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Festivales e Industria

La gran importancia de los géneros en la música popular y la necesidad vital de seriedad en el conocimiento y el periodismo cultural.

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La era de la posverdad es increíble, se han materializado de manera casi literal las distopias de libros que daban miedo como “1984” o “Un Mundo Perfecto”, nos acercamos cada día más a que películas como Idiocracia sean una realidad, sencillamente la información ha entrado a ser parte de las guerras culturales y la proliferación de medios para que cualquiera publique nos está llevando a una confusión tal que ya es difícil saber qué es y qué no es cierto. Hay personas que han creado sus micromundos a su forma, su gusto y no solo los defienden a muerte basados en el empirismo y la fe como si de una religión se tratase, sino que al igual que el fanatismo religioso, la ignorancia se está convirtiendo en un cáncer que no se puede combatir porque en el tiempo de “los ofendidos” toca callarse para no molestar a nadie. Sucede en todas las áreas del conocimiento y obviamente de una manera más pronunciada sucede en las artes.
La Relevancia Permanente de los Géneros Musicales en un Mundo en Evolución se mantiene de manera importante, pero preocupa mucho la proliferación de las voces sin formación ni conocimientos, que amparados en las redes sociales ahora pueden publicar cualquier cosa que se les venga a la cabeza o que pensaron en una noche de mal sueño e incluso fundamentarla con citas extraídas de ChatGPT para darle un toque de seriedad a un capricho a una distorsión subjetiva de la realidad.

La cuestión de si los géneros musicales siguen siendo relevantes en la era contemporánea ha levantado debates histéricos, algunos argumentan que los géneros han perdido su importancia, citando la fluidez y la evasión de etiquetas por parte de los artistas, así como los cambios en la forma en que consumimos y representamos la música, pero tengo que invitarlos a analizar esta perspectiva desde una óptica más amplia, reconociendo que los géneros musicales mantienen una influencia profunda en la forma en que percibimos, consumimos y nos relacionamos con la música, lo que busco con este artículo es explorar la continua relevancia y evolución de los géneros musicales en un mundo en constante cambio basado en el conocimiento acumulado por siglos sobre la teoría y la estructura no solo musical sino social de los géneros para defender el conocimiento, no mío, sino el universal de la música que está siendo manipulado por discursos absurdos por personas que están dentro de la generación del todo vale y el nada importa y que ya alcanzaron la edad para comenzar a publicar y a influir en la sociedad y lo están haciendo en algunos casos de maneras funestas en medios que alguna vez fueron importantes para la música popular como la revista “Shock” o la “Rolling Stone” y que ahora esgrimen banderas de ignorancia las cuales quieren hacer pasar como ensayos casi académicos.

En apariencia, los géneros musicales son categorías que ordenan y establecen fronteras entre estilos musicales en función de elementos compartidos, como la instrumentación, el tempo o la temática lírica… a lo largo de la historia, la industria fonográfica ha utilizado los géneros para segmentar a los consumidores y representar a diversas comunidades sociales, desde sus primeros días los géneros no solo han definido la sonoridad de la música, sino que también han encapsulado identidades y representaciones culturales, oh palabras que deben sonar anticuadas y odiosas para muchos hoy en día de lenguaje tan fácil.

Los géneros musicales no solo se refieren a elementos formales; también encapsulan históricamente la representación de grupos sociales y comunidades, durante décadas han sido utilizados para hablar de identidades y representaciones culturales, por ejemplo, el surgimiento de géneros como el country y el R&B en la década de 1920 no solo se centró en la sonoridad, sino también en la segmentación de comunidades de consumidores, marcando un inicio temprano en la conexión entre género musical e identidad social.

La llegada de artistas icónicos como Madonna en los años 80 marcaron un cambio fundamental en la percepción de los géneros musicales. Madonna capitalizó la conexión entre la imagen del artista y su música, redefiniendo la relación entre los músicos y sus audiencias. Su capacidad para jugar con los ritmos del momento y al mismo tiempo proporcionar una representación poderosa habló a comunidades con gustos individuales, otorgándoles la ilusión de ser representados.

A pesar de la amalgama de géneros musicales y las colaboraciones entre artistas de diferentes orígenes, los géneros siguen siendo relevantes. La experimentación y fusión de estilos demuestran la versatilidad de los músicos para crear nuevas expresiones artísticas. Estos cruces de géneros aún ocurren dentro de un marco de clasificación, donde se presentan como híbridos o fusiones, subrayando que los géneros siguen siendo esenciales para la organización y comprensión de la música.

La noción o mejor “la ilusión” de un consumo postgénero no implica la desaparición de los mismo, sino una adaptación y expansión de las formas en que los consumidores se relacionan con la música. La atención a la identidad de género, lo queer y la autenticidad de los artistas señala que los consumidores buscan verse validados en los artistas y en sus discursos, la relación entre el artista y la audiencia ha evolucionado, permitiendo una mayor identificación y participación de la audiencia en la creación de su propia identidad a través de la música.
Para comprender la relevancia de los géneros musicales, es fundamental analizar cómo se han desarrollado a lo largo del tiempo, no son entidades estáticas; están en constante evolución y cambio, adaptándose a nuevas influencias, tecnologías y culturas. De acuerdo con Negus (1999), los géneros son “formas específicas de práctica musical asociadas con ciertos tipos de actividades de producción, audiencias y contextos tecnológicos”. Esto resalta la interconexión entre la música y su contexto sociocultural.

La dinámica de los géneros musicales radica en su capacidad para representar y conectar a las personas. Por ejemplo, en el libro “La Música de las Sociedades Humanas” de Nettl (2005), se argumenta que los géneros musicales son esenciales para la identificación y cohesión de una comunidad. Estos géneros no solo establecen una estructura musical, sino que también definen subculturas y comportamientos asociados. Por tanto, los géneros no solo se limitan a la música en sí, sino que también abarcan valores, tradiciones y modos de vida.

También juegan un papel vital en la construcción y expresión de la identidad cultural. Según Bennett (2000), la música es “una forma en que las personas piensan sobre su lugar en el mundo y sobre sus relaciones sociales”, los géneros musicales se convierten en una herramienta mediante la cual las personas pueden identificarse con ciertos grupos sociales, valores y tradiciones culturales.

Esta identificación cultural se ha consolidado a lo largo de la historia, dando lugar a la formación de subculturas y movimientos sociales. Por ejemplo, el surgimiento del punk en la década de 1970 no solo representó un estilo musical, sino que también simbolizó un movimiento contracultural y una forma de rebelión. Así, los géneros no solo proporcionan etiquetas para la música, sino que también transmiten significados culturales y sociales más amplios.

En la industria y las políticas culturales también actúan como herramientas que facilitan el consumo y la representación de la música, los consumidores a menudo utilizan los géneros como guías para elegir la música que desean escuchar. Según DeNora (2000), la clasificación de la música en géneros permite a los oyentes establecer expectativas sobre la música antes de escucharla, lo que influye en sus elecciones de consumo, además, los artistas utilizan los géneros como una forma de representación, algunos pueden elegir trabajar dentro de un género específico para comunicar una identidad artística y conectarse con una audiencia particular. Por ejemplo, en su estudio sobre la música popular, Frith (2002) argumenta que los géneros permiten que la música tenga significado en términos de las personas que la hacen y las personas que la escuchan.

Sin discusión, para los músicos, para los estudiosos y amantes de la música y para lo que no los eliminan para robar y manipular de las políticas públicas, los géneros musicales siguen siendo relevantes en la era contemporánea debido a su capacidad para organizar, representar y conectar a las personas en un mundo en constante evolución. A pesar de la aparente fluidez y evasión de etiquetas por parte de los artistas, los géneros continúan siendo herramientas esenciales para comprender y experimentar la música. Su dinámica, su influencia en la identidad cultural y su función en el consumo y la representación de la música respaldan su importancia duradera. En última instancia, los géneros musicales siguen siendo una parte integral de nuestra experiencia musical y cultural y solo dejan de ser importantes para aquellos a los que nos les conviene que existan, por ejemplo para los periodistas de revistas que una vez fueron de rock pero hoy necesitan vender nuevamente, o para los curadores de festivales echados a menos que tienen que justificar la contratación de otros géneros para saquear el erario, o para aquellos “maestros del conocimientos” que adquirieron todo lo que saben en la vida de Dragon Ball y creen que el universo se mueve con esa filosofía. Es como la “titulitis” que le da a Colombia cada vez que se dan cuenta que los guerrilleros todos estudiaron maestrías y doctorados en el exterior mientras que los prominentes gobernantes a duras penas pasaron la primaria. Los géneros no existen para quien no les conviene que existan, así de simple y de sencillo, pero con esa creencia no van a borrar cientos de años de conocimiento acumulado en la música y la musicología.

¿Y cuál es el peligro para los festivales de música y otras actividades?

En la era contemporánea, los festivales de música han alcanzado una popularidad sin precedentes, convirtiéndose en uno de los principales medios de consumo musical. Estos eventos, que reúnen a miles de entusiastas de la música, a menudo se centran en géneros dominantes como la música electrónica, lo urbano y el pop, pero es posible que este enfoque pueda tener un efecto perjudicial en la riqueza y diversidad de la música, ya que puede llevar a una homogeneización de estilos y géneros.

¿Qué quiere decir esto? Que los organizadores, a menudo impulsados por motivaciones comerciales, tienden a favorecer artistas que se ajustan a ciertos géneros de mayor demanda y rentabilidad y esto puede crear un entorno en el que ciertos estilos y géneros musicales prevalezcan sobre otros, disminuyendo así la variedad y la riqueza que la música puede ofrecer y llevándose por delante incluso identidades como el caso de Rock al Parque en Colombia o el Festival de Jazz de Montreal en Canadá por decir algunos nombres.

Smith y Strand (2018) argumentan que la homogeneización de la música puede resultar en la pérdida de identidad y creatividad artística, al favorecer ciertos géneros, los festivales pueden limitar las oportunidades para músicos menos convencionales y emergentes, restringiendo así la diversidad musical que enriquece la cultura y la sociedad en general.

Los géneros musicales son fundamentales para comprender y apreciar la amplia gama de expresiones musicales disponibles, cada género lleva consigo su propia historia, contexto cultural y características distintivas, no solo definen la música, sino que también reflejan las identidades, las narrativas y las experiencias de diferentes comunidades.

En su estudio sobre géneros musicales, Martin (2019) destaca que cada género tiene su propia audiencia y propósito cultural, la diversidad de ellos permite a los oyentes encontrar conexiones significativas con la música y proporciona una plataforma para la expresión individual y colectiva. Se puede explicar de la siguiente manera, si lo que se quiere es crear festivales que tengan inclusión y variedad, en este sentido, Connell (2020) sugiere que es fundamental que los festivales mantengan una diversidad de géneros musicales para garantizar que representen adecuadamente la multiplicidad de expresiones culturales y artísticas que existen en la sociedad, pero si es un festival especializado que se ha creado para fomentar el desarrollo de un solo género como Rock al Parque entonces hay que respetar las jerarquías de los mismos y la coherencia. De lo contrario es mejor cambiar el nombre y la finalidad del festival o del espacio, no se puede tener un ministerio para la comunidad afro y que su ministro sea un rubio nórdico porque no los representa, tampoco se puede tener un Rock al Parque sonando cumbia o un Festival de Jazz de Montreal sonando reguetón por que la población específica es la que se ve afectada. En estos efectos es mejor una nueva denominación y objetivos.

¿Y los expertos que están publicando artículos en las revistas y portales?

En la era digital, cualquiera puede convertirse en “crítico musical” o “periodista” sin necesidad de una formación académica específica o de un conocimiento profundo en el área. Esto ha llevado a la proliferación de voces que emiten juicios y opiniones sobre música y otras formas de arte sin el respaldo de una metodología rigurosa o una base teórica sólida.

Schudson (2005) plantea que la tecnología moderna ha impulsado esta proliferación, facilitando la creación y distribución de contenido, lo que ha llevado a una disminución en las barreras para la entrada en la industria periodística y artística. Si bien la democratización de la expresión es valiosa, también ha generado una proliferación de opiniones y críticas basadas en subjetividad y experiencia personal, sin el respaldo de un análisis académico riguroso.

Uno de los campos más vulnerables a esta falta de rigor académico es la crítica musical. La música es una forma de arte profundamente subjetiva y, por lo tanto, es susceptible a opiniones personales que pueden no estar respaldadas por conocimientos musicales sólidos. En Colombia, con su rica diversidad musical, la crítica musical sin fundamento académico puede distorsionar la percepción de ciertos estilos, artistas o movimientos musicales.
En su análisis sobre la crítica musical, Moore (2014) destaca que la crítica debe ser informada y fundamentada en conocimientos especializados para contribuir de manera significativa al diálogo cultural. La falta de rigor académico en la crítica musical puede generar percepciones erróneas y estereotipadas sobre ciertos géneros, desviando la atención de propuestas artísticas valiosas y diversas.

Es interesante notar que, en campos como la medicina o el derecho, la publicación de contenido sin el respaldo de una formación académica sólida es considerada inaceptable. La comunidad reconoce la necesidad de un conocimiento profundo y una formación específica para abordar temas relacionados con la salud o la justicia.

En medicina, por ejemplo, la práctica no autorizada o la emisión de diagnósticos sin la capacitación adecuada están penadas y son vistas como una amenaza para la salud pública. Este contraste destaca la falta de regulaciones y la necesidad de educación sobre la importancia del rigor académico en la crítica y opinión sobre las artes.

La facilidad con la que se puede acceder y publicar contenido en la era digital en Colombia ha generado un panorama en el que cualquiera puede expresar opiniones sobre música y otras formas de arte. Sin embargo, esta democratización ha llevado a una proliferación de voces que a menudo carecen de rigor académico y conocimientos especializados.

Para preservar la integridad de la crítica musical y periodística en Colombia, es fundamental fomentar la formación académica sólida y promover la responsabilidad en la emisión de opiniones y juicios sobre arte y cultura. Solo a través de un enfoque informado y riguroso se pueden garantizar críticas valiosas que enriquezcan el diálogo cultural y promuevan una comprensión más profunda de la música y las artes en la sociedad.

La música es una forma de arte que ha existido desde tiempos inmemoriales, y ha sido una parte integral de la cultura humana. Los géneros musicales son una forma de categorizar la música en función de sus características, como la instrumentación, el tempo, el ritmo y la armonía. A lo largo de la historia, los géneros musicales han sido utilizados para describir y definir a los grupos sociales que consumen y producen obras musicales.

Así que señores, los invito a estudiar un poco más este campo que es maravilloso y enriquecedor y no a quedarse en los dogmas facilistas de la posverdad que tanto daño están haciendo.

Felipe Szarruk, doctorando en periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, Magister en Estudios artísticos de la Facultad de Artes ASAB, músico y comunicador social. Fundador de Subterránica.


Páez López, F. (2023, septiembre 19). ¿Importan los géneros? El Espectador. https://www.elespectador.com/entretenimiento/musica/importan-los-generos-ensayo-musica/
The Guardian. (2016, mayo 4). Pop, rock, rap, whatever: who killed the music genre? https://www.theguardian.com/music/2016/may/04/pop-rock-rap-whatever-who-killed-the-music-genre
Gómez, J. (2019, 18 de octubre). ¿Qué pasa con los géneros? [Artículo]. Shock. Recuperado de: 1 [5 de mayo de 2021].

Colombia

No, The Klaxon no es corrupto, la forma en que actuó Rock al Parque sí lo es.

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Una aclaración necesaria ante la mala interpretación de nuestra investigación periodística

Por Felipe Szarruk
Director de la Veeduría Ciudadana Ojo al Arte y Colectivo Subterránica

En las últimas semanas, tras la publicación de nuestro libro de investigación Negocio al Parque: 30 años de Rock al Parque, Corrupción, Poder y Dinero en el Rock Estatal, hemos sido testigos de un fenómeno preocupante pero predecible: la desinformación y la calumnia. Circula en redes sociales un video en el que se me acusa de haber señalado a la banda The Klaxon como “corrupta” o de haberla vinculado directamente con prácticas irregulares dentro del festival. Nada más falso.

Permítanme ser claro, contundente y definitivo:

NUNCA hemos acusado a The Klaxon, ni a sus integrantes, ni a su representante, de ser corruptos. Jamás. Lo que se denuncia en la veeduría, y lo que he denunciado durante más de una década de veeduría ciudadana, es la CORRUPCIÓN SISTEMÁTICA DEL INSTITUTO DISTRITAL DE LAS ARTES (IDARTES) y su forma de operar.

Este artículo no es una disculpa ni un retracto. Es una aclaración que, con toda honestidad, debería ser innecesaria para quienes han leído el libro con la atención que merece. Pero ante la mala fe de algunos y la ligereza de otros, me veo en la obligación de desglosar, punto por punto, lo que realmente dijimos y lo que realmente significa.

Lo que realmente dice el libro sobre The Klaxon

En el Capítulo VII, titulado “La Estafa de las Bandas”, documentamos el caso de The Klaxon en la edición de 2013. La narrativa del libro es clara y está respaldada por hechos documentados:

Primero: The Klaxon se presentó a la convocatoria pública distrital de Rock al Parque, el mecanismo oficial mediante el cual las agrupaciones locales compiten por un cupo en el festival a través de la evaluación de jurados. Es un proceso que, en teoría, debe ser democrático, transparente y basado en criterios artísticos objetivos.

Segundo: Tras surtir el proceso de evaluación, The Klaxon no pasó la convocatoria. Quedó oficialmente fuera del listado de ganadores. Eso significa que, bajo las reglas del juego establecidas por Idartes, la banda no debería haber estado en el cartel.

Tercero (y este es el punto crítico): Idartes, en un acto de absoluta discrecionalidad y arbitrariedad, ignoró el resultado de su propia convocatoria pública y metió a The Klaxon “a dedo” en el cartel oficial bajo la figura de “Show Especial” o “Invitado Distrital”. La banda terminó presentándose en el Escenario BID el domingo 30 de junio de 2013.

El libro dice textualmente:

“Este hecho constituyó una apología a la ‘rosca’ y una burla directa a los cientos de bandas que se sometieron al desgaste de la convocatoria pública. (…) Al meter a la banda de manera directa tras haber sido rechazada en el concurso público, la entidad violó el principio de selección objetiva y de igualdad de oportunidades consagrado en la Constitución Nacional.”

¿Dónde está la acusación contra The Klaxon? No existe. La crítica, la denuncia y el señalamiento son contra IDARTES, la entidad que administra los recursos públicos, que diseña las convocatorias y que decide a quién invitar y a quién excluir.

The Klaxon es una banda excelente. Su inclusión en el cartel fue, desde el punto de vista artístico, un acierto. Andrés, su representante y líder, es un amigo y un músico al que respeto profundamente. El problema no es que The Klaxon haya tocado. El problema es CÓMO y POR QUÉ tocaron.

Un patrón documentado: no es un caso aislado

Para que no quede duda de que estamos ante un patrón de conducta institucional y no ante un ataque a una banda en particular, la investigación documenta otros casos idénticos:

El caso SHIP (2016): Al igual que The Klaxon, la banda SHIP no pasó la convocatoria pública de ese año. Sin embargo, tras presiones externas y contactos dentro de la organización, fue invitada directamente a presentarse en un evento del festival con recursos pagados por el distrito. La misma lógica: se ignora el resultado de la convocatoria y se favorece a quienes tienen la capacidad de presionar o de acceder a los canales no oficiales.

El caso Paul Gillman (2017-2026): Aquí el favoritismo se tiñe de censura ideológica. En 2017, el músico venezolano fue vetado del cartel tras una campaña de desprestigio impulsada por empresarios privados. Idartes, en lugar de defender la libertad de expresión y su propia programación, cedió a la presión y canceló al artista. Años después, con un cambio de administración política, Gillman fue reinvitado. Su música nunca fue el problema. La sumisión de Idartes a grupos de presión y a la ideología del gobierno de turno sí lo fue.

El caso The Castles: La investigación documenta cómo esta banda también fue víctima de la arbitrariedad institucional, siendo retirada de la programación por decisiones caprichosas de la burocracia cultural.

En todos estos casos, el denominador común no son las bandas. Son las decisiones unilaterales, discrecionales y muchas veces ilegales de los funcionarios y contratistas de Idartes.

¿Por qué es grave este patrón de conducta?

Porque viola los principios fundamentales de la contratación pública y de la gestión del Estado:

  1. El Principio de Selección Objetiva (Artículo 5 de la Ley 1150 de 2007): La entidad está obligada a elegir las propuestas más favorables para el interés público mediante un proceso transparente y competitivo. Cuando Idartes ignora el resultado de su propia convocatoria para meter a una banda “a dedo”, está vulnerando este principio de manera flagrante.
  2. El Principio de Igualdad: Se crean dos categorías de participantes: los que se someten a las reglas y los que, por tener los contactos adecuados, pueden saltarse el proceso. Esto es un mensaje demoledor para los cientos de bandas que cada año invierten tiempo, dinero y esfuerzo en diligenciar formularios, preparar carpetas y someterse a la evaluación de jurados.
  3. El Principio de Transparencia: No existe un acto administrativo formal que justifique estas invitaciones directas. No hay una resolución, no hay una explicación pública, no hay un criterio objetivo. Es la pura y simple voluntad de quien ejerce el poder de contratación.
  4. La Desnaturalización del Festival: Rock al Parque fue declarado Patrimonio Cultural de Bogotá mediante el Acuerdo 120 de 2004. Su misión es la protección, circulación y visibilización del género rock en la capital. Cuando Idartes diluye ese mandato para incluir géneros ajenos o para complacer favores, está traicionando el espíritu de la ley.

¿Cómo funciona el “círculo de los elegidos”?

Lo que hemos documentado a lo largo de 189 páginas es la existencia de un sistema, una “rosca” institucionalizada, que opera de la siguiente manera:

  • Un grupo reducido de agrupaciones repite año tras año en el cartel, acumulando hasta 10 o 12 presentaciones en el festival.
  • Un círculo de contratistas y asesores decide qué bandas entran, cuáles se quedan fuera y quiénes reciben los millonarios contratos de producción y logística.
  • Los jurados de las convocatorias son seleccionados a dedo, sin criterios de imparcialidad, y en muchos casos tienen vínculos directos con las bandas que evalúan.
  • Los medios de comunicación aliados reciben acreditaciones masivas y a cambio se comprometen a guardar silencio sobre las irregularidades.
  • Los veedores ciudadanos que se atreven a denunciar son sometidos a campañas de desprestigio, linchamiento digital y vetos institucionales.

Las bandas, en este ecosistema, son piezas de un tablero. No son las culpables. Son, en muchos casos, víctimas de un sistema que las obliga a bailar al ritmo que marca el Estado si quieren sobrevivir.

La responsabilidad de Idartes y la cooptación de la crítica

En el libro también documentamos un fenómeno que el teórico Antonio Gramsci llamó “transformismo”: el proceso mediante el cual el Estado absorbe, neutraliza y asimila a los elementos disidentes a través de la asignación de contratos, recursos públicos o prebendas.

En el Capítulo VI, “El Cartel de los Medios y el Botín de las Acreditaciones”, relatamos el caso de un periodista y gestor cultural, que entre 2012 y 2013 fue uno de los críticos más duros de la gestión de Rock al Parque, fue contratado directamente por Idartes como asesor de comunicaciones. Tras recibir el flujo de fondos públicos, su línea editorial crítica se desvaneció por completo.

Esa es la forma de operar de Idartes: comprar conciencias, silenciar voces y neutralizar la fiscalización ciudadana con recursos del erario.

Y cuando eso no funciona, cuando la crítica persiste, se recurre a la descalificación, al matoneo digital y a la difamación. Como ocurrió conmigo mismo, como ocurrió con el Colectivo Subterránica, como ha ocurrido con todos los que nos hemos atrevido a señalar las irregularidades.

La calumnia como mecanismo de defensa

Ahora entiendo por qué están circulando esos videos que me acusan de haber calumniado a The Klaxon. Es el mismo mecanismo de siempre:

Primero: Se descontextualiza mi declaración.
Segundo: Se reduce el libro a un titular sensacionalista.
Tercero: Se me acusa de atacar a una banda querida por el público.
Cuarto: Se desvía la atención de las verdaderas denuncias: los hallazgos fiscales por más de 960 millones de pesos, los contratos a dedo con Teatro R101, los vetos ideológicos, la persecución a Félix Báez, el desorden documental, las puertas giratorias y el nepotismo institucionalizado.

Es un truco viejo. Y no funcionará.

La verdad está en el libro, no en los titulares

Invitó a quienes han visto esos videos y han dudado a que hagan lo que muchos ya están haciendo: leer el libro completo. No basta con leer un fragmento, un tuit o un titular. Negocio al Parque es un expediente documentado de 30 años de corrupción estructural. Contiene:

  • Pruebas documentales oficiales: Contratos, minutas, estudios previos y actas de liquidación extraídos de SECOP I y II.
  • Hallazgos de entes de control: Informes de la Contraloría de Bogotá que documentan sobrecostos, pagos sin soporte y desorden administrativo.
  • Respuestas oficiales: Derechos de petición y requerimientos de control fiscal que evidencian las excusas y evasivas de Idartes.
  • Análisis estadístico: Datos de programación que demuestran la repetición sistemática de bandas y la exclusión de la escena emergente.

The Klaxon aparece en una de las páginas del libro como un ejemplo de la arbitrariedad de Idartes. No como un ejemplo de corrupción.

The Klaxon es parte de la solución, no del problema

Andrés y The Klaxon son parte del ecosistema musical de Bogotá. Han trabajado por el rock local, han defendido la escena y han hecho buena música. Su inclusión en el cartel de 2013 fue un acierto artístico. Eso no lo discute nadie.

Lo que discuto es que, para que ellos tocaran, Idartes tuvo que violar sus propias reglas. Si la convocatoria decía que no habían pasado, la entidad no debería haberlos invitado. O, mejor aún, la convocatoria debería haber sido lo suficientemente flexible y justa para que bandas como The Klaxon pudieran pasar sin necesidad de “contactos”.

El problema no es la banda. El problema es un sistema que obliga a las bandas a depender de la voluntad de un burócrata.

La fatiga del veedor y la resistencia ciudadana

Llevo más de diez años haciendo veeduría ciudadana. He interpuesto derechos de petición, acciones de tutela, denuncias penales y quejas disciplinarias. He sido vetado, difamado, amenazado y perseguido. He visto cómo Idartes utiliza el presupuesto de los bogotanos para comprar a críticos, silenciar medios y consolidar un feudo cultural.

Y estoy cansado.

Cansado de que me calumnien por no saber leer. Cansado de que se desvíe la atención de las verdaderas irregularidades. Cansado de que se me acuse de atacar a músicos cuando lo que estoy atacando es un sistema que los victimiza.

Pero también estoy fortalecido. Porque la gente está leyendo el libro. En masa. Y se están dando cuenta de la verdad.

No, The Klaxon no es corrupto. La forma en que actuó Rock al Parque, a través de Idartes, es lo que ha sido, durante décadas, la antítesis de la transparencia y la justicia para los artistas de esta ciudad.

El Festival Rock al Parque no es de Idartes. No es de los contratistas. No es de los curadores de turno. Es de la ciudadanía. Es un patrimonio cultural que debe ser defendido, saneado y devuelto a los músicos y al público.

Seguiremos investigando. Seguiremos denunciando. Seguiremos ejerciendo el control social que la Constitución y la ley nos otorgan. Y no nos callarán con calumnias.

Invito a quienes han malinterpretado el libro a que lo lean con atención. Invito a los medios de comunicación a que hagan periodismo serio y no se dejen instrumentalizar por la maquinaria de propaganda de Idartes. Invito a los músicos a que se organicen y exijan transparencia.

The Klaxon es una excelente banda. La corrupción está en las oficinas de Idartes, no en los escenarios.

Toca que aprendan a leer… pero para eso, hay que hacerlo primero.


Felipe Szarruk
Director de la Veeduría Ciudadana Ojo al Arte
Colectivo Subterránica
Bogotá, septiembre de 2026

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Colombia

Sin burocracia, sin demora, sin excusas, Medellín organizó en 48 horas lo que las instituciones no pudieron. Rockaton 2026, el poder del rock.

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En Medellín nadie lo vio venir. No hubo rueda de prensa, no hubo anuncio institucional, no hubo presupuesto asignado ni mesa de trabajo con funcionarios. Lo que está a punto de ocurrir en el Cerro Nutibara nació de una conversación privada, de un recuerdo que volvió y de una pregunta que alguien se hizo en voz baja ¿por qué no volvemos a hacer una Rockatón?

Esa pregunta la formuló Román Gonzáles, un artista y gestor cultural de larga data de la ciudad que prefiere mantenerse al margen del ruido mediático, pero que desde el primer momento entendió que cuando el país tiembla —y esta vez tiembla de verdad, con casas derrumbadas, familias desplazadas y una emergencia humanitaria que no espera— el arte no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado. No se trataba de protagonismo ni de construir un currículum. Se trataba de algo mucho más antiguo y mucho más simple: ayudar desde lo que uno sabe hacer y lo que esta escena sabe hacer es juntar gente.

Hablamos con Román sobre esta iniciativa. La Rockatón de 1999 quedó grabada en la memoria de quienes la vivieron. Fue un momento en el que la música de Medellín demostró que podía ser respuesta, que los músicos, los técnicos, los roadies y el público podían convertirse en una red de solidaridad activa. Veintisiete años después, cuando la tierra volvió a moverse y el país entró en estado de emergencia, ese recuerdo no fue nostalgia: fue combustible. Román, que hoy está también detrás de esta nueva Rockatón estuvo allí en el noventa y nueve y sabe lo que significó. Sabe que aquello no fue un concierto, fue un acontecimiento que le mostró a la ciudad que el rock podía ser mucho más que ruido y rebeldía.

Por eso, cuando la noticia del terremoto recorrió los grupos de WhatsApp y las pantallas de los teléfonos, su reacción fue inmediata, aunque no planeada. No hubo un documento de intención ni una estrategia de comunicación. Hubo un teléfono en la mano y una lista de contactos que empezó a desplegarse como una madeja. ¿Quién se apunta? ¿Quién puede ayudar? ¿Quién tiene un escenario disponible? ¿Quién conoce a alguien que conozca a alguien?

El para qué era claro, ayudar. Pero con una condición que marca una diferencia radical con cualquier otra campaña de recaudación. Esta Rockatón no está pidiendo dinero. Está pidiendo comida, elementos de higiene, pañales, leche, cobijas, cosas para niños, para adultos mayores, para mascotas. No hay transferencias bancarias ni códigos QR para donar. Hay puntos de recepción física y una lógica de ayuda concreta, directa, que no se diluye en intermediarios ni se pierde en burocracias. Román lo explica sin rodeos, no se trata de solucionar el problema de fondo, porque eso excede cualquier esfuerzo artístico. Se trata de aportar desde lo que se sabe hacer, y lo que se sabe hacer es convocar, reunir, producir y poner la música al servicio de quienes más lo necesitan.

Y entonces comenzó el milagro de los dos días.

Porque lo que está a punto de suceder en el Carlos Vieco no es un festival que se haya gestado durante meses. No hay un año de planeación, no hay patrocinadores millonarios, no hay una máquina burocrática detrás. Lo que hay es una red de personas que, en cuestión de horas, empezó a tejer lo que hoy son más de setenta bloques artísticos confirmados para dos jornadas completas. Setenta bandas, solistas, proyectos y colectivos que han dicho que sí sin preguntar cuánto pagan, sin exigir condiciones, sin poner condiciones. Setenta propuestas musicales que van del metal al punk, del reggae al rock, del ska al pop, de la electrónica a lo acústico, y que representan la diversidad de una escena que muchos daban por fragmentada o por muerta.

Pero la Rockatón no es solo música. Es también la gente que trabaja detrás, productores, técnicos de sonido, iluminadores, roadies, ingenieros, comunicadores, fotógrafos, personal de logística y seguridad. Equipos enteros que se han sumado sin contrato ni remuneración. Gente que ha movilizado sus propias herramientas, sus propios vehículos, su propio tiempo. Re-Roadies está ahí. Escenario Vivo, Fusión Logística, Persival, Backline Co., Máximo Nivel, REV Music. Nombres que suenan en el circuito independiente y que han puesto su experiencia al servicio de una causa que no pregunta de dónde vienes, sino qué puedes aportar.

Y hay algo que Román subraya con especial énfasis, no todos los que están participando son personas con las que él hubiera trabajado antes. Muchos aparecieron porque entendieron la causa, porque alguien los llamó, porque un amigo les pasó el contacto, porque vieron la convocatoria en redes y decidieron que querían estar. No hay una lista cerrada de invitados, no hay un comité de selección. Hay una necesidad y una disponibilidad que se encuentran en el camino.

El escenario elegido tampoco es casual. El Teatro al Aire Libre Carlos Vieco Ortiz, en el Cerro Nutibara, tiene una capacidad para aproximadamente mil personas y es uno de los espacios con más historia musical de Medellín. Lleva el nombre de un compositor y músico paisa que dedicó su vida al arte, y para el gestor, cerrar la Rockatón allí tiene un peso simbólico que va más allá de la logística. Inicialmente se barajaron otras opciones, como La Macarena o la Plaza de Eventos, pero los tiempos apremiaban y el Vieco ofrecía las condiciones para hacerlo bien y hacerlo rápido y también se unió a la causa. Y además, hay algo en ese escenario al aire libre, con la ciudad extendiéndose a sus pies, que convierte cualquier concierto en una declaración de principios.

Esto no se hizo con una gran convocatoria institucional ni con un formulario sofisticado. Se hizo llamando gente, escribiendo por WhatsApp, preguntando quién podía ayudar. Un músico llamó a otro, una banda recomendó otra, un técnico consiguió un contacto, alguien consiguió un equipo. Fue creciendo como crecen las cosas en la escena independiente: de persona en persona.

Hay una cifra que suena casi a exageración, pero es real, más de setenta bloques artísticos se van a subir al escenario del Carlos Vieco durante los dos días que dure la Rockatón. Setenta proyectos musicales que van a tocar sin cobrar un peso. Setenta agrupaciones que van a sacar tiempo de sus ensayos, de sus trabajos, de sus vidas, para estar ahí con sus instrumentos, su energía y su disposición a ayudar. Y cuando se dice que no van a cobrar, no es un gesto retórico. Es una decisión concreta que cada banda tomó cuando recibió la invitación.

Román insiste en que esto no es un concurso de popularidad ni una muestra de poder de convocatoria. No se trata de decir “miren cuántas bandas conseguimos”. Lo que realmente lo impresiona es la cantidad de gente que decidió poner lo suyo al servicio de algo que es más grande que cada banda. Porque tocar gratis implica costos reales: transporte, equipos, ensayos adicionales, tiempo de preparación, desplazamientos. Y aun así, la respuesta fue masiva. Nadie preguntó cuánto pagan. Nadie pidió condiciones especiales. Nadie dijo que no porque el escenario fuera pequeño o porque el sonido no fuera el de una gran producción.

Lo que está ocurriendo es exactamente lo contrario a la lógica del mercado musical. En un ecosistema donde los artistas suelen medir su valor por el caché, por el número de seguidores o por la calidad de los escenarios en los que tocan, esta Rockatón está operando bajo una lógica completamente distinta: la de la necesidad compartida. Y esa lógica, cuando se activa, tiene una fuerza que los números no alcanzan a capturar.

Pero hay un matiz que vale la pena subrayar. Cuando alguien menciona que en dos días se levantó un festival con más de setenta bandas, la comparación con eventos como Rock al Parque o Altavoz aparece casi por inercia. Román es el primero en frenar esa conversación. No cree que tenga sentido decir que la Rockatón es mejor o más grande que esos festivales. Son procesos diferentes, con presupuestos, equipos, instituciones y tiempos de preparación completamente distintos. Pero es inevitable pensar, que el rock es masivo, es grande y que en este país se han acostumbrado tanto a los formularios, trabas, audiciones, etc. Que este evento echa por el piso todas las teorías que defienden desde las instituciones, imaginen por un momento que esto lo hubiera organizado el sector público, sencillamente no se hace. Porque lo que la Rockatón ha logrado en cuestión de días —movilizar más de setenta proyectos musicales alrededor de una causa, sin pagarles por tocar, sin una estructura institucional detrás— dice algo sobre la vitalidad de la escena que muchas veces se subestima. Durante años se ha escuchado que el rock está muerto, que la escena está fragmentada, que los músicos solo están pendientes de sus propias carreras, que el público ya no responde. Y de repente ocurre una emergencia y todo eso se desmiente.

El gestor cuenta que la convocatoria no fue un proceso frío de envío de correos ni de llenado de formularios. Fue un proceso humano: llamar, escribir, preguntar. Y la respuesta llegó en forma de cadena. Una banda confirmaba y recomendaba a otra. Un técnico decía que sí y conseguía a un colega. Un productor ofrecía su experiencia y su red de contactos. Así fue creciendo, como crecen las cosas en la escena independiente: de persona en persona. Sin algoritmos, sin campañas pagadas, sin métricas. Con el único motor de la confianza y el compromiso.

Y ahí hay una verdad incómoda para quienes piensan que la cultura solo puede sostenerse con dinero del Estado o con grandes patrocinios. La Rockatón está demostrando que hay otra manera de hacer las cosas. No es la única manera, ni pretende serlo. Pero existe. Y funciona.

Román también reflexiona sobre el papel de la escena en la sociedad. No como entretenimiento, sino como tejido. Un músico de metal, uno de punk, uno de reggae, uno de rock, un productor, un roadie, un periodista o una persona del público pueden trabajar juntos por una misma causa. Eso, para él, es mucho más importante que cualquier cifra de bandas o de asistentes. Porque lo que está en juego no es solo recoger alimentos o elementos de higiene. Lo que está en juego es demostrar que la música puede ser un puente, que la cultura puede ser respuesta, que el arte no es un adorno sino una herramienta.

Y si después de todo esto queda la sensación de que cuando Colombia necesite algo, el rock también puede responder, entonces ya se habrá logrado bastante.

Porque la Rockatón no es solamente el festival. No es solamente el escenario, las bandas, el sonido, la logística o la recolección de ayudas. La Rockatón es la comprobación de que todavía somos capaces de unirnos. Es la evidencia de que, cuando la urgencia llama, la escena responde. No desde la institución, no desde el presupuesto, no desde la burocracia. Desde la calle, desde el WhatsApp, desde el teléfono que suena y la pregunta que se hace una y otra vez: ¿en qué ayudo?

Esa pregunta ha sido el verdadero motor de todo esto. El rock jamás ha estado muerto, está es ahogado en la burocracia de este país y simplemente estaba esperando una razón para volver a encontrarse.

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Colombia

Somberspawn y Altars of Rebellion, el alma nacional que encenderá el ritual con Dimmu Borgir

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La fecha está marcada en el calendario del metal extremo colombiano, el 8 de diciembre de 2026, Bogotá volverá a temblar con el regreso de Dimmu Borgir. La noticia, confirmada por el Bogotá Metal Fest, ha encendido la expectativa de toda una escena que esperaba con ansias el desembarco de los titanes noruegos del black metal sinfónico para la presentación oficial de su nuevo álbum, Grand Serpent Rising. Sin embargo, mientras los reflectores del mundo apuntan hacia el imponente ensamble liderado por Shagrath y Silenoz, el verdadero pulso de la noche no se agota en el cartel internacional. La sangre, el sudor y la oscuridad de esta velada histórica correrán por las venas del underground nacional, representado por dos fuerzas que no son meros teloneros, sino los guardianes del altar que abrirán el ritual: Somberspawn desde Bogotá y Altars of Rebellion desde Pasto.

Desdela capital, Somberspawn llega con la misión de destrozar el hielo y preparar el terreno para la tormenta sinfónica. Esta banda de blackened death metal, fundada en 2018, se ha ganado un lugar de respeto en la escena local gracias a una propuesta de técnica brutal y atmósferas densas, perfeccionada en trabajos como INUMBRATE (2020) e INVOCATE (2024), que ya los posicionan como una de las promesas más sólidas del metal extremo colombiano. Su presencia en el escenario no es casualidad; es el reconocimiento a una constancia que ya les valió ser destacados como una de las presentaciones más superlativas del Rock al Parque en 2025 y uno de los mejores actos de Wacken Metal Battle Colombia. Con letras que exploran los abismos de la ansiedad y el ocultismo, y una puesta en escena de capuchas y ferocidad, Somberspawn será la mecha que encienda la pólvora sinfónica de la noche, demostrando que la nueva sangre colombiana no solo sigue los pasos de los grandes, sino que está lista para competir con ellos en igualdad de condiciones.

Mientras que desde el sur llega la sabiduría ancestral de Altars of Rebellion, una histórica agrupación nacida en Pasto en 1999 que se ha consolidado como un pilar inamovible de la escena nacional. Con más de dos décadas de trayectoria, la banda ha evolucionado desde sus inicios en el black metal melódico hacia un sonido más sinfónico y narrativo, donde el existencialismo y la biomecánica se entrelazan en composiciones de profunda madurez. Altars of Rebellion no es cualquier banda; han representado a Colombia en escenarios internacionales como la final regional del Wacken Metal Battle y han demostrado que es posible filtrar la brutalidad a través de una sensibilidad propia, sin necesidad de copiar estéticas europeas. Su misticismo y su trayectoria serán el contrapeso perfecto para la épica orquestal de Dimmu Borgir, aportando el peso de la tierra y la historia del metal hecho en las montañas del sur.

El Bogotá Metal Fest ha entendido que mantener a la capital en el circuito mundial del metal extremo no es solo cuestión de traer grandes nombres internacionales, sino de construir puentes sólidos con el talento nacional. Dimmu Borgir pondrá la grandilocuencia y el despliegue orquestal con himnos atemporales como “Mourning Palace”, “Puritania” o “Progenies of the Great Apocalypse”, pero serán Somberspawn y Altars of Rebellion quienes pongan la carne, el sudor y la oscuridad genuina de la tierra colombiana.

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