Contáctanos

La mirada Subterránica

Ozzy regresa a casa y el mundo del rock queda más solo, pero más eterno

Publicado

en

Hoy el mundo del rock y del metal perdió a una de sus figuras más icónicas: Ozzy Osbourne, quien falleció a los 76 años rodeado de su familia. Con su partida se cierra uno de los capítulos más importantes y definitivos en la historia de la música. Cantante, compositor, provocador, símbolo cultural y sobreviviente de excesos, Osbourne fue más que una estrella, fue el rostro visible del heavy metal durante más de cinco décadas.

Nacido como John Michael Osbourne el 3 de diciembre de 1948 en Aston, Birmingham (Reino Unido), Ozzy creció en un entorno obrero y difícil. Desde joven mostró inclinaciones artísticas, influenciado por los Beatles, pero también fue un niño marcado por el bullying, la pobreza y una serie de trabajos que no lograban retener su atención. Fue en la música donde encontró su refugio y, más tarde, su camino.

En 1968, junto a Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward, formó Black Sabbath, banda que redefiniría no solo su vida, sino el curso completo del rock. Su álbum debut, Black Sabbath (1970), dio inicio a un género que aún no tenía nombre, pero que más tarde sería conocido como heavy metal.

La trilogía inicial de Sabbath —Black Sabbath, Paranoid y Master of Reality— se convirtió en la piedra angular de todo un movimiento musical. El tono oscuro, las letras densas, los riffs pesados y, sobre todo, la voz inconfundible de Ozzy, crearon una atmósfera que capturó la angustia y el desencanto de la juventud de los años 70.

Canciones como “War Pigs”, “Iron Man” y “Paranoid” no solo se volvieron himnos generacionales, sino que marcaron el inicio de un nuevo lenguaje musical. Y aunque Sabbath fue una creación colectiva, era Ozzy quien le daba el rostro, la personalidad excéntrica y el aura mística que la industria musical nunca había visto.

Durante su primera etapa con Black Sabbath, Ozzy grabó ocho discos, incluyendo joyas como Sabbath Bloody Sabbath y Vol. 4. Sin embargo, su dependencia a las drogas y al alcohol llevó a su salida del grupo en 1979, lo que marcaría el inicio de una carrera en solitario igual de legendaria.

En 1980, pocos apostaban por el éxito de Ozzy fuera de Sabbath. Sin embargo, Blizzard of Ozz, su primer disco como solista, fue una revelación. Con temas como “Crazy Train” y “Mr. Crowley”, y la impresionante guitarra de Randy Rhoads, el álbum lo catapultó a una nueva generación de fans.

Lo que siguió fue una carrera plagada de éxitos, tragedias y renacimientos. Tras la trágica muerte de Rhoads en 1982, Ozzy continuó adelante con discos como Diary of a Madman, Bark at the Moon, No Rest for the Wicked, y No More Tears. Este último, publicado en 1991, incluía el tema “Mama, I’m Coming Home”, una balada escrita junto a Lemmy Kilmister de Motörhead, que se convirtió en un clásico y mostró una faceta más emotiva de Osbourne.

Su carrera solista consolidó a Ozzy como un ícono multigeneracional. En vivo, su energía era legendaria, y su imagen se volvió reconocible en todo el mundo: el murciélago, la cruz, el maquillaje, la locura escénica. Fue también uno de los pocos músicos en mantenerse relevante durante más de cinco décadas sin perder el núcleo de su propuesta.

Ozzy no fue solo un músico. Fue también una figura de la cultura pop, muchas veces polémica, pero siempre auténtica. Desde el incidente del murciélago en 1982 hasta su show familiar The Osbournes en MTV a comienzos de los 2000, su figura traspasó los límites de la industria musical.

El reality mostró a un Ozzy diferente, doméstico y confundido, pero entrañable, ganando nuevas audiencias. Fue una jugada que redefinió la relación entre estrellas del rock y medios de entretenimiento.

A lo largo de su vida, fue protagonista de múltiples escándalos, giras interrumpidas por problemas de salud, rehabilitaciones, controversias religiosas y hasta demandas legales. Pero, pese a todo, nunca dejó de ser visto como una figura fundamental en la historia del rock pesado.

A pesar de haber sido diagnosticado con Parkinson en 2003 (y hacerlo público en 2020), múltiples infecciones, caídas, y cirugías, Ozzy Osbourne continuó grabando y presentándose en vivo hasta donde su cuerpo se lo permitió. Su gira de despedida, titulada No More Tours II, fue interrumpida varias veces, pero aún así alcanzó a completar varios shows con la misma entrega visceral de siempre.

En sus últimos años de actividad lanzó discos notables como Ordinary Man (2020) y Patient Number 9 (2022), colaborando con músicos como Elton John, Eric Clapton, Jeff Beck y Tony Iommi. Contra todo pronóstico, no solo seguía produciendo, sino que lo hacía con calidad, frescura y una honestidad creativa envidiable. Su voz, aunque marcada por el paso del tiempo, aún tenía ese tono nostálgico, fantasmal, único.

Su última aparición en vivo fue en Birmingham, su ciudad natal, durante un breve reencuentro con Black Sabbath en el escenario del Commonwealth Games en 2022. Fue breve, emotivo, poderoso. Fue cerrar el círculo, organizó su propio funeral, aguantó hasta ese momento.

Finalmente, el 22 de julio de 2025, Ozzy falleció rodeado de su familia. Su esposa Sharon, sus hijos Jack y Kelly, y su legado entero estaban con él. La noticia generó una oleada de homenajes alrededor del mundo: velas, murales, conciertos, discursos y lágrimas. Porque no solo se fue un músico. Se fue un símbolo de todo lo que el rock representa: resistencia, locura, libertad, honestidad, caos, arte.

Hablar del legado de Ozzy Osbourne no es solo hablar de discos o conciertos. Es hablar de una filosofía de vida. De un tipo que, con todos sus errores, excesos y contradicciones, nunca dejó de ser fiel a sí mismo. Ozzy no fingía. Ozzy era, fue un pionero, uno de los padres fundadores del metal. Un vocalista que no necesitó rangos operáticos para emocionar. Su tono nasal, melancólico y urgente, era reconocible al instante. Fue también un puente entre generaciones, que sobrevivió a los años 70, 80, 90, 2000, y que se volvió meme sin dejar de ser leyenda.

En su historia está también la historia de todos los que alguna vez encontramos refugio en la música, para quienes el rock fue hogar, Ozzy fue padre, hermano, amigo, monstruo, guía. Lo vimos caer mil veces, y levantarse otras mil. Siempre con humor. Siempre con ganas. Siempre con música.

Deja tras de sí más de 20 álbumes de estudio, decenas de giras mundiales, miles de conciertos, incontables historias y millones de fans. Su lugar en la historia de la música es inamovible.

No se trata de idolatría. Se trata de entender que hay figuras que marcan épocas. Que definen géneros. Que dan voz a generaciones que no la tenían. Ozzy fue una de esas figuras y aunque físicamente ya no esté, su voz seguirá en los parlantes, en los vinilos, en los oídos de quienes necesitan gritar, llorar, celebrar o resistir. Porque al final, eso era Ozzy, una forma de decirle al mundo que aquí estamos, y que no vamos a callar.

Epílogo
“Mama, I’m coming home”, cantó alguna vez. Y tal vez sí. Tal vez por fin ha vuelto a casa. A la eternidad que solo alcanzan quienes se convierten en leyenda.

Ozzy Osbourne (1948–2025)
Gracias por todo.
Nos vemos en el escenario eterno.

Colombia

Cuando Billy Corgan dijo lo que Subterránica lleva veinte años denunciando

Publicado

en

Cuando Billy Corgan habla del destino del rock lo hace desde la experiencia de alguien que estuvo en el corazón mismo de la última gran explosión cultural del género en los años noventa, y hace unos días ha lanzado una afirmación incómoda que ha comenzado a circular con fuerza en las personas que nunca quisieron escuchar… el rock no murió por falta de creatividad, ni porque el público dejara de escucharlo, sino porque fue deliberadamente desplazado del centro cultural.

Según el líder de The Smashing Pumpkins, hacia finales de los noventa ocurrió un giro abrupto en los medios de comunicación musicales. En una entrevista en un podcast, Corgan recordó cómo alrededor de 1997 o 1998 la programación de canales como MTV cambió radicalmente y el rock fue reemplazado por otros géneros que pasaron a dominar la narrativa cultural. El músico sostiene que el género fue “bajado de volumen” culturalmente, incluso mientras seguía siendo uno de los estilos más poderosos en conciertos y audiencias.

En esencia, Corgan sugiere que el rock fue desplazado por decisiones de industria y de medios, no por un agotamiento natural del movimiento. Para alguien que vivió la época dorada del rock alternativo, cuando bandas como Nirvana, Pearl Jam o los propios Smashing Pumpkins dominaban la cultura popular, ese cambio repentino no parece una simple evolución musical, para él fue una reconfiguración deliberada del paisaje cultural.

Pero sabemos que esto no es nuevo, mucho antes de que Corgan empezara a hablar públicamente de ese desplazamiento, en Colombia ya existía una voz que denunciaba algo similar desde la periferia cultural del rock latinoamericano. Esa voz fuimos nosotros… Subterránica.

Durante más de dos décadas, nuestro ha sostenido una crítica constante sobre cómo el rock colombiano fue desplazado de las políticas culturales, de los medios y de los circuitos institucionales. En la tesis doctoral que se desarrolla desde nuestro equipo, se describe cómo el rock pasó de ser una expresión central de la contracultura urbana a convertirse en un género marginado dentro de las agendas culturales oficiales.

La tesis plantea que el cambio no fue accidental. A partir de los años dos mil, las políticas culturales en Colombia comenzaron a privilegiar lo que se denominó “nuevas músicas colombianas”, una categoría amplia que buscaba fusionar elementos tradicionales con estéticas contemporáneas, al principio la iniciativa parecía positiva, pero en la práctica produjo un efecto colateral, el rock dejó de ser considerado una expresión legítima de la identidad cultural del país.

El resultado fue una sustitución simbólica, mientras durante los noventa el rock había sido el lenguaje generacional de miles de jóvenes, en la década siguiente ese lugar empezó a ser ocupado por proyectos financiados institucionalmente bajo etiquetas como world music, fusiones tropicales o propuestas que más tarde serían agrupadas bajo el término de “tropidelia”.

Desde entonces, Subterránica ha sostenido que el problema no fue la existencia de esas músicas, sino el hecho de que fueron promovidas como reemplazo del rock dentro de las políticas culturales y esto recuerda inevitablemente a lo que Corgan describe sobre el contexto internacional. En ambos casos aparece la misma pregunta ¿qué ocurre cuando las instituciones culturales deciden qué géneros merecen visibilidad y cuáles deben desaparecer del relato dominante?

El líder de Smashing Pumpkins ha criticado durante años el funcionamiento interno de la industria musical, señalando que muchas de sus decisiones no responden a procesos naturales de evolución artística sino a estructuras de poder que moldean el mercado cultural. Incluso ha llegado a afirmar que el negocio musical está basado históricamente en dinámicas de explotación y control sobre los artistas. Si esa lógica existe en la industria global, no resulta descabellado pensar que también pueda existir en contextos locales donde el poder cultural se ejerce a través de instituciones públicas, convocatorias y programas de financiación.

Lo que Corgan plantea desde la perspectiva de un ícono del rock mundial es, en esencia, lo mismo que Subterránica lleva señalando en Colombia desde hace veinte años: el rock no desaparece por falta de talento ni por falta de público. Desaparece cuando deja de ser apoyado por los sistemas que deciden qué música merece existir en el espacio público.

El día en que el rock dejó de ser prioridad en Colombia

Durante los años noventa el rock en Colombia vivió uno de sus momentos más visibles. La expansión de festivales, medios especializados y circuitos independientes permitió que el género se consolidara como un lenguaje generacional. No era simplemente música. Era una forma de identidad cultural urbana que dialogaba con procesos sociales, con la contracultura juvenil y con la construcción de una escena que aspiraba a tener un lugar dentro del panorama cultural del país.

Sin embargo, a comienzos del siglo XXI el panorama empezó a transformarse. Las políticas culturales comenzaron a reorganizar sus prioridades y a impulsar nuevas narrativas sobre lo que debía representar la identidad musical colombiana. Bajo el concepto de “nuevas músicas colombianas”, distintas instituciones promovieron proyectos que mezclaban elementos de música tradicional con lenguajes contemporáneos, muchas veces vinculados a circuitos internacionales de world music. La iniciativa, presentada como una estrategia de visibilización cultural, generó un cambio profundo en el ecosistema musical del país.

En ese proceso el rock comenzó a perder espacio dentro de las agendas institucionales. No se trató de una prohibición ni de un enfrentamiento abierto contra el género, sino de algo más silencioso y estructural. Los recursos, las convocatorias, los discursos académicos y las plataformas de promoción empezaron a orientarse hacia otros estilos musicales considerados más representativos de la identidad nacional. El rock, que durante décadas había sido una de las expresiones urbanas más importantes de la juventud colombiana, empezó a ser percibido como una estética extranjera o marginal dentro del relato cultural oficial.

Al mismo tiempo que esto sucedía, surgieron nuevas corrientes que ocuparon el espacio simbólico que antes había tenido el rock den los jóvenes. Propuestas híbridas, fusiones tropicales y proyectos asociados a lo que algunos críticos denominaron “tropidelia” comenzaron a recibir mayor visibilidad en festivales, circuitos académicos y plataformas culturales. Estas iniciativas lograron posicionarse como la representación moderna de la música colombiana ante el mundo relegando el rock a “música de viejos”.

El problema no fue la existencia de estas propuestas, la diversidad musical siempre ha sido parte de la riqueza cultural de cualquier país. El problema fue que, en muchos casos, estas corrientes fueron impulsadas como sustitutas del rock dentro del ecosistema cultural, generando un desplazamiento que alteró profundamente la dinámica de la escena independiente.

Y aun así, sigue existiendo y seguirá existiendo por siempre..

Sigue existiendo en los circuitos independientes, en los sellos autogestionados, en los festivales underground y en las comunidades que se resisten a aceptar que una cultura entera pueda ser borrada por decisiones administrativas o tendencias institucionales.

Tal vez por eso las palabras de Billy Corgan han resonado con tanta fuerza entre quienes han vivido el desarrollo del rock fuera de los grandes centros de poder cultural. Porque lo que el músico describe desde la experiencia de la industria global no es solo una teoría.

Para muchos en Colombia, es una historia que ya ocurrió.

Continúa leyendo

La mirada Subterránica

¿Hay que estudiar música para ser un buen músico?

Publicado

en


Hace pocos días leí un post de un maestro en el rock colombiano respecto a si era importante o no estudiar música para ser buen músico. Esta es una pregunta que merece un análisis brutal, porque de frente la respuesta es “no”, no hay que estudiar música para ser un buen músico que crea obras, que toca en escenarios, que explota su creatividad, pero sí hay que tener en cuenta las diferencias entre lo académico y lo empírico y el para qué o por qué debería emprenderse un camino académico en la música.

Comencemos diciendo que el diploma en música no es “cartón en la pared”, es una llave a conceptos que el ensayo callejero solo roza, pero al igual que el periodismo formal, el estudio de la música separa el análisis de la opinión barata. Para martillar power chords en un bar o soltar letras crudas, cero aulas; cualquiera con oreja y huevos arma un set que mueva el parche, pero componer estructuras complejas, armonías polifónicas, progresiones modales que no suenen genéricas, orquestaciones que respiren, eso exige teoría, contrapunto y análisis que un empírico puro intuye por milagro y no domina con control.

El diploma hace la diferencia por ejemplo en composición avanzada, un músico con solfeo entiende por qué un acorde suspendido 4 crea tensión irresuelta, o cómo fugas bachianas se adaptan a metal progresivo sin sonar pretencioso. El empírico tropieza por intuición, repite fórmulas de YouTube y se frustra en producciones híbridas con IA endonde prompts precisos requieren saber escalas dorianas o mixing en 432 Hz. La producción es otro abismo, sin oído entrenado la academia, no se distingue entre masking frequencies en una mezcla, ni se puede optimizar para mastering en Dolby Atmos.

Así que la diferencia es clara… para tocar covers en un bar, improvisar jams o rockear con pocos acordes, cero diploma, solamente oreja, ensayo y actitud bastan, como lo hacen miles de artistas exitosos en el mundo. Componer hits simples tampoco requiere de academia, solo de fórmulas pop/rock que se pillan copiando tabs de Ultimate Guitar.

Ahora, hay otros campos como la musicología que es un mundo aparte que pocos músicos tocan (ni deben hacerlo si su meta es tarima), pero ahí radica el poder del estudio formal, desarma mitos como “la música es una” tan de moda hoy, que ciega a rockeros formales o empíricos por igual, haciendo que vean salsa, metal o electrónica como “lo mismo con diferente disfraz”. Sin investigación, no agarran las diferencias estructurales, el ciclo armónico en un danzón vs. el riff modal en black metal, o cómo la métrica asimétrica del jazz latino no cabe en un verso pop. Eso se ve en tesis o papers, no en un ensayo de tres horas y e spor eso que las políticas culturales en Colombia y otros países han fracasado, por que el empirismo se basa en creencias personales casi “hippies” y no en la historia acumulada de la música.

Para músico de banda el diploma no es must, pero si hay que prácticar y estudiar de manera autónoma, tocas power chords, aprendes escalas pentatónicas, improvisas blues en A menor y sales al ruedo, así lo hacemos muchios. Pero igual tiene que estudiar quiera o no quiera, nadie nace con el conocimiento, el empírico tiene que aprender igual, los acordes mayores/menores no caen del cielo; las escalas dóricas o mixolidias se estudian en libros, apps o conservatorio, mágico o no. El empírico “estudia” solo y el formal acelera con método (teoría, historia, análisis), pero ambos necesitan input estructurado para no quedarse en covers eternos.

El estudio formal abre la investigación, enseña a diferenciar géneros no por snobismo, sino para hibridar con criterio, enseña a mezclar el rock con cumbia sin sonar forzado. La Musicología es clave para innovar en la música y entenderla más allá de la practica artística.

Pero no, para ser un buen músico no hay que estudiar música. Y esta afirmación no es una provocación antiacadémica ni un ataque al conservatorio (Soy académico); es simplemente un hecho histórico verificable. La música moderna, especialmente el rock, el blues, el punk y buena parte del pop contemporáneo fue construida por músicos que jamás pisaron una facultad de música ni sabían explicar teóricamente lo que estaban haciendo. La academia llegó después a analizar lo que ellos ya habían inventado por intuición, eso no les corresponde, le corresponde a los teóricos y los investigadores.

Ahí está Jimi Hendrix, probablemente el guitarrista más influyente del siglo XX. Hendrix no leía partituras, no dominaba el lenguaje académico y aprendió tocando, escuchando y experimentando obsesivamente con el sonido y aun así revolucionó la armonía eléctrica, la manipulación del feedback y el uso expresivo del estudio como instrumento creativo. Décadas después, universidades enteras analizan recursos que él descubrió empíricamente mientras buscaba nuevas texturas sonoras.

Lo mismo ocurre con Kurt Cobain. Cobain no era un teórico musical ni pretendía serlo. Sus progresiones armónicas eran simples, sus estructuras aparentemente básicas, pero su comprensión emocional del sonido conectó con una generación completa. Nirvana no cambió la música por complejidad técnica sino por honestidad estética. La academia jamás habría diseñado Smells Like Teen Spirit; fue el instinto, no el conservatorio, el que redefinió el rock de los noventa.

En América Latina también abundan ejemplos. Charly García sí tuvo formación musical, pero muchas figuras fundamentales del rock latinoamericano construyeron su lenguaje fuera de instituciones formales, aprendiendo en garajes, radios piratas y escenarios precarios. El rock, como fenómeno cultural, nació precisamente como resistencia a la formalización artística. El punk llevó esto al extremo, cualquiera podía tocar. Ese fue su manifiesto político y estético.

Incluso figuras consideradas genios compositivos operaban más desde la intuición que desde la academia. Paul McCartney no sabía leer música cuando compuso gran parte del catálogo de The Beatles. Muchas de las progresiones armónicas más estudiadas del pop surgieron de la experimentación auditiva y no del cálculo teórico. Los Beatles demostraron algo duro para la academia, que el oído puede preceder al conocimiento formal.

El blues, raíz directa del rock, es quizá el mejor argumento. Músicos como B.B. King o Muddy Waters no pasaron por programas universitarios. Aprendieron tocando, escuchando y sobreviviendo. Sin embargo, su fraseo, su sentido del tiempo y su expresividad definieron el ADN de la música popular moderna. Después vendrían los musicólogos a nombrar escalas, modos y recursos que ellos jamás necesitaron verbalizar.

La teoría musical muchas veces describe el fenómeno artístico, pero no necesariamente lo origina. La creación musical no nace del conocimiento conceptual sino de la sensibilidad, la curiosidad sonora y la necesidad humana de expresión. La academia ordena; el artista descubre.

El problema aparece cuando se confunden dos preguntas distintas, si estudiar música ayuda a ser mejor músico y si estudiar música es requisito para serlo. La primera puede responderse afirmativamente; la segunda, definitivamente no. La historia demuestra que el talento musical puede desarrollarse fuera de cualquier institución. El oído entrenado en la calle, la repetición obsesiva, el ensayo colectivo y el error constante también constituyen formas legítimas de aprendizaje, lo que sí no se puede perdonar es lo que pasa en festivales y espacios musicales en donde los curadores sin ninguna preparación musical meten todo el sonido en una sola bolsa, eso ya es descarado.

El músico empírico no es ignorante; simplemente aprende por otro camino. Estudia igual, solo que sin currículo formal. Aprende acordes viendo manos ajenas, entiende armonía imitando discos, desarrolla producción cacharreando software sin manual académico. Su universidad es el escenario. Su tesis, el público. Su examen final, sobrevivir tocando.

Y aquí aparece el verdadero punto de equilibrio, la música no pertenece ni a la academia ni a la calle. Pertenece a quien logra comunicar algo real. Hay músicos académicamente impecables incapaces de conmover, así como hay autodidactas técnicamente limitados que cambian la historia cultural de una época. La diferencia nunca ha sido el diploma, sino la voz propia, el diferencial de cada artista, el que hace lo diferente, que no se queda solamente en la interpretación sino que va más allá.

Tal vez la conclusión más honesta que podemos sacar es que estudiar música puede ampliar herramientas, acelerar procesos y abrir campos profesionales específicos, pero el arte musical no reconoce títulos universitarios. El escenario no pide certificados; pide identidad. El público no escucha teoría; escucha emoción.

Por eso la pregunta correcta nunca fue si hay que estudiar música para ser buen músico. La pregunta real es qué tipo de músico quiere ser cada quien, si el investigador del sonido, el artesano técnico, el creador visceral o el híbrido que transita entre ambos mundos. Porque la música, antes que disciplina académica, sigue siendo lo mismo que era cuando nadie sabía escribirla… un acto humano irreductible a cualquier método.

Felipe Szarruk.

Fotos de Pexels.

Continúa leyendo

Colombia

Ya están abiertas las nominaciones a la XVII entrega de los Premios Subterránica Colombia

Publicado

en

Los Premios Subterránica abren oficialmente el proceso de nominaciones para su XVII entrega, consolidando una vez más un espacio que lejos de responder a modas o coyunturas comerciales, se ha convertido en uno de los pocos reconocimientos con verdadera lectura de escena en el rock colombiano. No se trata únicamente de un premio nacional. Subterránica ha logrado, con el paso de los años, articular una plataforma con resonancia regional e incluso internacional, conectando procesos independientes, circuitos alternativos, autogestión y memoria histórica en un país donde la cultura rock sigue sobreviviendo más por insistencia que por apoyo estructural.

Desde su creación, los Premios Subterránica han funcionado como un archivo vivo del rock colombiano, registrando no solo discos y canciones, sino también trayectorias, escenas locales, periodismo musical, gestión cultural y esfuerzos comunitarios que rara vez encuentran espacio en los grandes medios o en los premios tradicionales. Esa mirada amplia, incómoda y deliberadamente independiente es la que les ha permitido sostenerse durante diecisiete ediciones sin perder identidad ni diluir su criterio.

Como cada año la edición 2026 tendrá un énfasis especial, alineado con las discusiones actuales de la escena y el contexto cultural del país, el cual será revelado más adelante. Por ahora, el llamado está abierto para que artistas, bandas, gestores, medios y públicos participen en el proceso de nominación, entendiendo que Subterránica no es un premio de inscripción automática ni de marketing, sino un ejercicio de lectura colectiva del ecosistema rock nacional.

Como parte de la evolución natural del premio, esta edición profundiza decisiones que no son cosméticas, sino políticas y culturales. Categorías como Mejor Riff del Año y Mejor Letra del Año, introducidas el año pasado, llegaron para quedarse porque ponen el foco en el oficio, en la composición y en los elementos que realmente sostienen una canción más allá del ruido promocional. Del mismo modo, el reconocimiento al Artista Nuevo del Año adquiere desde ahora un peso simbólico mayor al llevar el nombre de Juliana Gómez Tarrá, amiga, música excepcional y fuerza imparable de la naturaleza, cuya memoria sigue viva en la escena y cuyo legado representa exactamente lo que Subterránica busca visibilizar en las nuevas generaciones. Categorías como Trayectoria Independiente, Activismo y Música y Aporte a la Memoria del Rock Colombiano refuerzan la idea de que el rock no es solo un sonido, sino una práctica cultural sostenida en el tiempo, con impacto social, político y comunitario. En esa misma línea, desde hace un año se tomó la decisión de separar la voz gutural de la voz natural, reconociendo técnicas, contextos y exigencias completamente distintas, y de eliminar las divisiones de artista masculino y femenino, entendiendo que el talento no necesita segregarse por género para ser evaluado con justicia. Estas decisiones confirman que los Premios Subterránica no solo observan la escena, sino que dialogan con ella, la cuestionan y la acompañan en su transformación.

El interés que ha despertado esta nueva convocatoria confirma la vitalidad y la complejidad del rock colombiano. Solo en la primera semana de apertura se han recibido más de 300 prenominaciones, una cifra que habla no solo del volumen de proyectos activos, sino de la diversidad de propuestas, sonidos, territorios y enfoques que conviven hoy dentro de una escena tan fragmentada como fértil. Lejos de una narrativa de crisis permanente, estos números revelan un movimiento amplio, descentralizado y en constante mutación.

Las nominaciones deben enviarse por correo electrónico a director@subterranica.com y están abiertas para producciones, proyectos y procesos que hayan tenido actividad relevante durante el periodo evaluado que es enero de 2025 hasta marzo de 2026. Como es tradición, el proceso no se limita a la música grabada, sino que reconoce el valor del trabajo en vivo, la palabra escrita, la imagen, la gestión cultural y el impacto social del rock como herramienta de expresión y transformación.

Las categorías habilitadas para esta XVII entrega abarcan distintos niveles de la escena y reflejan la filosofía integral del premio.

Categorías principales
Disco del Año
Canción del Año
Artista del Año
Premio Juliana Gómez Tarrá al Artista Nuevo del Año
Mejor Voz
Mejor Voz Gutural
Mejor Guitarrista
Mejor Bajista
Mejor Baterista

Categorías por géneros
Mejor Banda Fusión, modernizaciones, tropidelia o folclorizaciones
Mejor Banda de Metal (todos los géneros)
Mejor Banda de Rock (rock, hard rock)
Mejor Banda de Punk / Hardcore
Mejor Banda Progresiva / Post-Rock
Mejor Banda de Blues, Jazz o Blues-Rock

Escena en vivo
Mejor Show en Vivo
Mejor Gira Nacional o Internacional
Mejor Festival Independiente
Mejor Venue Rock
Mejor Letra del Año
Mejor Riff del Año (cualquier instrumento)

Periodismo musical y contenido
Mejor Medio de Rock
Mejor Artículo de Periodismo Musical
Mejor Cobertura de la Escena
Mejor Podcast o Programa Radial Rock
Mejor Fotografía Musical

Audiovisual y estética
Mejor Videoclip
Mejor Arte Gráfico / Portada

Gestión, industria y autogestión
Mejor Gestor o Gestora Cultural
Mejor Uso de Plataformas Digitales
Mejor Proyecto de Circulación Internacional
Mejor Iniciativa de Formación Musical
Mejor Proyecto Comunitario desde el Rock

Categorías Subterránica
Premio Subterránica
Trayectoria Independiente
Activismo y Música
Aporte a la Memoria del Rock Colombiano

Los Premios Subterránica continúan funcionando como un espacio de validación entre pares, de construcción de memoria y de visibilización de procesos que, sin este tipo de plataformas, quedarían condenados a la dispersión o al olvido. La XVII entrega no es solo una nueva edición, es una nueva oportunidad para leer el presente del rock colombiano con rigor, criterio y conciencia histórica.

Continúa leyendo

Popular