejandro Marín se han erigido también como “curadores” de la música colombiana mientras ignoran sistemáticamente el rock local, lo caricaturizan o simplemente lo excluyen de su parrilla. Mientras predican la apertura a la música global y la sofisticación pop, se olvidan de las escenas de base, de los músicos independientes, del rock crítico y hablan mal de los agentes de la industria.

Y no es casualidad. Muchos de ellos están en la misma red: Curadores del BOMM, jurados de convocatorias públicas, “conferencistas” (Muchas veces sin la educación necesaria), invitados a viajes y ruedas de negocio, amigos de festivales privados que se lucran del Estado y así consolidaron una narrativa única: el rock es cosa del pasado, o se resume en cinco bandas amigas. ¡Delicioso! Que envidia.

Pero el resultado de esto ha sido devastador: Bandas que no tienen cómo circular ni grabar porque no pasan por la rosca, escenas locales moribundas, músicos que ya no denuncian nada para no ser vetados, productores independientes arruinados, público aburrido, sin oferta nueva ni riesgosa y dejando vacíos festivales como Rock al Parque al cual le inflan los números los medios amigos para no reflejar el fracaso y mientras tanto, los “curadores” viajan a ferias internacionales diciendo que representan “la música colombiana”.

Es necesaria una guerra cultural. Una guerra contra el amiguismo disfrazado de gestión cultural, el reparto de recursos públicos como botín de un clan. la retaliación contra quien critica, el bloqueo de sonidos incómodos o disidentes, la captura del discurso sobre “lo que es válido” en la música, la dictadura estética y política que han impuesto sobre el rock.

El Estado debe salir de la música (o reformarse radicalmente) y digámoslo sin miedo: el Estado colombiano fracasó como mecenas cultural, en vez de garantizar diversidad y acceso, financió roscas, compró silencios y generó dependencia clientelista. Su dinero, que es nuestro dinero, terminó consolidando un circuito cerrado de curadores, empresas contratistas privilegiadas artistas obedientes y dóciles como corderos, vetos y listas negras extraoficiales. El Estado debe salir de la música si no es capaz de apoyarla sin corromperla o al menos debe refundar sus políticas culturales con veeduría ciudadana real, con una selección transparente de jurados y curadores, prohibir de conflictos de interés y exigir profesionalismo y requisitos académicos a estos personajes como manda la ley, rotación obligatoria en comités y puestos, auditoría independiente de contratos y resultados y esto es solo el comienzo

Subterránica no va a callar, no vamos a aceptar más vetos invisibles, más retaliación disfrazada de criterio curatorial, más contratos a dedo con dineros públicos, vamos a nombrar a los responsables, vamos a exigir las pruebas, vamos a mostrar los contratos, vamos a pedir las explicaciones y vamos a invitar a todos los músicos, periodistas, gestores y públicos cansados de la dictadura cultural a sumarse.

Porque el rock nació para denunciar y la música es demasiado importante para dejarla en manos de burócratas corruptos o gestores vengativos.

La música debe ser libre.
La cultura debe ser de todos.
El Estado debe ser para todos, o no ser.

@darielconway

Colombia

La banda colombiana de Metal Hijos del Viento debutó en México frente a 100.000 personas en la Marcha para Jesús 2026

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No todos los días una banda de metal cristiano colombiana se sube a un escenario en medio de una manifestación religiosa multitudinaria. Mucho menos frente a una audiencia cercana a las 100.000 personas reunidas en el corazón de Ciudad de México. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió con Hijos del Viento durante su presentación en la Marcha para Jesús 2026.

El concierto se trató de un hecho sin precedentes para el rock nacional. Al pisar el escenario del Zócalo capitalino, la banda no solo realizó su primera salida internacional, sino que se convirtió en la primera agrupación de metal cristiano de Colombia en alcanzar una audiencia de dimensiones colosales, superando las 100.000 personas, marcando un antes y un después en la historia del género en el país, demostrando que una propuesta de metal extremo con mensaje espiritual puede romper el techo de cristal y posicionarse en uno de los epicentros culturales más importantes del mundo.

El repertorio seleccionado para este bautizo de fuego internacional fue una muestra de contundencia y evolución artística. La banda abrió su set con la fuerza de “Martyrum” y “DISRUPT”, temas que retumbaron con una fidelidad técnica impecable desde el Ángel de la Independencia hasta los rincones más alejados de la plaza. La audacia de Hijos del Viento quedó de manifiesto al elegir este escenario masivo para estrenar dos piezas inéditas, “Soy” y “Noir”, demostrando una confianza absoluta en su nueva arquitectura sonora. A pesar de que el show debió terminar antes de lo previsto por razones logísticas, la intensidad desplegada en esos minutos bastó para dejar una marca imborrable en el público mexicano y en los miles de espectadores que siguieron la transmisión global.

El impacto del concierto generó un fenómeno mediático inmediato, alimentado por la capacidad de la banda para generar disrupción en un contexto masivo. Mientras las redes sociales se inundaban de comentarios sobre la potencia del sonido y la calidad de la ejecución, en la plaza se vivían momentos únicos de conexión, como grupos de danza que terminaron moviéndose al ritmo de los riffs, evidenciando que el metal, cuando se ejecuta con maestría, rompe cualquier barrera de prejuicio. Esta presentación no fue un evento fortuito, sino una declaración de principios; para los integrantes del grupo, el objetivo era claro, llevar un mensaje de revolución y confrontación, recordando que la esencia de su fe también reside en la disrupción de lo establecido.

Con este debut triunfal, gracias a la gestión de Independent Booking Artist Manager, Hijos del Viento establece un récord histórico para el metal cristiano colombiano, logrando lo que ninguna otra banda del género había alcanzado en la historia del país. Haber compartido tarima con referentes como Upperroom y conquistar a una multitud de seis cifras en su primera incursión fuera de Colombia, los posiciona como líderes de una nueva avanzada cultural. Este éxito en México no es solo un triunfo para la banda, sino una validación de que el metal hecho con convicción y profesionalismo desde Colombia tiene el poder de convocar multitudes y dejar una huella profunda en los escenarios más grandes del planeta.

Fotos por Edixon Sepúlveda.

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Colombia

Danny Frati, el músico que hizo de la libertad su único horizonte

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Hay artistas que parecen haber nacido con el sonido en la sangre. Danny Frati Celli es uno de ellos. Pero no se los digo como cliché sino como algo más profundo, es un músico de rock que entiende que la libertad no es un concepto abstracto, sino una frecuencia que se encuentra cuando uno se atreve a soltar el freno de mano y lanzarse al vacío al costo que sea.

Lo conocí anoche o mejor dicho lo entrevisté anoche, en una conversación que empezó como una charla sobre su música y terminó convirtiéndose en una reflexión sobre lo que significa realmente ser artista en un mundo que parece empeñado en domesticar el espíritu. Y sí, este artículo es, como deben ser los buenos perfiles, una crónica de ese encuentro y una reflexión sobre lo que encontré en esas preguntas.

Frati nació en San Juan, Puerto Rico hace algunos años, porque el dice que no tiene edad, que el tiempo es algo que no pasa, nació en una época donde la isla aún sonaba a Led Zeppelin, The Animals y otros que llegaba de los Estados Unidos. “Crecí escuchando rock en casa”, me dijo anoche, con esa voz que alterna entre la calma y la intensidad de quien ha encontrado su lugar en el mundo. “Mis padres me enseñaron que la música no era solo entretenimiento, era una forma de entender la vida”.

Para él la música no fue un camino fácil. En los años 90 el rock en Puerto Rico era un territorio en construcción y Danny comenzó su travesía con agrupaciones de amigos tocando covers e incluso su padre fue el primer productor de su primer concierto. Algo que lo marcó ya que por la recepción del público pensó que estaba en el camino correcto, era el primer paso hacia algo suyo, algo más personal, más honesto, porque su necesidad principal siempre ha sido la de tener un mensaje que dar..

Entre 2004 y 2009 se tomó un tiempo y en ese silencio, paradójicamente, encontró su voz. Se graduó como psicólogo, una profesión que, sospecho, le ha dado herramientas para entender la complejidad humana que luego vuelca en sus letras y así lanzó su primer trabajo como solista.

“La psicología me ayudó a entender que la música no es solo expresión, es también escucha”, decía mientras tomaba un trago en medio de la entrevista, solo uno porque tenía otras entrevistas temprano y esa responsabilidad para él es un mantra. “Aprender a escuchar a los demás y sobre todo a uno mismo, cambió por completo mi forma de componer”.

En 2025, Frati nos entregó Más Allá, un álbum que funciona como un viaje cronológico, una novela por entregas donde cada canción es un capítulo en la vida de un protagonista que decide cruzar sus propios límites.

“Quería hacer un álbum que se pudiera escuchar de principio a fin”, explicó Frati, “Un respiro entre la introspección y la euforia, una pausa luminosa dentro de una obra guiada por lo espiritual y lo íntimo”.

Y en ese viaje aparece “Hey, tú”, el sencillo que hoy suena en varias radios y medios independientes y que llegó al número uno en la emisora AzRock de Puerto Rico y que ha sido su carta de presentación en Colombia.

Con un riff que evoca el rock más clásico, “Hey, tú” es mucho más que una canción para escuchar solamente, s un llamado urgente a escapar de la rutina, una invitación a soltarlo todo y lanzarse al vacío.

El 13 de septiembre de 2025, el realizó su primera presentación en Colombia, en el marco de una gira que busca posicionar su propuesta en Suramérica en Dissonante Estudios. Y es que Frati no llegó a Bogotá solo a tocar sino a construir. Durante esa semana, participó en el Bogotá Music Market (BOmm) y visitó medios especializados como Oscura Radio TV, LAUD 90.4 FM, Radio UNAL y Libertadores Online.

Anoche, mientras hablábamos, entendí algo que me pareció genial, Frati no es solo un músico que hace rock sino una persona que vive intensamente con la creencia que la música es un vehículo de autorrealización y tiene claro que no debe depender de nada ni de nadie para conducirlo, la autogestión está siempre presente en todo lo que hace.

Y mientras escribo estas líneas, pienso en eso. En la valentía de empezar, en la libertad de lanzarse al mar sin saber si habrá olas o tormentas, en el rock como un eterno estado de búsqueda y eso conecta, porque muchos vivimos así o al menos tratamos de hacerlo.

Su canción “¿Dónde está el ayer?” es parte del compilado doble de Oscura Radio TV como invitado especial internacional en el disco. Los invito a escuchar su música, un artista que valora su libertad creativa y que ya no le tiene miedo al rock es digno de ser escuchado.

@felipeszarruk

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Colombia

Rock al Parque anuncia fechas y cumple 30 años con la necesidad de saldar sus cuentas con el rock

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Que bueno sería pensar que para la celebración de los 30 años de Rock al Parque, Idartes va a preparar una fiesta rockera real que honre al género en el país. Desde los años noventa hasta hoy, Colombia se ha convertido en una potencia mundial del Metal mientras el Rock sigue perdiendo terreno ante las “nuevas músicas colombianas” y la tropidelia. Sería genial pensar que lo que veremos es el retorno al rock y sus sonidos.

Lo que para Idartes es un anuncio de fechas, para la comunidad del rock nacional es un ultimátum histórico. La entidad ha confirmado que los próximos 10, 11 y 12 de octubre de 2026, el Parque Simón Bolívar recibirá la edición número 30 de Rock al Parque. Viéndolo de manera histórica, el festival más grande de la región no llega en su mejor momento de identidad, sino arrastrando una deuda profunda con el género que le da nombre.

Bajo el concepto oficial de “30 años, 30 ediciones, estremeciendo a Bogotá”, la dirección de Idartes pretende celebrar un hito, un hito que está más marcado por la ideología de contratistas y trabajadores de turno que tienen la idea que “la música es una” y siguen una agenda política que ha usado el festival tanto para vetar ideologías como el caso de “Gillman”, como para impulsar ideologías, entre ellas que la cumbia es el nuevo rock o que el vallenato de Celso Piña es “el rock de mi pueblo” o que los Gaiteros de San Jacinto son “rebeldes por naturaleza” etc. Entre muchas voces, sobre todo la nuestra, la denuncia ha sido sostenida, en los últimos 20 años, el festival ha sido de todo menos rock. La inclusión sistemática de propuestas de “tropidelia” y otros géneros que desdibujan la esencia del evento ha generado una crisis de representatividad que este aniversario está obligado a corregir, porque el cometido está logrado, ya en Colombia ni siquiera los músicos saben que es rock y eso en lugar de darnos identidad nos ha alejado aun más de la escena mundial.

Para la comunidad del rock y el Metal, celebrar 30 años no puede ser una sencilla fiesta de diversidad mal entendida sino la oportunidad imperativa de saldar las cuentas con el rock, el metal, el punk y el rock alternativo que fundaron las bases de este movimiento y que, edición tras edición, han sido desplazados por curadurías que parecen más interesadas en la tendencia tropical que en la fuerza del género.

El anuncio de María Claudia Parias, directora de Idartes, sobre las “miradas curatoriales” para 2026, pone el foco en una de las heridas más abiertas del festival, la idoneidad de quienes eligen las bandas. Subterránica ha sido enfática en exigir que para esta edición histórica debe haber una curaduría especializada, los encargados de la programación deben ser conocedores reales de la historia y técnica del rock, evitando que el festival termine convertido en una “verbena al parque” más. Se requiere claridad absoluta en los procesos de selección y en el manejo de los recursos públicos, garantizando que el presupuesto se invierta en traer leyendas y fortalecer a las bandas locales que sí representan el género, sin amiguismos ni sesgos ideológicos.

Tras años de denunciar la infiltración de ritmos ajenos, la expectativa para 2026 es que el cartel sea una declaración de principios. El rock bogotano no espera “experimentos sonoros” para sus 30 años; espera el regreso de la distorsión, la técnica y la altura internacional que perdió en las últimas dos décadas. Si bien el Idartes resalta el impacto económico y el derecho a la cultura, el sector del rock le recuerda a la institución que Rock al Parque es patrimonio vivo gracias a los músicos y al público que lo defendió cuando nadie creía en él, porque esto se les olvidó.

Llegar a las 30 ediciones es un logro de la ciudad, pero la verdadera celebración solo ocurrirá si Idartes entiende que el festival no le pertenece a la burocracia de turno, sino a una cultura que exige respeto. Bogotá ya tiene banda sonora para octubre de 2026 y la ciudadanía estará vigilante para que, por fin, esa banda sonora sea auténticamente Rock.

Fotos: Prensa Idartes.

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