Contáctanos

Colombia

Del talento ajeno al negocio propio: Los parásitos del rock

Publicado

en


Les va a doler… este artículo no está hecho para complacer a nadie sino para incomodar. Seguramente va a causar escozor en muchos porque toca fibras sensibles en un ecosistema donde muchos han vivido cómodamente a costa del trabajo ajeno durante años. Pero es un escrito necesario. Porque si la música —y en especial el rock— quieren avanzar en este país, primero tiene que deshacerse de los parásitos que se han enquistado en su cuerpo, esos que se llaman a sí mismos “agentes de la industria musical”, pero que rara vez están al servicio del artista. Este texto no es un ataque gratuito. Es una denuncia urgente respecto a un grupo de personas que ha estado minando a nombre de las artes creyendo que hacen un favor.

En las últimas dos décadas, el discurso de la “industria musical” en Colombia ha ganado terreno en los espacios institucionales, académicos y comerciales. Este relato impuesto por las ideologías del nuevo milenio ha impulsado la idea de una cadena de valor cultural organizada, donde múltiples actores (músicos, managers, curadores, bookers, productores, entre otros) trabajan de forma articulada para construir una economía sólida alrededor de la música, pero si nos colocamos a observar la práctica diaria en escenarios locales, especialmente en contextos alternativos o independientes nace una paradoja: la mayoría de los llamados “agentes de la industria” no construyen procesos reales con los músicos, sino que se sostienen gracias a ellos, parasitando y capturando recursos y legitimidad simbólica sin rendir cuentas ni mostrar resultados verificables.

El término “agente de la industria musical” no tiene una definición unívoca, lo usan para todo, puede referirse a una serie de profesionales que participan en la creación, circulación, distribución y promoción de música, es decir managers, promotores, curadores, productores, disqueras, distribuidores digitales, entre cientos que se inventan cada día y su función, en teoría, es actuar como puentes entre el talento artístico y las oportunidades del mercado o la institucionalidad cultural… en teoría.

En Colombia, esta categoría ha sido promovida por políticas públicas, por plataformas institucionales publico-privadas y también por monopolios disfrazados y protegidos por el Estado como Sayco y un ecosistema emergente de ferias, ruedas de negocios y encuentros académicos eterno. Y obvio esto no es algo malo, es algo necesario, pero siendo honestos, esta “profesionalización” ha sido más discursiva que estructural y ha generado una figura que muchas veces funciona sin reglas, sin códigos éticos y sin evaluación objetiva, no todos los espacios son inútiles, pero si hay muchos que están sublimados y que solo les sirve a los organizadores y no a los músicos, hemos asistido a cientos de estos encuentros no solo en el país sino en el exterior y la verdad es difícil encontrar la oportunidad real para el músico entre tanto charlatán.

Uno de los problemas más graves, es que precisamente son los músicos, especialmente los independientes, lo que no acceden a estos agentes como aliados, sino como obstáculos o intermediarios interesados. Se repite una dinámica de dependencia vertical en donde el agente se aproxima al artista no para construir un proceso, sino para aprovechar su potencial, su visibilidad o su funcionalidad estratégica, son personas que se asocian a artistas sólo cuando estos ya tienen reconocimiento local o nacional, sin haber contribuido a su desarrollo. Gestores culturales que viajan a ferias internacionales usando a músicos como carta de presentación sin que eso genere circulación efectiva de la obra. Curadores que repiten programaciones con los mismos artistas o redes de confianza, restringiendo la rotación de oportunidades y replicando modelos clientelares.

Esto es una forma de extractivismo simbólico, lo cual quiere decir que los artistas producen el contenido, el valor cultural, el relato de identidad y los tales agentes extraen ese valor para sostener su propia legitimidad profesional.

Lo que es preocupante acá, es que muchos de estos “agentes” operan sin estructuras empresariales formales, sin contratos, sin indicadores de impacto ni rendición de cuentas, casi siempre son trabajadores informales o freelance con poca o nula formación pero con muchos “amigos” y mucha capacidad para circular por los espacios de poder cultural, participar como jurados, ser invitados a paneles, o acceder a convocatorias institucionales. Algún día en su mente dijeron “vamos a ser agente musical” y se autonombraron porque así lo permite la informalidad de la cultura de este y otros países y a eso ahora le llaman “networking” otra de las palabras que se apropiaron para darle seriedad al asunto.

Esta falta de formación, sumada a la captura del discurso de la profesionalización, lo que ha logrado es nada más que un ecosistema en el que lo simbólico reemplaza lo funcional, los agentes son validados por sus apariciones, no por sus resultados; por sus redes, no por sus procesos; por su presencia institucional, no por su eficacia con los músicos, ellos en su mente son los “rockstars” y así es que se ha consolidado un modelo de visibilidad sin circulación, donde la industria es más una escenografía que una red productiva real y el músico es el sujeto precarizado, especialmente el músico emergente, que queda relegado a un lugar de fragilidad, sin acceso directo a circuitos de circulación, sin poder negociar con entidades públicas y muchas veces sin herramientas legales o empresariales, incluso vetado muchas veces, el artista entonces cree que depende de estos agentes que se autoerigen como mediadores naturales.

Y todo esto se vuelve aún más tóxico cuando se institucionaliza, por ejemplo con convocatorias que exigen alianzas con agentes para poder postularse, jurados de estímulos que pertenecen a los mismos círculos de gestión o curaduría, ferias donde los artistas pagan por “educación” y contactos sin retorno real y el resultado es lo que hemos visto durante años… un ecosistema vertical, elitista y cerrado en donde la promesa de industria oculta una lógica de exclusión y cooptación.

¿Quién de los cientos de miles de agentes que parasitan en la música nacional es transparente? Usa contratos claros, compromisos medibles, rendición de cuentas a los artistas ¿Cuántos tienen formación real? capacitación en gestión, derechos, producción y desarrollo de audiencias o suelen operar desde entidades formales, no desde la improvisación personal ¿Cuántos en realidad tienen ética profesional o se centran en el artista y no en el beneficio propio?

Sin una base estructural sólida, una formación ética y un modelo de trabajo centrado en el artista, no hay industria real, sino un teatro de profesionalización vacío y profundamente desigual. Es muy cómico que en Colombia se conocen más algunos nombres de estos personajes que de los mismos músicos y creadores porque la tal industria sigue siendo un show.

Uno de montajes más increíble del ecosistema musical colombiano de hoy, es la existencia de una red cada vez más “famosa” de agentes culturales que en lugar de abrir caminos, se dedican a izar las banderas de sus propios egos, se presentan como gestores, curadores, promotores o asesores que salvaran al músico, pero que su práctica diaria no está centrada en la música, sino en el hambre y en el posicionamiento de su imagen como “profesionales del sector”, hasta se maquillan y se peinan para esto. La música, en ese esquema se convierte en una excusa útil, un decorado de fondo para una carrera personal construida sobre la visibilidad simbólica.

A estos “agentes” les gusta operar desde una narrativa de profesionalización, de industria, de desarrollo de públicos, de internacionalización… pero la realidad, lo que se observa es una maquinaria informal, ineficaz y oportunista, utilizan el lenguaje creado para ignorantes como el de la “economía naranja” y “la circulación cultural” pero sus acciones giran en torno a capturar recursos del Estado, obtener viajes a festivales, participar en ruedas de negocio donde rara vez hay acuerdos reales y sobre todo, alimentar sus propios nombres, es decir el favor invertido, el gesto de arrogancia institucionalizada, ellos creen y juran que le están haciendo al artista “un favor”.

Una característica odiosa de este tipo de agente es la forma en que trata al músico. Actúan como si trabajar con un artista fuera un acto de generosidad, como si el hecho de incluir a un músico en una feria, una playlist o una charla fuera un regalo que él otorga desde una posición superior, es una lógica pedante que invierte por completo la relación de valor, se les olvida que es el músico el creador del contenido, el portador del riesgo y el productor central, pero ellos lo tratan como un beneficiario pasivo que debe estar agradecido por ser gestionado y la verdad con la necesidad en la que casi todo viven, dejan que pase, lo permiten, agachan la cabeza… Sí, por favor ayúdeme.

Este trato paternalista y jerárquico es evidente en el uso de convocatorias públicas, muchos de estos agentes construyen su “trayectoria” presentándose año tras año a becas, estímulos y apoyos culturales donde el músico es la fachada del proyecto, pero la intención real es la remuneración del gestor y lo peor es que lo logran, la mayoría lo logra. El arte queda subordinado a la viabilidad administrativa. En este modelo, el agente no trabaja para el músico; el músico trabaja para que el agente cobre y lo peor es que eso ya es una normalidad, se logró el monopolio de oportunidades y cierre del ecosistema en manos de lo que podemos llamar “parásitos”.

A estos agentes les fascina monopolizar los espacios, lejos de abrir oportunidades o descentralizar los circuitos, les encanta reproducir sus propios círculos de confianza, recomendando a los mismos artistas en todas las ferias, participando como jurados de convocatorias donde luego aparecen como ganadores, e incluso asesorando procesos que ellos mismos luego integran y por supuesto destruyendo y despotricando de los que no les caen bien, acabándolos con lenguas viperinas para que “no se metan en su camino”. Y el resultado es una red de cooptación y deshonestidad que cierra las puertas al artista emergente, al gestor regional o a las propuestas no alineadas con el discurso dominante y asi se ha creado así una casta simbólica de gestores culturales que gira en torno a sí misma, que aparecen en los mismos paneles, dictan los mismos talleres, asisten a las mismas ferias y producen una y otra vez el mismo relato: que Colombia tiene una industria musical emergente gracias a ellos. La música, en este discurso, queda reducida a ilustración, a contenido de fondo para una narrativa personal que no siempre se traduce en beneficios reales para los artistas.

Pero acuérdense siempre… sin el músico, no hay agente.

El agente cultural sólo tiene sentido en la medida en que su acción esté al servicio del artista, si no abre puertas, si no genera circulación, si no construye procesos sostenibles, no está siendo un agente, está siendo un intermediario simbólico que se apropia del valor ajeno. Y si, además, se comporta con arrogancia o sentido de superioridad, se convierte en una distorsión peligrosa de la cadena de valor cultural, en una industria musical justa, los gestores son aliados, no protagonistas, trabajan por el crecimiento de los artistas, no por el brillo de su propia firma, no monopolizan los espacios, los multiplican. No se sirven de los músicos…los sirven ¿Les suena familiar?

El gran error de este modelo no es sólo ético sino es estratégico, porque una escena musical fuerte no se construye desde los currículos de los gestores, sino desde la solidez, la autonomía y la visibilidad de sus artistas. Sin músicos, ningún agente existe. Y sin respeto por los músicos, ninguna industria es legítima.

Colombia

Estos son los ganadores de los Premios Subterránica Colombia en su edición XVII

Publicado

en


La catedral del rock vibró con una nueva edición de la noche más importante para la escena underground del país. El Ace of Spades de Bogotá fue el epicentro de una celebración que ratificó el poder de una comunidad que crece, se reinventa y resiste.

En la madrugada de este viernes aún retumbaban los acordes y los ecos de los discursos en el Ace of Spades, luego de que la noche del 30 de abril se llevara a cabo la XVII Entrega de los Premios Subterránica Colombia. Bajo el concepto “Constructores de sonidos y sociedad” , la ceremonia no solo galardonó a lo más destacado de la música pesada y alternativa del país, sino que se consolidó como una férrea declaración de principios: el movimiento independiente está más vivo y brutal que nunca.

Como es tradición el evento agotó localidades, registrando un lleno total, la cita no solo convocó a la escena bogotana, sino que se convirtió en un punto de encuentro nacional. Músicos, gestores culturales, fotógrafos y seguidores llegaron desde distintas regiones del país, confirmando que el espíritu de Subterranica ha trascendido fronteras departamentales para convertirse en un movimiento cultural de primer orden.

La velada estuvo marcada por un ambiente de hermandad y fiesta, pero también de reivindicación. Durante su intervención, los organizadores de la Fundación Museo del Rock Colombiano y la plataforma Subterránica hicieron hincapié en el crecimiento exponencial de los premios. Con más de 300 pre-nominaciones recibidas en esta edición y un total de 193 nominaciones distribuidas en 31 categorías, los números reflejan la vitalidad de una escena que se niega a desaparecer del mapa cultural del país .

“Estos premios dejaron de ser solo un reconocimiento al talento. Somos el termómetro de la cultura alternativa en Colombia y el galardón más importante del género en el continente. No somos uno más, sencillamente somos los únicos”, destacó la voz oficial del evento durante la ceremonia, haciendo referencia al concepto que ha llevado a Subterránica a posicionarse como un movimiento sin parangón en la región .

La diversidad fue otro de los grandes protagonistas de la noche. Aunque el Metal sigue siendo el género predominante, la edición “Constructores de sonidos” evidenció una fuerte apertura a la fusión, el experimentalismo y los cruces con lo folclórico . Asimismo, se destacó la creciente participación femenina en el ecosistema del rock, que ronda el 25% del total de influencia, especialmente en roles de vocalización, gestión y creación visual .

Geográficamente, la velada reflejó el cambio de paradigma en la distribución del talento. Si bien Bogotá sigue siendo el epicentro con un alto porcentaje de representación, ciudades como Medellín y Pasto se consolidan como polos fundamentales de creación, seguidas de cerca por Cali, Pereira, Sincelejo y el Meta . Bandas como Under Threat, quienes lideraron el número de nominaciones, junto a Soul Desease, Psychopath Billy y Las Tres Piedras, demostraron con su presencia y victorias que la escena ya no se entiende sin el flujo constante de creadores provenientes de todo el territorio nacional.

La noche transcurrió entre aplausos, presentaciones en vivo que hicieron retumbar las paredes del recinto y momentos de fuerte carga emotiva, especialmente en las categorías dedicadas a la memoria de la escena (como el Premio Juliana Gómez Tarrá) y en los homenajes especiales a Mauricio Batori Pardo y a Hugo Bohorquez.

Esta XVII edición no fue una simple entrega de premios; fue la constatación de que la escena independiente colombiana ha madurado para convertirse en una industria cultural respetada y feroz.

Categorías Principales

Artista del Año

Masacre (Medellín)

Disco del Año

Brainblast – Colossus Suprema (Bogotá)

Canción del Año

Indefinido – Camargo (Bogotá)

Premio Juliana Gómez Tarrá al Artista Nuevo del Año

Natyvo (medellín)

Categorías Individuales

Mejor Voz

Andrea Puerta Bernal – Athémesis (Medellín)

Mejor voz gutural

Diego Melo – Neurosis (Bogotá)

Mejor Guitarrista

Juan Carlos Burbano – Under Threat (Bogotá)

Mejor Bajista

Jean Jiménez – Soul Desease (Bogotá)

Mejor Baterísta

Cesar Quintero – Athemesis, GOC, Craneo (Medellín)

Categorías por géneros

Mejor Banda Fusión, modernizaciones, tropidelia o folclorizaciones

El santo hereje (Bogotá)

Mejor Banda de Metal (Todos los géneros)

Vitam et mortem (Carmen del Viboral)

Mejor Banda de Rock (Rock, hard rock)

Ennui

Mejor Banda de Punk / Hardcore

Infested Co. (Bogotá)

Mejor Banda Progresiva / Experimental / Post-Rock / post punk

Las tres piedras (Pasto)

Mejor Banda blues, jazz o blues-rock

Vanegas Blues (Cali)

Categorías escena en vivo

Mejor Show en Vivo

Rain of Fire (Tulua)

Mejor Gira Nacional o internacional

Las Tres Piedras – Gira Colombia y México (Pasto)

Mejor Festival Independiente

Festival Metal de las Montañas XX años (Bogotá)

Mejor Venue de Rock

9th Avenue (Cali)

Mejor letra del año

Cartas Suicidas – Mandingasea (Bogotá)

Categorías periodismo de Rock y contenido

Mejor Medio de Rock

Oscura Radio TV (Bogotá)

Mejor Artículo, crónica o entrevista de Periodismo Musical

Geraldine de la Hoz, Diario La Libertad Barranquilla – El eco eterno del vinilo: El legado incombustible del rock barranquillero

Mejor Cobertura de la Escena

Lobotomía (Bogotá)

Mejor Podcast o Programa Radial Rock

El Show del Mutuo Elogio (Medellín)

Mejor Fotografía Musical

Alexis Cañón

Categorías Audiovisual y estética

Mejor Videoclip

2030 nuevo orden mundial (Brain Voltaje)

Mejor Arte Gráfico / Portada

Colossus Suprema – Brainblast (Bogotá) El arte del disco fue creado por el diseñador francés Pierre-Alain D. (3mmi Design)

Categorías en gestión cultural, industria y autogestión

Mejor Gestor/a Cultural

Juna Carlos Obando – Por su gestión labor sostenida que combina formación, circulación y producción con su Fundación Rey Largarto en Pasto y la parte sur del país. (Pasto)

Mejor Proyecto Comunitario desde el Rock

Sonrisas de plástico (Bogotá) 29

Categorías Subterránica

Premio Subterránica

Richard Torres de Todo en Fase por su colaboración en audio en los eventos de Subterránica y Wacken Metal Battle (Bogotá)

Ricardo Florian por su resistencia y la construcción de su proyecto Feel Connections. (Bogotá)

Homenajes Especiales

Hector Carmona Amaya (Luciferian) Por 30 años de Black Metal en Colombia (Pereira)

Masacre por su trayectoria de 30 años y su lucha por el sonido extremo de Medellín (Medellín)

Cromlech por sus 30 años de trayectoria independiente. (Medellín)

Premio a toda una vida a Francisco Nieto. (Bogotá)

Continúa leyendo

Colombia

Treinta Años de oscuridad: Luciferian y el nacimiento del lamento negro

Publicado

en


Hay discos que se escuchan y hay discos que se viven, que se sufren, que se sangran. “Where Rivers of Sorrow Flow” la más reciente obra de la banda colombiana Luciferian, pertenece sin duda a esta última categoría. Lejos de ser un simple álbum de aniversario, esta producción de Melodic Black Metal se erige como un monumento al dolor más crudo, una catarsis colectiva que celebra tres décadas de existencia no con fuegos artificiales, sino con las cenizas de una experiencia terrible que marca vidas y que solo quienes la vivieron la pueden entender a profundidad, este no es un disco para celebrar… Es un disco para sobrevivir.

Para entender la magnitud de esta obra, hay que mirar directamente al alma de su creador, Héctor Carmona, fundador, guitarrista y voz de la banda desde su nacimiento en Armenia en 1996, Carmona ha transitado un camino que pocos músicos en el país se atreven a pisar. Treinta años después, la celebración no podía ser la típica fiesta de aniversario, en cambio, la banda se sumergió de lleno en una producción que funciona como un exorcismo sonoro y una catarsis de vida.

El resultado es un libro de lamentaciones, cada riff, cada golpe de batería y cada línea vocal están impregnados de una desolación que trasciende lo musical. Es la sensación de estar al borde del abismo, de mirar hacia atrás y ver tres décadas de sacrificios, de penurias y de una lealtad inquebrantable a un ideal oscuro. Ese es el verdadero peso de “Where Rivers of Sorrow Flow”.

En Colombia el metal extremo siempre ha luchado por encontrar su lugar, Luciferian se ha consolidado como una de las bandas con mayor proyección internacional, acumulando más de 123 conciertos internacionales y siendo teloneros de titanes como Mayhem, Immortal, Marduk y Behemoth y es precisamente esta trayectoria la que hace que este nuevo álbum sea tan impactante.

Este disco sin duda es el más crudo de su catálogo, no en lo musical, en el concepto. Mientras que en el pasado la banda exploró sonidos más directos dentro del black metal, aquí se permiten un nivel de vulnerabilidad que sorprende. La inclusión de piezas vocales melódicas no busca suavizar el dolor, sino acentuarlo, creando un contraste desgarrador entre la brutalidad visceral y la belleza funesta. Para quienes aman el género, ya pueden ser considerado un antes y un después en la historia del black metal nacional, elevando la vara lírica y emocional del género en el país.

Y si el corazón del disco es el sufrimiento de Carmona, sus huesos son la batería de Edixon Sepúlveda. La percusión en este álbum no es un solo acompañamiento rítmico; es una fuerza de la naturaleza. Sepúlveda despliega una ejecución visceral que va desde el blast beat agotador hasta golpes pausados y ceremoniales que parecen latidos de un moribundo, es difícil encontrar bateristas compositores que no sean solo acompañamiento.

Es en la interacción entre la guitarra melódica y esta batería implacable donde el álbum alcanza su clímax emocional, la sensación es la de estar atrapado en una tormenta perfecta, la furia del black metal más ortodoxo fusionada con la melancolía épica de un lamento fúnebre. La producción captura esa esencia cruda, evitando la pulcritud excesiva para mantener la autenticidad de la sangre derramada en el estudio.

El arte de la portada es la llave de entrada a la narrativa del disco. Sin necesidad de escuchar una sola nota, la imagen ya advierte al espectador sobre el viaje al que está a punto de someterse. La portada está cargada de simbolismo, repleta de elementos oscuros que funcionan como jeroglíficos del dolor.

Estos símbolos no son coincidencia, son el reflejo visual de la narrativa interna del disco, cada detalle gráfico acompaña y potencia la historia que las canciones cuentan, sumergiendo al oyente en una experiencia multimedia donde la vista y el oído se unen en un mismo punto de desolación. Es un recordatorio de que, en el black metal, la estética es parte esencial del ritual y Luciferian siempre ha sido pionero en esto, quienes los han visto en vivo saben que sus shows son más un ritual que un concierto.

Para entender la manitud del sacrificio de Luciferian, es imposible ignorar el documental noruego “Blackhearts” (2017). Esta producción siguió a tres bandas de black metal en contextos muy diferentes, una de Irán (donde tocar este género puede ser castigado con la muerte), una de Grecia vinculada a la ultraderecha y la colombiana Luciferian. Están invitados a ver el documental para sumergirse en la mente y vida de esta banda colombiana que ha logrado trascender fronteras.

Ese espíritu de “sacrificarlo todo” que se ve en el documental, es el mismo que impregna “Where Rivers of Sorrow Flow”. La mejor (y peor) forma de celebrar 30 años de carrera era enfrentar el dolor de frente, convertirlo en arte y ofrecerlo como un tributo sangrante a la oscuridad que los ha mantenido vivos durante tanto tiempo.

Bienvenidos al río de penas que fluye en donde no hay salvavidas que valga la pena.

Continúa leyendo

Colombia

Los sepultureros del Rock: Critican concursos, premios y festivales y aplauden la corrupción mientras entierran el rock con su lengua. Radiografía del Rock Colombiano.

Publicado

en

En Colombia, aunque son pocos, existen algunos artistas que les fascina criticar todo lo que se hace por ellos. Repito, no son muchos, pero algunos arman escándalos tales que a veces terminan hasta enfrentando procesos legales por calumnia o injuria o peor aún, influyendo en mentes cortas que creen cualquier cosa. Es una práctica muy colombiana, hablar sin saber, criticar solo por odio, por desprecio, lo que sucede acá es que esos artísticas (Y acá hablando específicamente de los músicos de rock que lo hacen) lo que están es hundiendo cada vez más lo poco que nos queda de escena y en lugar de construir lo que hacen es cavar más y más la tumba del género. Creyendo en su mente que son rockstars, pero lo que se puede concluir es que lo hacen más por cobardía o miedo. Hoy les traigo un artículo que tiene toda la paciencia para explicar algo que ya deberían saber, pero que parece que no quieren aceptar. Si logran leerlo todo, porque tampoco leen, entenderán por qué esa actitud no es solo atrofiada, sino que también afecta a muchos que usted ni conoce, es decir, no solo está cavando su propia tumba, sino que la de los demás y alimentando la constante corrupción en las artes del país.

Decir y pensar que “El arte no es competencia” es una mentira romántica, eso no existe. En todo el mundo, en toda la historia, la música siempre ha sido una competencia. Mozart competía con Salieri. Los Beatles competían con los Rolling Stones. Las bandas de punk competían por tocar más rápido, más sucio, más fuerte. El rock and roll nació en un concurso de talentos en la televisión estadounidense. ¿O usted cree que Elvis ganó el concurso de la Louisiana Hayride porque no estaba compitiendo?

La competencia no mata el arte, la competencia lo afila, porque usted no mejora tocando en su sala de ensayo, solo, frente al espejo. Usted mejora cuando sube a un escenario, mira al lado y ve a otra banda que toca mejor que usted. Ahí es cuando le dan ganas de llorar, de volver a casa, de practicar ocho horas al día, de romper la guitarra y comprarse una nueva, eso se llama crecer, a todos nos ha pasado y la competencia es el suelo donde eso crece.

Entienda que los concursos no son para que usted gane, son para que usted se vea. El que se inscribe en un concurso pensando únicamente en el premio, ya perdió. El premio es secundario. Lo que importa es el escenario, el público nuevo, los jurados que lo ven, los organizadores que lo anotan en su libreta, las otras bandas con las que comparte camerino. Eso es “crear escena”. ¿Y cómo se crea escena? Pegándose con otros, mirándose de frente, sudando en el mismo escenario, no publicando memes en Instagram.

Usted puede odiar a los jurados, puede pensar que son unos vendidos, puede estar seguro de que el premio se lo van a robar, pero mientras usted está ahí, arriba, tocando, hay 50 o 100 personas que no lo conocían y ahora saben su nombre. Hay un periodista que le pidió su contacto. Hay un dueño de un bar que le dijo “me gustó su show, venga a tocar acá”. Eso no lo consigue usted encerrado en su casa quejándose de que el sistema es una mierda.

No se trata de competir, se trata de que el público tenga una razón para elegirlo. Usted quiere que la gente escuche su música y que tal vez le paguen por tocarla. Muy bien. ¿Por qué deberían escucharla a usted y no a la banda de la esquina? ¿Por qué deberían pagar la entrada a su show y no al de los otros cuatro que tocan el mismo día? ¿Por qué deberían comprar su disco si pueden piratear el de alguien más?

La respuesta es fácil, porque usted es mejor o porque es más interesante. O porque toca más duro. O porque tiene mejor puesta en escena. O porque sus letras duelen más. Pero para saber si es mejor, tiene que medirse. Y la forma de medirse es subiéndose a un ring que se llama concurso, festival, toque, o simplemente la calle donde toca usted y al lado toca otro. El público elige. Eso es una competencia. Siempre lo ha sido. Negarlo es de ingenuo o de cagón.

Los que insultan los premios son los que nunca han estado cerca de ganar uno. Duro, pero cierto. Busque en su ciudad al músico más hocicón contra los concursos. El que más escupe contra las acciones de los gestores independientes. Ahora pregúntele ¿usted se ha presentado alguna vez? ¿Llenó los requisitos? ¿Mandó la inscripción? ¿Pasó el primer filtro? Lo más probable es que le diga que no, que “para qué”, que “eso es una pérdida de tiempo”. Claro, porque si no se inscribe, no pierde. Y si no pierde, no tiene que enfrentar el hecho de que tal vez su banda no es tan buena como él cree.

El concursante, incluso el que pierde, tiene más huevos que el que se queda en la casa insultando. Porque el concursante se arriesgó a que le dijeran “no”. El concursante puso su música frente a otros, la midió, la comparó, y aunque haya perdido, aprendió algo. El que insulta desde el sofá no aprende nada. Solo se pudre en su propia bilis.

Usted no tiene que creer en el premio. Tiene que creer en el escenario. Si usted no cree en los jurados, está bien. Si usted cree que el premio se lo roban, también. Pero el escenario no miente. El escenario es un termómetro. Usted sube, toca, y la gente —esa que no sabe ni quién es usted— decide si se queda o se va. El público es el único jurado que importa. Y el público no vota por correo, no tiene padrinos, no recibe sobornos. El público aplaude o se va a tomar cerveza. Así de simple.

Los concursos le dan acceso a ese público. Aunque usted pierda, aunque el jurado sea un asco, aunque el premio se lo lleve la banda que usted cree que es peor, el público que lo vio no sabe nada de eso. El público solo sabe que usted tocó bien o tocó mal. Y si tocó bien, se ganó a 50 personas que antes no lo conocían. Eso no se lo quita nadie.

No sea idiota. El mundo es una competencia. Usted compite por un puesto en la universidad. Compite por un contrato de arrendamiento. Compite por una cita médica en la EPS. Compite por el puesto de trabajo. Compite por el espacio en la radio. Compite por el último concierto del año en el bar del barrio. Todo es competencia. ¿Por qué la música tendría que ser la única zona libre de competencia? ¿Por qué usted tendría derecho a que lo escuchen sin tener que ganárselo?

La música no es un derecho, es un privilegio que se gana y se gana tocando mejor que el otro, se gana escribiendo mejor que el otro, se gana moviéndose mejor que el otro, se gana siendo más constante, más profesional, más audaz, conquistando público. Eso es competencia. Y si usted no quiere competir, bien, quédese en su casa, toque para su mamá, publique sus canciones en YouTube y espere el milagro. Pero no insulte al que sí tiene los huevos de subirse al ring, porque ese, aunque pierda, está haciendo más por la escena que usted en toda su vida.

Ahora, si usted es de los que insultan, le propongo algo, el próximo concurso, inscríbase. No por el premio, por demostrarse que tiene huevos. Y si pierde, pierda bien. Aprenda. Vuelva el año siguiente y toque mejor. Y si gana, no se le suba a la cabeza. Porque al otro día, en la esquina, va a haber otro pelao con una guitarra más barata que la suya, tocando mejor que usted. Y ahí vuelve a empezar la competencia.

Así funciona el mundo. Así funciona la música. Siempre ha sido así. Negarlo es de idiotas. Usted no lo es. Por eso está leyendo esto. Ahora deje de quejarse y póngase a tocar.

Ustedes critican los concursos independientes. Dicen que son injustos, que son una pérdida de tiempo, que el arte no debería competir. Pero cuando se trata de Idartes —que ya tiene hallazgos fiscales y denuncias por corrupción— ustedes no solo callan… se arrodillan. Hacen fila. Lamen las botas del funcionario de turno. ¿Por qué? Porque Idartes paga. Porque el Estado tiene la chequera gorda. Porque ustedes no buscan música, buscan plata. Y la plata, venga de donde venga, les parece buena.

Hablemos con datos, no con opiniones.

La Contraloría ya encontró irregularidades. No es un secreto. La Contraloría de Bogotá ha auditado los festivales de Idartes —Rock al Parque, Hip Hop al Parque— y ha encontrado sobrecostos, contratos amañados y falta de transparencia en la asignación de recursos. No es “yo creo”. Es el ente de control del Estado diciendo que la plata de los impuestos se maneja mal. Y esos hallazgos están en informes públicos. ¿Usted los ha leído? Seguro que no. Porque si los hubiera leído, no podría defender a Idartes con la misma boca con la que critica los concursos independientes.

Los curadores lo han dicho en voz alta. Uno de ellos, en una entrevista que quedó grabada, dijo textualmente: “Siempre van a estar los mismos, porque son los que conocen el proceso” . Esa frase es la confesión de un sistema cerrado. No importa cuántas bandas nuevas aparezcan. No importa cuánto talento esté por fuera. Los mismos nombres, los mismos amigos, los mismos de siempre. Eso no es curaduría. Eso es una rosca.

Y cuando usted señala eso, lo tildan de “amargado”, de “perdedor”, de “gente que no sabe perder”. Pero el que no sabe perder no es usted. El que no sabe perder es el que lleva quince años en la misma convocatoria, ganando una y otra vez, mientras otros se pudren en la puerta.

Los bookers son amigos entre sí. Revise los contratos de Idartes. Revise quiénes son los proveedores de producción técnica, los curadores, los jurados, los gestores. Son los mismos apellidos, las mismas empresas, los mismos colectivos. Unos son contratistas, otros son jurados, otros son programadores. Y entre todos se recomiendan, se premian, se contratan. Eso se llama conflicto de interés institucionalizado. No es una teoría de la conspiración. Es una red documentada.

Nunca tienen problemas. A pesar de los hallazgos de la Contraloría, a pesar de las denuncias públicas, a pesar de que cualquier persona con dos dedos de frente puede ver que el sistema está podrido, ellos siguen ahí. No pasa nada. Nadie va a la cárcel. Nadie devuelve la plata. Nadie pierde su puesto. ¿Por qué? Porque el sistema está blindado. Porque los que fiscalizan son los mismos que otorgan los contratos. Porque la ley en Colombia es de papel mojado.

Ustedes se someten porque quieren el dinero del Estado. Ahí está la verdad que duele. Ustedes no defienden a Idartes porque sea transparente. Lo defienden porque les ha dado de comer. Porque alguna vez les aprobaron un proyecto, les pagaron una gira, les financiaron un disco. Y eso, aunque venga de un sistema corrupto, les sabe a gloria. Por eso callan. Por eso no denuncian. Por eso critican a los concursos independientes —que no tienen plata del Estado pero sí tienen reglas claras— y aplauden a Idartes —que tiene plata pero tiene el proceso podrido.

Ustedes son dobles. Ustedes son falsos. Critican los concursos independientes porque no pueden manipularlos. Porque no tienen un amigo adentro. Porque el jurado no es el compadre. Pero se arrodillan ante Idartes porque ahí sí tienen quien los recomiende, quien les pase el dato, quien les acomode la convocatoria.

Eso no es coherencia. Eso es conveniencia. Y la conveniencia, en un músico, es la antesala de la mediocridad.

No me vengan con discursos de pureza artística. No me vengan con que el arte no es competencia. Ustedes compiten todo el tiempo, por un puesto en Idartes, por un contrato con el Ministerio, por una invitación a un festival. Solo que quieren competir con ventaja. Y cuando la ventaja no está, lloran.

Así que ya saben. Los concursos independientes tienen reglas. Idartes tiene hallazgos fiscales. Ustedes pueden seguir arrodillados. Yo prefiero seguir trabajando.

Ese es el cierre. No es una opinión. Es un señalamiento con pruebas. Y si después de eso alguien sigue defendiendo esa hipocresía, ya no es un ingenuo. Es un cómplice. Y los cómplices no merecen más argumentos. Merecen que los señalen con el dedo mientras los demás seguimos construyendo.

Cada vez que abren la boca y creen que están haciendo crítica. Lo que están haciendo es cavando la tumba del rock bogotano.

Porque cada vez que insultan un concurso independiente, un festival independiente, unos premios, un proceso, de esos que organiza un tipo que puso plata de su bolsillo, que duró noches sin dormir imprimiendo afiches, que pidió prestado para pagar el sonido, ustedes no están defendiendo el arte. Están matando la iniciativa. Están espantando a los que vienen atrás. Están diciéndole al que apenas empieza ‘para qué te esfuerzas, si al final te van a escupir’.

¿Y qué logran con eso? Que la escena se vuelva más pequeña. Que los espacios cierren. Que los organizadores digan ‘no más’. Que las convocatorias se acaben porque nadie quiere poner la cara por un público que lo único que sabe hacer es quejarse. Eso es lo que logran: un desierto. Un silencio. Un vacío donde antes había al menos la intención de hacer algo. ¿Cuántos gestores se han retidado hartos, hartos hasta la madre de los músicos pendejos?

Y no contentos con eso, se meten en peleas legales, se enemistan con el que les ofreció un escenario. Insultan al que les prestó una consola. Convierten el rock en un juzgado. Y mientras ustedes se pelean por quién tiene la razón, los reguetoneros se están llenando de plata, los espacios se están convirtiendo en discotecas de electrónica, y el rock —el rock que ustedes dicen defender— se está muriendo en una bodega solo, esperando que alguien le preste atención.

Pero ustedes no ven eso. Ustedes ven al enemigo en el que organizó un concurso. Ven al enemigo en el jurado que no los eligió. Ven al enemigo en el músico que ganó. Y en esa paranoia, se olvidan del verdadero enemigo… el que no quiere que el rock exista. El que cree que el rock es ruido de pobres. El que financia reguetón y vallenato y lo que sea que no piense. Ese enemigo sí es real. Y mientras ustedes pelean entre ustedes, él se ríe.

Así que ya cierren la boca o pónganse a construir.

Si no les gusta un concurso, hagan el suyo. Si no les gusta un premio, creen el suyo. Si no les gusta un jurado, organicen uno mejor. Pero dejen de romper. Dejen de joder. Dejen de escupir para arriba.

Porque el rock bogotano no está jodido por la falta de plata. Está jodido por gente como ustedes, que prefiere quejarse a hacer. Que prefiere enfrentar una demanda a construir. Que prefiere tener razón a tener escena.

Y yo les digo esto con toda la rabia que me queda, si ustedes siguen así, cuando el rock bogotano se muera del todo, no va a ser culpa del Estado, no va a ser culpa del reguetón, no va a ser culpa de la falta de recursos. Va a ser culpa de ustedes. De su lengua podrida. De su incapacidad de ver que el otro no es un enemigo, es un compañero de viaje. De su obsesión por tener la razón mientras el barco se hunde.

Así que ya decidieron. Pueden seguir siendo el martillo que rompe. O pueden aprender a ser la mano que construye. Pero no se hagan los sorprendidos cuando la escena se caiga a pedazos y ustedes se queden solos, en un bar vacío, quejándose de que nadie los quiere.

Porque la escena no la mató el enemigo. La mataron ustedes. Con cada crítica estéril. Con cada insulto. Con cada mierda que tiraron contra el que estaba poniendo el hombro. Ustedes son los sepultureros del rock bogotano. Y cuando terminen de enterrarlo, no les va a quedar nada. Solo el silencio. Ese silencio que tanto han ayudado a construir.

Continúa leyendo

Popular