Latinoamérica
“The Washed Brains” Debuta con “Sin Opción”: El Nuevo Sencillo de su EP “La Ciudad del Caos”
Inmersos en la esencia del blues, Viviana Carrillo (bajo) encontró en su instrumento una vía para explorar nuevos sonidos. Partiendo de la guitarra, moldeó el ritmo que más tarde definiría el sonido de la banda. Su inspiración se alimentó de las protestas que marcaron el 2021 en Colombia, un reflejo de las marchas que desafiaron el statu quo gubernamental. Inicialmente impregnada de un mensaje de tristeza e impotencia, la letra fue moldeada por las influencias individuales de los integrantes de la agrupación, transformándola en lo que ahora es “Sin Opción”, el primer sencillo de su nuevo trabajo discográfico.
Es difícil definir si esta es una historia genuina; depende de la perspectiva. Sin embargo, si la bota calza con la sociedad, podría considerarse una narrativa auténtica. Así emerge este nuevo tema, que representa un punto de partida para la banda “The Washed Brains”. Producido por Duck Sessions y grabado en vivo en el Centro Comercial Bima, este sencillo ya está disponible en todas las plataformas digitales.
Este EP surge de las vivencias y experiencias acumuladas desde 2022, cuando la banda comenzó a consolidarse como un proyecto musical serio. Bajo el título de “La Ciudad del Caos”, el álbum es producto del encuentro entre las nuevas y antiguas voces de la banda, con la producción de Camilo Rengifo y la colaboración de The Washed Brains, compuesta actualmente por Jean Ballesteros, José Luis Ramos, Viviana Carrillo, Juan Pablo Peña y Andrés Moreno.
En este trabajo, la banda refleja su sonido actual, letras auténticas e influencias musicales variadas fusionadas con una estética contemporánea. “Somos una banda de rock alternativo-fusión”, explican los miembros del grupo, destacando la mezcla de sonidos característicos del rock con melodías influenciadas por raíces latinoamericanas, ritmos del rock and roll, funk y jazz. Cada melodía cantada representa las experiencias individuales de los integrantes de la banda.
“The Washed Brains” se formó en 2015 en Ciudad de Panamá, liderada por el bogotano Juan Pablo Peña, quien reunió a sus amigos con el propósito de crear música original. Desde entonces, la banda ha navegado por la escena del rock en Panamá y más allá, compartiendo escenario con diversos artistas latinoamericanos. Su trayectoria incluye lanzamientos como el sencillo “Me Voy de Aquí” en 2017 y su primer EP “Qualia” en 2019. Ahora, radicados en Bogotá, esperan continuar dejando huella con su música y la energía que transmiten en sus shows en vivo. “Sin Opción” marca el inicio de esta nueva etapa, prometiendo seguir “lavando cerebros” con su sonido único y sus letras significativas.
Colombia
No, The Klaxon no es corrupto, la forma en que actuó Rock al Parque sí lo es.
Una aclaración necesaria ante la mala interpretación de nuestra investigación periodística
Por Felipe Szarruk
Director de la Veeduría Ciudadana Ojo al Arte y Colectivo Subterránica
En las últimas semanas, tras la publicación de nuestro libro de investigación Negocio al Parque: 30 años de Rock al Parque, Corrupción, Poder y Dinero en el Rock Estatal, hemos sido testigos de un fenómeno preocupante pero predecible: la desinformación y la calumnia. Circula en redes sociales un video en el que se me acusa de haber señalado a la banda The Klaxon como “corrupta” o de haberla vinculado directamente con prácticas irregulares dentro del festival. Nada más falso.
Permítanme ser claro, contundente y definitivo:
NUNCA hemos acusado a The Klaxon, ni a sus integrantes, ni a su representante, de ser corruptos. Jamás. Lo que se denuncia en la veeduría, y lo que he denunciado durante más de una década de veeduría ciudadana, es la CORRUPCIÓN SISTEMÁTICA DEL INSTITUTO DISTRITAL DE LAS ARTES (IDARTES) y su forma de operar.
Este artículo no es una disculpa ni un retracto. Es una aclaración que, con toda honestidad, debería ser innecesaria para quienes han leído el libro con la atención que merece. Pero ante la mala fe de algunos y la ligereza de otros, me veo en la obligación de desglosar, punto por punto, lo que realmente dijimos y lo que realmente significa.
Lo que realmente dice el libro sobre The Klaxon
En el Capítulo VII, titulado “La Estafa de las Bandas”, documentamos el caso de The Klaxon en la edición de 2013. La narrativa del libro es clara y está respaldada por hechos documentados:
Primero: The Klaxon se presentó a la convocatoria pública distrital de Rock al Parque, el mecanismo oficial mediante el cual las agrupaciones locales compiten por un cupo en el festival a través de la evaluación de jurados. Es un proceso que, en teoría, debe ser democrático, transparente y basado en criterios artísticos objetivos.
Segundo: Tras surtir el proceso de evaluación, The Klaxon no pasó la convocatoria. Quedó oficialmente fuera del listado de ganadores. Eso significa que, bajo las reglas del juego establecidas por Idartes, la banda no debería haber estado en el cartel.
Tercero (y este es el punto crítico): Idartes, en un acto de absoluta discrecionalidad y arbitrariedad, ignoró el resultado de su propia convocatoria pública y metió a The Klaxon “a dedo” en el cartel oficial bajo la figura de “Show Especial” o “Invitado Distrital”. La banda terminó presentándose en el Escenario BID el domingo 30 de junio de 2013.
El libro dice textualmente:
“Este hecho constituyó una apología a la ‘rosca’ y una burla directa a los cientos de bandas que se sometieron al desgaste de la convocatoria pública. (…) Al meter a la banda de manera directa tras haber sido rechazada en el concurso público, la entidad violó el principio de selección objetiva y de igualdad de oportunidades consagrado en la Constitución Nacional.”
¿Dónde está la acusación contra The Klaxon? No existe. La crítica, la denuncia y el señalamiento son contra IDARTES, la entidad que administra los recursos públicos, que diseña las convocatorias y que decide a quién invitar y a quién excluir.
The Klaxon es una banda excelente. Su inclusión en el cartel fue, desde el punto de vista artístico, un acierto. Andrés, su representante y líder, es un amigo y un músico al que respeto profundamente. El problema no es que The Klaxon haya tocado. El problema es CÓMO y POR QUÉ tocaron.
Un patrón documentado: no es un caso aislado
Para que no quede duda de que estamos ante un patrón de conducta institucional y no ante un ataque a una banda en particular, la investigación documenta otros casos idénticos:
El caso SHIP (2016): Al igual que The Klaxon, la banda SHIP no pasó la convocatoria pública de ese año. Sin embargo, tras presiones externas y contactos dentro de la organización, fue invitada directamente a presentarse en un evento del festival con recursos pagados por el distrito. La misma lógica: se ignora el resultado de la convocatoria y se favorece a quienes tienen la capacidad de presionar o de acceder a los canales no oficiales.
El caso Paul Gillman (2017-2026): Aquí el favoritismo se tiñe de censura ideológica. En 2017, el músico venezolano fue vetado del cartel tras una campaña de desprestigio impulsada por empresarios privados. Idartes, en lugar de defender la libertad de expresión y su propia programación, cedió a la presión y canceló al artista. Años después, con un cambio de administración política, Gillman fue reinvitado. Su música nunca fue el problema. La sumisión de Idartes a grupos de presión y a la ideología del gobierno de turno sí lo fue.
El caso The Castles: La investigación documenta cómo esta banda también fue víctima de la arbitrariedad institucional, siendo retirada de la programación por decisiones caprichosas de la burocracia cultural.
En todos estos casos, el denominador común no son las bandas. Son las decisiones unilaterales, discrecionales y muchas veces ilegales de los funcionarios y contratistas de Idartes.
¿Por qué es grave este patrón de conducta?
Porque viola los principios fundamentales de la contratación pública y de la gestión del Estado:
- El Principio de Selección Objetiva (Artículo 5 de la Ley 1150 de 2007): La entidad está obligada a elegir las propuestas más favorables para el interés público mediante un proceso transparente y competitivo. Cuando Idartes ignora el resultado de su propia convocatoria para meter a una banda “a dedo”, está vulnerando este principio de manera flagrante.
- El Principio de Igualdad: Se crean dos categorías de participantes: los que se someten a las reglas y los que, por tener los contactos adecuados, pueden saltarse el proceso. Esto es un mensaje demoledor para los cientos de bandas que cada año invierten tiempo, dinero y esfuerzo en diligenciar formularios, preparar carpetas y someterse a la evaluación de jurados.
- El Principio de Transparencia: No existe un acto administrativo formal que justifique estas invitaciones directas. No hay una resolución, no hay una explicación pública, no hay un criterio objetivo. Es la pura y simple voluntad de quien ejerce el poder de contratación.
- La Desnaturalización del Festival: Rock al Parque fue declarado Patrimonio Cultural de Bogotá mediante el Acuerdo 120 de 2004. Su misión es la protección, circulación y visibilización del género rock en la capital. Cuando Idartes diluye ese mandato para incluir géneros ajenos o para complacer favores, está traicionando el espíritu de la ley.
¿Cómo funciona el “círculo de los elegidos”?
Lo que hemos documentado a lo largo de 189 páginas es la existencia de un sistema, una “rosca” institucionalizada, que opera de la siguiente manera:
- Un grupo reducido de agrupaciones repite año tras año en el cartel, acumulando hasta 10 o 12 presentaciones en el festival.
- Un círculo de contratistas y asesores decide qué bandas entran, cuáles se quedan fuera y quiénes reciben los millonarios contratos de producción y logística.
- Los jurados de las convocatorias son seleccionados a dedo, sin criterios de imparcialidad, y en muchos casos tienen vínculos directos con las bandas que evalúan.
- Los medios de comunicación aliados reciben acreditaciones masivas y a cambio se comprometen a guardar silencio sobre las irregularidades.
- Los veedores ciudadanos que se atreven a denunciar son sometidos a campañas de desprestigio, linchamiento digital y vetos institucionales.
Las bandas, en este ecosistema, son piezas de un tablero. No son las culpables. Son, en muchos casos, víctimas de un sistema que las obliga a bailar al ritmo que marca el Estado si quieren sobrevivir.
La responsabilidad de Idartes y la cooptación de la crítica
En el libro también documentamos un fenómeno que el teórico Antonio Gramsci llamó “transformismo”: el proceso mediante el cual el Estado absorbe, neutraliza y asimila a los elementos disidentes a través de la asignación de contratos, recursos públicos o prebendas.
En el Capítulo VI, “El Cartel de los Medios y el Botín de las Acreditaciones”, relatamos el caso de un periodista y gestor cultural, que entre 2012 y 2013 fue uno de los críticos más duros de la gestión de Rock al Parque, fue contratado directamente por Idartes como asesor de comunicaciones. Tras recibir el flujo de fondos públicos, su línea editorial crítica se desvaneció por completo.
Esa es la forma de operar de Idartes: comprar conciencias, silenciar voces y neutralizar la fiscalización ciudadana con recursos del erario.
Y cuando eso no funciona, cuando la crítica persiste, se recurre a la descalificación, al matoneo digital y a la difamación. Como ocurrió conmigo mismo, como ocurrió con el Colectivo Subterránica, como ha ocurrido con todos los que nos hemos atrevido a señalar las irregularidades.
La calumnia como mecanismo de defensa
Ahora entiendo por qué están circulando esos videos que me acusan de haber calumniado a The Klaxon. Es el mismo mecanismo de siempre:
Primero: Se descontextualiza mi declaración.
Segundo: Se reduce el libro a un titular sensacionalista.
Tercero: Se me acusa de atacar a una banda querida por el público.
Cuarto: Se desvía la atención de las verdaderas denuncias: los hallazgos fiscales por más de 960 millones de pesos, los contratos a dedo con Teatro R101, los vetos ideológicos, la persecución a Félix Báez, el desorden documental, las puertas giratorias y el nepotismo institucionalizado.
Es un truco viejo. Y no funcionará.
La verdad está en el libro, no en los titulares
Invitó a quienes han visto esos videos y han dudado a que hagan lo que muchos ya están haciendo: leer el libro completo. No basta con leer un fragmento, un tuit o un titular. Negocio al Parque es un expediente documentado de 30 años de corrupción estructural. Contiene:
- Pruebas documentales oficiales: Contratos, minutas, estudios previos y actas de liquidación extraídos de SECOP I y II.
- Hallazgos de entes de control: Informes de la Contraloría de Bogotá que documentan sobrecostos, pagos sin soporte y desorden administrativo.
- Respuestas oficiales: Derechos de petición y requerimientos de control fiscal que evidencian las excusas y evasivas de Idartes.
- Análisis estadístico: Datos de programación que demuestran la repetición sistemática de bandas y la exclusión de la escena emergente.
The Klaxon aparece en una de las páginas del libro como un ejemplo de la arbitrariedad de Idartes. No como un ejemplo de corrupción.
The Klaxon es parte de la solución, no del problema
Andrés y The Klaxon son parte del ecosistema musical de Bogotá. Han trabajado por el rock local, han defendido la escena y han hecho buena música. Su inclusión en el cartel de 2013 fue un acierto artístico. Eso no lo discute nadie.
Lo que discuto es que, para que ellos tocaran, Idartes tuvo que violar sus propias reglas. Si la convocatoria decía que no habían pasado, la entidad no debería haberlos invitado. O, mejor aún, la convocatoria debería haber sido lo suficientemente flexible y justa para que bandas como The Klaxon pudieran pasar sin necesidad de “contactos”.
El problema no es la banda. El problema es un sistema que obliga a las bandas a depender de la voluntad de un burócrata.
La fatiga del veedor y la resistencia ciudadana
Llevo más de diez años haciendo veeduría ciudadana. He interpuesto derechos de petición, acciones de tutela, denuncias penales y quejas disciplinarias. He sido vetado, difamado, amenazado y perseguido. He visto cómo Idartes utiliza el presupuesto de los bogotanos para comprar a críticos, silenciar medios y consolidar un feudo cultural.
Y estoy cansado.
Cansado de que me calumnien por no saber leer. Cansado de que se desvíe la atención de las verdaderas irregularidades. Cansado de que se me acuse de atacar a músicos cuando lo que estoy atacando es un sistema que los victimiza.
Pero también estoy fortalecido. Porque la gente está leyendo el libro. En masa. Y se están dando cuenta de la verdad.
No, The Klaxon no es corrupto. La forma en que actuó Rock al Parque, a través de Idartes, es lo que ha sido, durante décadas, la antítesis de la transparencia y la justicia para los artistas de esta ciudad.
El Festival Rock al Parque no es de Idartes. No es de los contratistas. No es de los curadores de turno. Es de la ciudadanía. Es un patrimonio cultural que debe ser defendido, saneado y devuelto a los músicos y al público.
Seguiremos investigando. Seguiremos denunciando. Seguiremos ejerciendo el control social que la Constitución y la ley nos otorgan. Y no nos callarán con calumnias.
Invito a quienes han malinterpretado el libro a que lo lean con atención. Invito a los medios de comunicación a que hagan periodismo serio y no se dejen instrumentalizar por la maquinaria de propaganda de Idartes. Invito a los músicos a que se organicen y exijan transparencia.
The Klaxon es una excelente banda. La corrupción está en las oficinas de Idartes, no en los escenarios.
Toca que aprendan a leer… pero para eso, hay que hacerlo primero.
Felipe Szarruk
Director de la Veeduría Ciudadana Ojo al Arte
Colectivo Subterránica
Bogotá, septiembre de 2026
Latinoamérica
La Tormenta Perfecta ¿Por qué Force ganó Wacken Metal Battle a nivel mundial?
Han pasado unos días desde que los cimientos de Colombia temblaron y el eco de ese movimiento telúrico aún resuena en la memoria de un país que parece vivir en permanente estado de alerta. El silencio que guardé y que como promotor de Wacken Metal Battle Suramérica me pesa, no fue indiferencia sino la pausa necesaria para digerir que la música, por más poderosa que sea, a veces debe ceder el paso a la urgencia de la tierra. Pero el Metal, como la vida, siempre encuentra la forma de resurgir entre los escombros y por eso estamos aquí, para contar una historia que merece ser escrita con letras de resistencia y sudor.
Tres años. Eso es lo que ha tomado construir desde abajo una maquinaria que hoy nos permite hablar no de un sueño, sino de una realidad conquistada. Este 2026 hemos visto coronarse a FORCE, un trío chileno de glam metal, como campeón mundial en el Wacken Open Air. Pero para entender la magnitud de este logro, debemos retroceder y observar el mapa completo de la organización latinoamericana, un esfuerzo titánico que ha involucrado a seis países, cientos de músicos y una inversión que va más allá del dinero.
Hablar de dinero en el Metal underground es hablar de sacrificio. Esta no es la historia de grandes patrocinadores ni de cheques millonarios; es la historia de bandas que han vendido su discografía, rifado sus instrumentos y dormido en buses para llegar a los heats nacionales. Durante tres años, Wacken Metal Battle en Suramérica ha sido un ejercicio de autogestión pura y dura. Los promotores de cada país han puesto su alma y su bolsillo para que la competencia sea posible. En Colombia, el modelo de Subterránica ha demostrado que se puede romper barreras sin maquinaria estatal ni presupuestos oficiales, logrando hitos que el gobierno con toda su plata no puede replicar. Este año, Colombia desplegó finales en Bogotá y las regiones, con una inscripción récord de casi 400 bandas, mientras que Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela y Chile también movilizaron sus escenas. Venezuela, con su problema geopolítico, no pudo estar presente en la final de Lima por la negativa de visado, pero su espíritu estuvo allí, recordándonos que el metal también es un acto de resistencia.

La final regional en Lima fue el punto de inflexión. Allí, en el Teatro Kantaro, no solo se enfrentaron diez bandas de élite; se enfrentaron realidades complejas, Bolivia con su geografía adversa y su escena que lucha por emerger desde el altiplano; Chile con su escena gigantesca y profesionalizada, que ha sabido construir un ecosistema sólido alrededor del metal; Ecuador con su movimiento underground que se abre paso entre la diversidad de sus regiones; Perú con el peso de ser anfitrión y la responsabilidad de mostrar que su escena está a la altura del evento y Colombia con la necesidad de romper el discurso del “talento local” para abrazar el del “discurso mundial”. Athemesis, con su metal sinfónico y virtuoso, y Altars of Rebellion, con su death metal técnico y demoledor, llegaron como representantes de un país que ya no depende de Bogotá para brillar. Son la prueba de que el metal colombiano se cocina en polos como Medellín y Pasto y que hoy compite en igualdad de condiciones en el circuito internacional. La final no fue fácil; competidores como Tepuy de Perú y Shadow Bullets de Ecuador eran temibles, las bandas mostraron una madurez que las coloca en otra liga. Y entonces, en medio de esa vorágine de talento, apareció FORCE, y cuando digo apareció, no me refiero a que llegaron con una propuesta más o menos interesante. Hablo de que irrumpieron como un vendaval de animal print, melenas cardadas y riffs de guitarra que parecían sacados directamente de un sueño de los ochenta, pero con la frescura y la rebeldía de un grupo de veinteañeros que crecieron escuchando a los grandes y decidieron que era hora de devolverle al mundo esa energía. Esta banda chilena, formada hace apenas un año en Melipilla y Santiago por Laureano “Starboy” y Camila Sulwacker, junto al bajista Hans Beyer, no solo ganó el Wacken Metal Battle 2026, sino que lo hizo con una autoridad que dejó boquiabiertos a los alemanes. En varias conversaciones siempre dije que me imaginaba el Sunset Street en los ochentas lleno de muchachos así, era como volver a los inicios de este movimiento que lo comenzaron jóvenes rebeldes y que quienes aun lo mantienen vivo son ya veteranos que pasan los 50 o 60, por eso ver a Force era un respiro no solo para el género sino para la escena del rock.
El glam metal que muchos daban por muerto y enterrado bajo capas de metalcore y death metal técnico, ha resucitado en las manos de estos tres músicos y lo ha hecho para quedarse. Force no es una banda nostálgica que se dedica a copiar fórmulas viejas; es un trío que ha sabido tomar la esencia de aquella era dorada del hard rock y mezclarla con texturas modernas de retrowave y una producción actual que suena a estadio. Su sonido es una patada en que nos recuerda que el rock, incluso después de tantas décadas de evolución, sigue teniendo la capacidad de reinventarse y emocionar. Y eso, en un mundo donde todo parece ya inventado, es un logro monumental. Ellos mismos lo reconocen que vienen de la escuela clásica del rock y su misión es que la gente la pase bien arriba del escenario, con esa onda alegre, llena de guitarras y también jugando con lo sensual que es lo que caracteriza al género.
Pero si hay algo que conquistó al jurado y al público de Wacken, más allá de la técnica impecable de sus integrantes, fue su juventud y su carisma desbordante. En un escenario donde predominaban las bandas de metal extremo con estéticas oscuras y sonidos agresivos, FORCE llegó con su glam rock, sus colores vivos y su actitud provocadora y eso fue un aire fresco que los alemanes supieron apreciar de inmediato. Camila Sulwacker, baterista y cofundadora, lo explica con una claridad brutal “A los alemanes les gusta lo extravagante. Ver el animal print, el pelito escarmenado, entre tanto metalcore… eso es lo que engancha”. No se trataba solo de tocar bien, sino de ofrecer un espectáculo, de tener presencia, de mirar a los ojos del público y hacerle sentir que era parte de algo especial. Y Force domina ese arte como pocos.

El trío tiene una química en el escenario que solo se logra cuando hay verdadera pasión y complicidad. Laureano “Starboy” no es solo el vocalista y guitarrista, es el alma visible de la banda, un frontman que combina la actitud de un rockstar de los ochenta con la técnica de un músico del siglo XXI. Hans Beyer, en el bajo, es el pegamento rítmico que mantiene todo en su sitio y Camila Sulwacker, una baterista que demuestra que el talento no entiende de géneros ni de estereotipos, es el motor implacable que impulsa cada canción. Juntos, han creado un sonido que ya ha dado frutos con su álbum debut homónimo, lanzado este mismo año, y con sencillos como “Shine Like Me, B#tch!” y “SPEED” que son un adelanto de lo que esta banda es capaz de ofrecer en un futuro cercano .
Y aquí es donde quiero hacer una pausa para hablar del nivel del metal latinoamericano, porque lo de Force no es casualidad. Es el resultado de años de trabajo, de sacrificio y de una escena que se ha ido forjando a pulso en cada rincón del continente. Este año Wacken Metal Battle Suramérica Región Norte movilizó a seis países, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Venezuela . En Colombia, con un modelo que ya ha demostrado ser efectivo sin depender del apoyo estatal, logramos inscribir a casi 400 bandas y realizamos finales en Bogotá, Medellín, Pereira entre otras. En Ecuador, la producción de Aquelarre Metal consolidó el circuito con dos zonas de competencia, Quito y Guayaquil. Y en Perú, la final regional en Lima fue el punto de encuentro de lo mejor del talento sudamericano. Todos los países de la región crearon un circuito independiente impecable.
Llevamos dos podios en tres años que hemos participado en Alemania, eso dice mucho, los promotores han trabajado como nadie creando todo esto y eso es lo que nadie ve porque en realidad no tienen que verlo, la gente que trabaja desde las sombras para lograr estos resultados, de no ser por ellos las bandas no tendrían esta vitrina, ese título de campeones mundiales se escribe con letras de oro, pero también con números rojos, desvelos y el sudor del que invierte todo lo que tiene para cumplir el sueño de pisar el Holy Ground. Porque la victoria de Force no fue un golpe de suerte ni un regalo caído del cielo; fue el resultado de un sacrificio económico y logístico que merece ser contado con la misma intensidad con la que ellos subieron al escenario en Wacken.
La travesía de la banda chilena hacia Alemania fue un acto de fe y autogestión absoluta. Para financiar su viaje, que incluía pasajes, transporte interno, alojamiento, alimentación y equipamiento, Force lanzó una campaña en GoFundMe, apelando al apoyo de su comunidad para hacer realidad la representación de Chile en el festival más importante del planeta. No hubo padrinos millonarios ni patrocinios de grandes marcas; solo la convicción de que el talento chileno merecía estar en la mesa grande y la respuesta de una escena que respondió con el bolsillo y el corazón. Como ellos mismos declararon, cada aporte, sin importar su monto, era un paso más para demostrar que el rock/metal chileno tiene un lugar en los escenarios más importantes del mundo. Además de la colecta digital, vendieron su mercancía oficial y tocaron en cuanta sala pudieran para sumar fondos. El esfuerzo fue titánico, y el premio final de 5.000 euros, más el bono por la votación del público, aunque significativo, fue recibido con humor y realismo por los músicos, quienes bromeaban sobre tener que reponer las deudas antes de celebrar cualquier ganancia.
Por el lado de nosotros la producción es aun más difícil ya que la banda gana pero nosotros no ganamos nada, Wacken Metal Battle tiene reglas muy estrcitas para los promotores y son complicadas, los viajes y toda la logística del evento deben salir de nuestro bolsillo, entonces ¿por qué lo hacemos? Por amor a lo que nos gusta, por tener un espacio y un nombre en la élite mundial del Rock y del Metal, por aprender de estas escenas top, por conocer, por los contactos, por la experiencia, eso no tiene precio y es una inversión, las personas no ven esto, pero ser parte de algo así enseña más que cualquier universidad o curso dictado por genios locales que no han salido de su ciudad. Es un choque directo con la realidad de la industria musical mundial y Wacken maneja unas dinámicas únicas que no se ven en otros festivales o escenas, su mística, su religión, su unión, su público su producción no se replica en ninguna otra parte del planeta ni siquiera en Monstruos como el HellFest o Coachella. Así que lo que como promotores hemos aprendido no es solo a crear circuitos independientes y puentes culturales para las bandas, sino que hemos hecho un curso obligado de curaduría, producción de eventos de gran y pequeña magnitud y a codearnos y ser parte de la familia mundial del rock.

Y volviendo al tema, es que FORCE no solo compitió; arrasó. Se impusieron ante 31 bandas finalistas provenientes de todos los rincones del planeta, en una competencia que durante cuatro días congregó a lo mejor del talento emergente global. El jurado internacional les otorgó el primer lugar,y el público presente en el festival ratificó el veredicto con el premio a la votación popular, un reconocimiento que habla de la conexión visceral que lograron establecer con los asistentes. La batalla fue épica, y la victoria fue contundente. AL principio yo pensé que todo estaba perdido porque la guitarra no se escuchaba en el lugar y la guitarra es el alma de la banda, hubo demasiados problemas logísticos y de equipo que me hicieron pensar que este año sería una caída épica, pero como me decían en el Metal Battle Lounge, esto lo sabíamos nosotros, ni el público ni el jurado.
Ahora, con el título en sus manos, el futuro de FORCE se presenta brillante. No solo se preparan para el lanzamiento de su primer álbum de larga duración, un trabajo que promete consolidar su sonido y su propuesta, sino que ya han sido confirmados como el acto de apertura para el concierto de la icónica banda estadounidense Halestorm en Chile. Es un espaldarazo que confirma que el mundo está atento a lo que esta banda tiene que decir. Y su victoria no es un punto final, sino un punto de partida para una nueva era en la que el metal latinoamericano ha demostrado que puede ser el número uno.
Porque Force no solo ha levantado una copa; ha levantado la bandera de toda una región, demostrando que el sueño de conquistar el Holy Ground es posible. Su victoria es la victoria de todos los que creemos que el rock es el idioma universal de la rebeldía y que América Latina tiene mucho que decir en esa conversación. El Holy Ground ya tiene nuevos héroes, y ellos visten de animal print, tocan glam metal y tienen el fuego de la juventud en sus venas. Este es el legado de FORCE, es el legado de todos los involucrados en Metal Battle suramérica y es un legado que nos pertenece a todos.
Pendientes porque pronto abrimos inscripciones para la edición 2027.
@felipeszarruk
Latinoamérica
Estos son los finalistas de El XVIII Monster del Rock Subterránica 2026
Dieciocho años… Casi dos décadas de ruido, de sudor, de cuerdas y de baterías que han resistido el embate de los tiempos más duros para la música en vivo. El Monster del Rock Subterránica no es solo un concurso de bandas, es un termómetro, un termómetro que mide la temperatura real de las entrañas del rock hecho en Colombia. Y esta edición número dieciocho, señores, ha sido tan excelente que nos ilusiona por completo. Hoy por fin podemos revelar los nombres que estarán en la gran final, pero antes, permítanme explicar por qué la espera valió la pena.
Hace unas semanas les anunciamos a los primeros tres finalistas. Lo hicimos con la emoción a flor de piel, pero también con la honestidad de quien sabe que la competencia aún no había terminado. Nos faltaban las batallas tres, cuatro y cinco y en lugar de apresurarnos, decidimos esperar. Porque el Monster del Rock siempre se ha caracterizado por una cosa… su nivel altísimo. No es un concurso de principiantes ni un espacio para bandas recién formadas que apenas están aprendiendo a afinar. Aquí se vienen a mostrar los que ya tienen oficio, los que han sudado en ensayos infinitos y han cargado amplificadores por escaleras sin ascensor. Y esta edición no fue la excepción. El nivel fue tan alto, las presentaciones tan parejas, que al jurado le costó demasiado tomar las decisiones finales.
Durante las batallas tres, cuatro y cinco, lo que se vio fue una muestra contundente de que la escena del rock nacional está más viva que nunca y sobre todo produciendo música de talla mundial. Bandas que sonaron como si hubieran ensayado en conciertos mundiales, pero que en realidad ensayan en salas de Bogotá, en garajes de Medellín o en bodegas de Cali. Tuvimos descubrimientos increíbles. Nombres como Decimation o Chaos Vortex pasaron por ese escenario y dejaron a más de uno con la boca abierta, muchos nombres conocidos que siguen consolidándose como The Toxic o Mad Dogs. Bandas demasiado poderosas, con una contundencia rítmica y una agresividad bien entendida que nos recordaron que el metal pesado y el rock duro siguen teniendo profetas en esta tierra. Fueron esas bandas, precisamente, las que hicieron casi imposible la tarea de elegir. Porque cuando el talento abunda, la tijera duele.

También tenemos que hablar de otra cosa, la que nadie quiere decir en voz alta porque es incomoda, porque señala, porque obliga a mirarnos al espejo colectivo… lo único que sigue fallando en esta escena es el público.
No nos malinterpreten, no queremos decir que la sala de Bbar estuviera vacía. Hubo gente, sí. Hubo fieles, hubo amigos, hubo familiares y hubo buena afluencia en algunas batallas. Pero pudo haber sido más. Mucho más. Y esta es una conversación incómoda que el rock colombiano lleva demasiados años evitando. Las bandas, y esto es un hecho que duele reconocer, en realidad no tienen convocatoria. Así tengan nombre, así suenen brutal, así hayan ensayado durante meses y hayan invertido sus ahorros en grabar un disco impecable. La gente no va. Y no es que no haya público para el rock en Colombia. Lo hay. El problema es qué tipo de público es.
Porque resulta que el público colombiano, ese mismo que se llena la boca diciendo que ama la música, tiene dos comportamientos que se han vuelto endémicos y absolutamente contradictorios. Por un lado, le encanta ir gratis. El colombiano facilista prefiere los festivales pagados por el Estado, esos donde no tiene que poner un peso de su bolsillo y puede consumir cultura subvencionada como quien recibe una limosna. Y no estamos en contra de los festivales públicos, ojo. El problema es cuando esa lógica se vuelve la única, si hay que pagar una entrada de veinte mil pesos para ver a cinco bandazas del under, ¡ay, Dios mío, qué caro!, pero si el gobierno pone un escenario en un parque ahí sí llena hasta. Y por otro lado, ese mismo público es capaz de soltar millones de pesos —millones, señores— para ver a una banda extranjera. Para viajar a otro país si hace falta. Para hacer filas de doce horas. Para comprar la camisa oficial a sesenta dólares. El artista de afuera siempre es más valioso. El de acá, el que suda en el mismo barrio, el que canta en el mismo idioma y cuenta las mismas miserias, ese no merece el mismo respeto.
¿Y cuál es el resultado de esta ecuación perversa? Que los promotores se están aburriendo. Que organizar un concierto de rock local se ha convertido en un acto de masoquismo. Que las salas prefieren alquilar el espacio para eventos empresariales antes que arriesgarse con una noche de bandas. Y esto, permítanme ser brutalmente claro, está matando la escena. Porque una cosa es que la escena independiente sea autosostenible —y lo es, porque estos músicos no viven de esto, trabajan, pagan sus instrumentos a cuotas, ensayan después de doce horas de oficina—, pero otra cosa muy distinta es que nadie les devuelva ese esfuerzo con su presencia, con su energía, con su billetera abierta para comprar una cerveza en la barra o una camiseta en la mesa de merch, no solo afecta a las bandas sino a los que crean espacios. El público debe apoyar lo local, lo que ya está hecho tiene mucho apoyo.
Pero —y esto es lo hermoso de este concurso—, a pesar de esa indiferencia, el Monster del Rock sigue en pie. Y sigue en pie porque las bandas se han apoyado entre ellas mismas y nos han apoyado a nosotros. Porque en medio de una escena que a veces se gana la fama de tóxica, de llena de egos y de rencillas idiotas, esta edición rompió ese esquema. El ambiente entre los participantes fue de una camaradería ejemplar. Las bandas tuvieron un papel muy importante votando por ellas mismas, eligiendo a sus compañeras, reconociendo el mérito ajeno sin mezquindad. Eso, señores, es de aplaudir de pie. Porque demuestra que el problema no está en los músicos. Los músicos están poniendo todo. El eslabón débil, otra vez, es el público.
Dicho esto y sin más, estos son los nombres que se enfrentarán en la gran final del XVIII Monster del Rock Subterránica. Aplausos para:
También conocidos como
Potrero
Natyvo
Cóndor multicolor
Devasted
Narcocracia

Seis bandas. Seis universos sonoros distintos. Seis formas de entender el rock y el metal que demuestran que la diversidad no está reñida con la potencia. Y como si esto fuera poco, tendremos invitados de lujo. Nada menos que The End, los flamantes ganadores del Monster del Rock 2025, volverán a subirse a ese escenario para recordarnos por qué se coronaron campeones el año pasado y pasar la batuta al nuevo ganador. Un detalle de categoría que convierte esta final en una cita imperdible.
La gran final será el viernes 5 de junio en el Bbar. Apúntenlo en la agenda, vayan. Paguen su entrada. Cómprense una cerveza. Aplaudan hasta cansarse. Porque estas seis bandas se lo merecen. Porque el rock en Colombia no se rinde, pero tampoco puede sostenerse solo con el esfuerzo de los músicos. Necesita de ustedes. Necesita de verdad. Allí nos vemos para conocer al nuevo Monster del Rock
@Subterránica
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