Colombia
Tres cosas que todo el mundo critica de Rock al Parque: Los fosos de periodistas, el punk de Estado y la transmisión de Canal Capital. ¿Qué es lo que sucede con esto? Estas son las razones.
Ah el colombiano… esa raza a la que le gusta hablar y hablar hasta el cansancio y la mayoría critica todo por criticar. Hermosa raza parte de las más felices del planeta tierra, dueña de “el festival gratuito más grande de Latinoamérica” orgullo patrio y en donde confluyen más de 100 mil “rockeros” que sin pagar un peso por la entrada adquieren inmediatamente el conocimiento absoluto del género y la gestión cultural. Todo un portento de la humanidad. Bellísimo.
Pero la realidad es otra… los colombianos en su gran mayoría critican por el placer de hacerlo, por el placer de destruir al otro, de desacreditarlo y muchas veces, que es lo peor, critica por defender la corrupción y dañar al que denuncia. Rock al Parque ha sido un tema complicado para la ciudad, para los músicos y para el público y mientras este último disfruta tres días de “extrema convivencia” sin pagar por la entrada, los músicos y medios viven un pequeño infierno para sacar el evento adelante porque deben acoplarse a la ideología y sistema del distrito que aun tiene muy jodidos los sistemas de pensamiento y gestión cultural.
Vamos a analizar acá las razones de tres de las peores situaciones que se viven año tras año y que las personas solo critican, pero no ahondan en el por qué de cada una y sí, la realidad es que las tres tienen razón de ser, acá les contamos:
El foso de los periodistas y los “medios especializados”:

Idartes abre cada año una convocatoria para acreditar medios para el cubrimiento del festival, por ejemplo este año solo permitían dos acreditaciones por medio, es decir dos periodistas para cubrir tres escenarios, ruedas de prensa, zona de emprendimientos y todo lo que pase en el festival. Eso sencillamente es estúpido. Ningún periodista por más años de experiencia que tenga puede estar en seis partes al mismo tiempo. Así que comencemos porque Idartes comete un error garrafal al pedir cubrimiento a un par de periodistas por medio sin asignar zonas. Pero a medios como a Caracol ha llegado a entregarle más de 32 acreditaciones en algunas ediciones y la pregunta es ¿Cuándo han visto a Caracol cubrir Rock al Parque más que en su insípida sección del final del noticiero? ¿Para qué necesita Radioactiva tantas acreditaciones si jamás en la vida han hablado de Rock nacional o de Black Metal? Entonces es cuando comienza a jugar la corrupción y la burocracia.
Hace unos años en una de las pocas reuniones que Idartes le aceptó a Subterránica, nos contaron que tienen que entregarles manillas a todos en el Consejo de Bogotá y a otras personas para pagar favores políticos, es por eso que el foro de “periodistas” se llena tanto al final del día, porque quienes están ahí no son periodistas sino los hijos, amigos de los hijos y personajes “especiales” que ingresan con manillas que les dan a políticos y personas que son importantes para Idartes. Entonces en el caso del escenario Plaza no es un foso para periodistas es una zona VIP.
Los periodistas que llegan temprano son siempre los mismos año tras año, Subterránica por supuesto, Oscura Radio, Alejo Bonilla, Pablito Wilson, Henry Rage, entre otros que siempre hacen la tarea. El resto llega a las seis de la tarde, por eso cuando se presentan las primeras bandas solamente hay seis o siete periodistas en cada escenario, repetimos que con dos acreditaciones solo se puede así y por eso es que ya en la noche está todo repleto.
Ahora, Rock al Parque trata a los periodistas como perros, en esta edición por ejemplo para el escenario Eco solo dejó una brecha de un metro y medio para los periodistas y era imposible cubrir, contrario a la gran zona VIP del Bio y Plaza que quedó libre en algunas bandas como The Ocean e Info que estaban a kilómetros del público porque los “periodistas” y los invitados especiales estaban en otros escenarios. En el Eco no se podía ni caminar y no se podía cubrir.
A eso súmenle que no hay lugares para cargar los equipos, no hay lugares para cargar celular, para guardar equipos, la sala de prensa es una mierda, cancelan a diestra y siniestra ruedas de prensa y para rematar, no hay señal de Internet, cubrir Rock al Parque es una aventura que gradúa a cualquier periodista de espectáculos por no decir menos y si no fuera por los periodistas, señores, ustedes solo tendrían el informe final de cada año en donde todo fue perfecto, todo fue genial y no sabrían cosas como estas, hay que respetar el trabajo de los periodistas y hay que respetar al público y esto tiene que cambiar, 27 años en las mismas.
Los Punketos de Estado:

Esto solo tiene una razón y es que los músicos de Rock en Colombia están muertos de hambre y no tienen ninguna oportunidad más que la que entrega el distrito para poder ganar unos pesos y la de poder llegar a un público masivo. Si no fuera por Rock al Parque o Altavoz, un grupo de punk colombiano no puede aspirar más que a tocar gratis en infinidad de calles, parques y venues underground incluyendo salones comunales y donde caiga, así que esto es un caso especial.
Sid Vicious se retuerce en su tumba cada vez que un punketo recibe un cheque del gobierno, el punk en su esencia es anarquista, anti-sistema, detesta al gobierno a tal punto que en algunos países como España los mataron entregando heroína en las calles para desaparecerlos, Colombia es el único lugar del planeta tierra en donde un punketo almuerza en McDonalds.
Y eso no estaría mal si no se montaran a la tarima en donde ellos mismos voluntariamente se sometieron a un proceso burocrático de llenar papelería, de enviar identificaciones, de que su música sea cobrada por Sayco así ellos no sepan y de entregarse al sistema que tanto odian sin chistar para después subirse a la tarima a putear a ese sistema, eso es estúpido, eso es ridículo, es como si una persona tratara de convencer a los demás de ser veganos mientras se traga un chorizo, un punketo que come del estado no es anti-sistema ¡pertenece y chupa del sistema! Sean coherentes.
Es estúpido subirse a dar un discurso de odio a un sistema al que ya se arrodillaron y que les está pagando el único show pago que tendrán en el año, porque de ahí en adelante regresan a la realidad, a los antros con 10 personas y a la cerveza barata comprada en la tienda de al lado y no en el bar en donde tocan.
Señores, llevamos 30 años en esto, conocemos la realidad, así que acá no vengan a disfrazarse de punketos anti-sistema cuando no lo son, su música es buena, son buenas bandas, suenan excelente pero entonces ofrezcan un show de categoría para tener mas adeptos a su música sin putear a quienes les están pagando, al fin y al cabo son sus jefes.
Y el público se traga el cuento, como se ha tragado cada cuento que le han metido en rock al parque desde el principio, como se ha comido el cuento de “la música es una”, la inclusión, lo diverso y cuanta mierda pseudointelectual el distrito ha implantado en la juventud para convertirla en una disidencia controlada con herramientas ideológicas como Rock al Parque, no hay nada menos punk que Rock al Parque y al menos quienes tocan allá deben saberlo y actuar conforme a lo que son: Contratistas del estado.
El sonido de la transmisión de Canal Capital:

Cada año es la misma historia, pero antes de leer esto por favor pase a YouTube y revise las transmisiones de otros festivales del mismo calibre como Wacken, Glastonbury e incluso vea las transmisiones de los ochentas y setentas y verán que suenan mucho mejor que las de Rock al Parque. ¿Por qué? Por dinero no es, ya que se gastan una millonada en ese cubrimiento con equipos de ultima generación y armando sets enormes con presentadores que saben más de farándula que de otra cosa, que se equivocan constantemente y se sienten muy fuera de contexto.
Entonces ¿Por qué a pesar de tanto dinero y tanto despliegue el sonido es tan malo? Por ejemplo, en la presentación de INFO solo se escuchaba el teclado y la voz mientras que en Slow Crusher se eliminaba completamente toda la parte instrumental.
Comencemos porque son tres escenarios y esto es una salvajada para cualquier equipo, la acústica del lugar tiene demasiado que ver, El Parque Simón Bolívar es un espacio abierto y amplio que puede generar ecos, reverberaciones y distorsiones en el sonido, especialmente si hay viento o lluvia, además, los escenarios están ubicados cerca unos de otros lo que puede generar interferencias entre ellos, son factores pueden afectar la calidad del sonido que se transmite, pero hay mucho más.
La calibración de los equipos depende de los escenarios y sus ingenieros, cada escenario tiene su propio sistema de sonido, que debe ser calibrado y ajustado según las características de cada banda, el tipo de música y el público, esto requiere de un trabajo profesional y minucioso que puede variar según el criterio y la experiencia de los técnicos de sonido y la pregunta es ¿tenemos ese tipo de ingenieros en Colombia? ¿Estamos formando ese tipo de ingenieros? Y si lo estamos haciendo ¿Los contratan para estas transmisiones o también son los amigos los que están ahí? Si la calibración de los escenarios no es adecuada, el sonido puede resultar demasiado bajo, alto, agudo o grave, lo que se refleja en la transmisión de Canal Capital.
Y para terminar está la conexión de la consola al master, que para quienes no saben es el dispositivo que permite mezclar y controlar las señales de audio que provienen de los instrumentos, las voces y los micrófonos en resumen la mezcla de cada escenario. El master es el dispositivo que recibe la señal de audio final y la envía a los altavoces o a la transmisión. La conexión entre la consola y el master debe ser de buena calidad y estar bien configurada, para evitar ruidos, cortes o pérdidas de señal, si la conexión no es óptima y todo lo mencionado anteriormente tampoco lo es, entonces de nada sirve tener equipos, millones de pesos y bonita escenografía, el sonido siempre saldrá como lo hace en Canal Capital, la respuesta es sencilla: ingenieros.
Ok, ahora que ya ahondamos en los problemas de una manera concreta y crítica, esperamos que estos problemas puedan corregirse y que las personas que tanto critican sepan porqué lo están haciendo, ya que criticar no es odiar y la crítica fomenta la evolución de los sistemas, pero hablar mierda no es criticar y el colombiano no critica, sino que en su mayoría habla mierda.
@subterránica
Colombia
Treinta Años de oscuridad: Luciferian y el nacimiento del lamento negro
Hay discos que se escuchan y hay discos que se viven, que se sufren, que se sangran. “Where Rivers of Sorrow Flow” la más reciente obra de la banda colombiana Luciferian, pertenece sin duda a esta última categoría. Lejos de ser un simple álbum de aniversario, esta producción de Melodic Black Metal se erige como un monumento al dolor más crudo, una catarsis colectiva que celebra tres décadas de existencia no con fuegos artificiales, sino con las cenizas de una experiencia terrible que marca vidas y que solo quienes la vivieron la pueden entender a profundidad, este no es un disco para celebrar… Es un disco para sobrevivir.
Para entender la magnitud de esta obra, hay que mirar directamente al alma de su creador, Héctor Carmona, fundador, guitarrista y voz de la banda desde su nacimiento en Armenia en 1996, Carmona ha transitado un camino que pocos músicos en el país se atreven a pisar. Treinta años después, la celebración no podía ser la típica fiesta de aniversario, en cambio, la banda se sumergió de lleno en una producción que funciona como un exorcismo sonoro y una catarsis de vida.
El resultado es un libro de lamentaciones, cada riff, cada golpe de batería y cada línea vocal están impregnados de una desolación que trasciende lo musical. Es la sensación de estar al borde del abismo, de mirar hacia atrás y ver tres décadas de sacrificios, de penurias y de una lealtad inquebrantable a un ideal oscuro. Ese es el verdadero peso de “Where Rivers of Sorrow Flow”.
En Colombia el metal extremo siempre ha luchado por encontrar su lugar, Luciferian se ha consolidado como una de las bandas con mayor proyección internacional, acumulando más de 123 conciertos internacionales y siendo teloneros de titanes como Mayhem, Immortal, Marduk y Behemoth y es precisamente esta trayectoria la que hace que este nuevo álbum sea tan impactante.
Este disco sin duda es el más crudo de su catálogo, no en lo musical, en el concepto. Mientras que en el pasado la banda exploró sonidos más directos dentro del black metal, aquí se permiten un nivel de vulnerabilidad que sorprende. La inclusión de piezas vocales melódicas no busca suavizar el dolor, sino acentuarlo, creando un contraste desgarrador entre la brutalidad visceral y la belleza funesta. Para quienes aman el género, ya pueden ser considerado un antes y un después en la historia del black metal nacional, elevando la vara lírica y emocional del género en el país.
Y si el corazón del disco es el sufrimiento de Carmona, sus huesos son la batería de Edixon Sepúlveda. La percusión en este álbum no es un solo acompañamiento rítmico; es una fuerza de la naturaleza. Sepúlveda despliega una ejecución visceral que va desde el blast beat agotador hasta golpes pausados y ceremoniales que parecen latidos de un moribundo, es difícil encontrar bateristas compositores que no sean solo acompañamiento.
Es en la interacción entre la guitarra melódica y esta batería implacable donde el álbum alcanza su clímax emocional, la sensación es la de estar atrapado en una tormenta perfecta, la furia del black metal más ortodoxo fusionada con la melancolía épica de un lamento fúnebre. La producción captura esa esencia cruda, evitando la pulcritud excesiva para mantener la autenticidad de la sangre derramada en el estudio.

El arte de la portada es la llave de entrada a la narrativa del disco. Sin necesidad de escuchar una sola nota, la imagen ya advierte al espectador sobre el viaje al que está a punto de someterse. La portada está cargada de simbolismo, repleta de elementos oscuros que funcionan como jeroglíficos del dolor.
Estos símbolos no son coincidencia, son el reflejo visual de la narrativa interna del disco, cada detalle gráfico acompaña y potencia la historia que las canciones cuentan, sumergiendo al oyente en una experiencia multimedia donde la vista y el oído se unen en un mismo punto de desolación. Es un recordatorio de que, en el black metal, la estética es parte esencial del ritual y Luciferian siempre ha sido pionero en esto, quienes los han visto en vivo saben que sus shows son más un ritual que un concierto.
Para entender la manitud del sacrificio de Luciferian, es imposible ignorar el documental noruego “Blackhearts” (2017). Esta producción siguió a tres bandas de black metal en contextos muy diferentes, una de Irán (donde tocar este género puede ser castigado con la muerte), una de Grecia vinculada a la ultraderecha y la colombiana Luciferian. Están invitados a ver el documental para sumergirse en la mente y vida de esta banda colombiana que ha logrado trascender fronteras.
Ese espíritu de “sacrificarlo todo” que se ve en el documental, es el mismo que impregna “Where Rivers of Sorrow Flow”. La mejor (y peor) forma de celebrar 30 años de carrera era enfrentar el dolor de frente, convertirlo en arte y ofrecerlo como un tributo sangrante a la oscuridad que los ha mantenido vivos durante tanto tiempo.
Bienvenidos al río de penas que fluye en donde no hay salvavidas que valga la pena.
Colombia
Los sepultureros del Rock: Critican concursos, premios y festivales y aplauden la corrupción mientras entierran el rock con su lengua. Radiografía del Rock Colombiano.
En Colombia, aunque son pocos, existen algunos artistas que les fascina criticar todo lo que se hace por ellos. Repito, no son muchos, pero algunos arman escándalos tales que a veces terminan hasta enfrentando procesos legales por calumnia o injuria o peor aún, influyendo en mentes cortas que creen cualquier cosa. Es una práctica muy colombiana, hablar sin saber, criticar solo por odio, por desprecio, lo que sucede acá es que esos artísticas (Y acá hablando específicamente de los músicos de rock que lo hacen) lo que están es hundiendo cada vez más lo poco que nos queda de escena y en lugar de construir lo que hacen es cavar más y más la tumba del género. Creyendo en su mente que son rockstars, pero lo que se puede concluir es que lo hacen más por cobardía o miedo. Hoy les traigo un artículo que tiene toda la paciencia para explicar algo que ya deberían saber, pero que parece que no quieren aceptar. Si logran leerlo todo, porque tampoco leen, entenderán por qué esa actitud no es solo atrofiada, sino que también afecta a muchos que usted ni conoce, es decir, no solo está cavando su propia tumba, sino que la de los demás y alimentando la constante corrupción en las artes del país.
Decir y pensar que “El arte no es competencia” es una mentira romántica, eso no existe. En todo el mundo, en toda la historia, la música siempre ha sido una competencia. Mozart competía con Salieri. Los Beatles competían con los Rolling Stones. Las bandas de punk competían por tocar más rápido, más sucio, más fuerte. El rock and roll nació en un concurso de talentos en la televisión estadounidense. ¿O usted cree que Elvis ganó el concurso de la Louisiana Hayride porque no estaba compitiendo?
La competencia no mata el arte, la competencia lo afila, porque usted no mejora tocando en su sala de ensayo, solo, frente al espejo. Usted mejora cuando sube a un escenario, mira al lado y ve a otra banda que toca mejor que usted. Ahí es cuando le dan ganas de llorar, de volver a casa, de practicar ocho horas al día, de romper la guitarra y comprarse una nueva, eso se llama crecer, a todos nos ha pasado y la competencia es el suelo donde eso crece.
Entienda que los concursos no son para que usted gane, son para que usted se vea. El que se inscribe en un concurso pensando únicamente en el premio, ya perdió. El premio es secundario. Lo que importa es el escenario, el público nuevo, los jurados que lo ven, los organizadores que lo anotan en su libreta, las otras bandas con las que comparte camerino. Eso es “crear escena”. ¿Y cómo se crea escena? Pegándose con otros, mirándose de frente, sudando en el mismo escenario, no publicando memes en Instagram.
Usted puede odiar a los jurados, puede pensar que son unos vendidos, puede estar seguro de que el premio se lo van a robar, pero mientras usted está ahí, arriba, tocando, hay 50 o 100 personas que no lo conocían y ahora saben su nombre. Hay un periodista que le pidió su contacto. Hay un dueño de un bar que le dijo “me gustó su show, venga a tocar acá”. Eso no lo consigue usted encerrado en su casa quejándose de que el sistema es una mierda.
No se trata de competir, se trata de que el público tenga una razón para elegirlo. Usted quiere que la gente escuche su música y que tal vez le paguen por tocarla. Muy bien. ¿Por qué deberían escucharla a usted y no a la banda de la esquina? ¿Por qué deberían pagar la entrada a su show y no al de los otros cuatro que tocan el mismo día? ¿Por qué deberían comprar su disco si pueden piratear el de alguien más?
La respuesta es fácil, porque usted es mejor o porque es más interesante. O porque toca más duro. O porque tiene mejor puesta en escena. O porque sus letras duelen más. Pero para saber si es mejor, tiene que medirse. Y la forma de medirse es subiéndose a un ring que se llama concurso, festival, toque, o simplemente la calle donde toca usted y al lado toca otro. El público elige. Eso es una competencia. Siempre lo ha sido. Negarlo es de ingenuo o de cagón.
Los que insultan los premios son los que nunca han estado cerca de ganar uno. Duro, pero cierto. Busque en su ciudad al músico más hocicón contra los concursos. El que más escupe contra las acciones de los gestores independientes. Ahora pregúntele ¿usted se ha presentado alguna vez? ¿Llenó los requisitos? ¿Mandó la inscripción? ¿Pasó el primer filtro? Lo más probable es que le diga que no, que “para qué”, que “eso es una pérdida de tiempo”. Claro, porque si no se inscribe, no pierde. Y si no pierde, no tiene que enfrentar el hecho de que tal vez su banda no es tan buena como él cree.
El concursante, incluso el que pierde, tiene más huevos que el que se queda en la casa insultando. Porque el concursante se arriesgó a que le dijeran “no”. El concursante puso su música frente a otros, la midió, la comparó, y aunque haya perdido, aprendió algo. El que insulta desde el sofá no aprende nada. Solo se pudre en su propia bilis.
Usted no tiene que creer en el premio. Tiene que creer en el escenario. Si usted no cree en los jurados, está bien. Si usted cree que el premio se lo roban, también. Pero el escenario no miente. El escenario es un termómetro. Usted sube, toca, y la gente —esa que no sabe ni quién es usted— decide si se queda o se va. El público es el único jurado que importa. Y el público no vota por correo, no tiene padrinos, no recibe sobornos. El público aplaude o se va a tomar cerveza. Así de simple.
Los concursos le dan acceso a ese público. Aunque usted pierda, aunque el jurado sea un asco, aunque el premio se lo lleve la banda que usted cree que es peor, el público que lo vio no sabe nada de eso. El público solo sabe que usted tocó bien o tocó mal. Y si tocó bien, se ganó a 50 personas que antes no lo conocían. Eso no se lo quita nadie.
No sea idiota. El mundo es una competencia. Usted compite por un puesto en la universidad. Compite por un contrato de arrendamiento. Compite por una cita médica en la EPS. Compite por el puesto de trabajo. Compite por el espacio en la radio. Compite por el último concierto del año en el bar del barrio. Todo es competencia. ¿Por qué la música tendría que ser la única zona libre de competencia? ¿Por qué usted tendría derecho a que lo escuchen sin tener que ganárselo?
La música no es un derecho, es un privilegio que se gana y se gana tocando mejor que el otro, se gana escribiendo mejor que el otro, se gana moviéndose mejor que el otro, se gana siendo más constante, más profesional, más audaz, conquistando público. Eso es competencia. Y si usted no quiere competir, bien, quédese en su casa, toque para su mamá, publique sus canciones en YouTube y espere el milagro. Pero no insulte al que sí tiene los huevos de subirse al ring, porque ese, aunque pierda, está haciendo más por la escena que usted en toda su vida.
Ahora, si usted es de los que insultan, le propongo algo, el próximo concurso, inscríbase. No por el premio, por demostrarse que tiene huevos. Y si pierde, pierda bien. Aprenda. Vuelva el año siguiente y toque mejor. Y si gana, no se le suba a la cabeza. Porque al otro día, en la esquina, va a haber otro pelao con una guitarra más barata que la suya, tocando mejor que usted. Y ahí vuelve a empezar la competencia.
Así funciona el mundo. Así funciona la música. Siempre ha sido así. Negarlo es de idiotas. Usted no lo es. Por eso está leyendo esto. Ahora deje de quejarse y póngase a tocar.
Ustedes critican los concursos independientes. Dicen que son injustos, que son una pérdida de tiempo, que el arte no debería competir. Pero cuando se trata de Idartes —que ya tiene hallazgos fiscales y denuncias por corrupción— ustedes no solo callan… se arrodillan. Hacen fila. Lamen las botas del funcionario de turno. ¿Por qué? Porque Idartes paga. Porque el Estado tiene la chequera gorda. Porque ustedes no buscan música, buscan plata. Y la plata, venga de donde venga, les parece buena.
Hablemos con datos, no con opiniones.
La Contraloría ya encontró irregularidades. No es un secreto. La Contraloría de Bogotá ha auditado los festivales de Idartes —Rock al Parque, Hip Hop al Parque— y ha encontrado sobrecostos, contratos amañados y falta de transparencia en la asignación de recursos. No es “yo creo”. Es el ente de control del Estado diciendo que la plata de los impuestos se maneja mal. Y esos hallazgos están en informes públicos. ¿Usted los ha leído? Seguro que no. Porque si los hubiera leído, no podría defender a Idartes con la misma boca con la que critica los concursos independientes.
Los curadores lo han dicho en voz alta. Uno de ellos, en una entrevista que quedó grabada, dijo textualmente: “Siempre van a estar los mismos, porque son los que conocen el proceso” . Esa frase es la confesión de un sistema cerrado. No importa cuántas bandas nuevas aparezcan. No importa cuánto talento esté por fuera. Los mismos nombres, los mismos amigos, los mismos de siempre. Eso no es curaduría. Eso es una rosca.
Y cuando usted señala eso, lo tildan de “amargado”, de “perdedor”, de “gente que no sabe perder”. Pero el que no sabe perder no es usted. El que no sabe perder es el que lleva quince años en la misma convocatoria, ganando una y otra vez, mientras otros se pudren en la puerta.
Los bookers son amigos entre sí. Revise los contratos de Idartes. Revise quiénes son los proveedores de producción técnica, los curadores, los jurados, los gestores. Son los mismos apellidos, las mismas empresas, los mismos colectivos. Unos son contratistas, otros son jurados, otros son programadores. Y entre todos se recomiendan, se premian, se contratan. Eso se llama conflicto de interés institucionalizado. No es una teoría de la conspiración. Es una red documentada.
Nunca tienen problemas. A pesar de los hallazgos de la Contraloría, a pesar de las denuncias públicas, a pesar de que cualquier persona con dos dedos de frente puede ver que el sistema está podrido, ellos siguen ahí. No pasa nada. Nadie va a la cárcel. Nadie devuelve la plata. Nadie pierde su puesto. ¿Por qué? Porque el sistema está blindado. Porque los que fiscalizan son los mismos que otorgan los contratos. Porque la ley en Colombia es de papel mojado.
Ustedes se someten porque quieren el dinero del Estado. Ahí está la verdad que duele. Ustedes no defienden a Idartes porque sea transparente. Lo defienden porque les ha dado de comer. Porque alguna vez les aprobaron un proyecto, les pagaron una gira, les financiaron un disco. Y eso, aunque venga de un sistema corrupto, les sabe a gloria. Por eso callan. Por eso no denuncian. Por eso critican a los concursos independientes —que no tienen plata del Estado pero sí tienen reglas claras— y aplauden a Idartes —que tiene plata pero tiene el proceso podrido.
Ustedes son dobles. Ustedes son falsos. Critican los concursos independientes porque no pueden manipularlos. Porque no tienen un amigo adentro. Porque el jurado no es el compadre. Pero se arrodillan ante Idartes porque ahí sí tienen quien los recomiende, quien les pase el dato, quien les acomode la convocatoria.
Eso no es coherencia. Eso es conveniencia. Y la conveniencia, en un músico, es la antesala de la mediocridad.
No me vengan con discursos de pureza artística. No me vengan con que el arte no es competencia. Ustedes compiten todo el tiempo, por un puesto en Idartes, por un contrato con el Ministerio, por una invitación a un festival. Solo que quieren competir con ventaja. Y cuando la ventaja no está, lloran.
Así que ya saben. Los concursos independientes tienen reglas. Idartes tiene hallazgos fiscales. Ustedes pueden seguir arrodillados. Yo prefiero seguir trabajando.
Ese es el cierre. No es una opinión. Es un señalamiento con pruebas. Y si después de eso alguien sigue defendiendo esa hipocresía, ya no es un ingenuo. Es un cómplice. Y los cómplices no merecen más argumentos. Merecen que los señalen con el dedo mientras los demás seguimos construyendo.
Cada vez que abren la boca y creen que están haciendo crítica. Lo que están haciendo es cavando la tumba del rock bogotano.
Porque cada vez que insultan un concurso independiente, un festival independiente, unos premios, un proceso, de esos que organiza un tipo que puso plata de su bolsillo, que duró noches sin dormir imprimiendo afiches, que pidió prestado para pagar el sonido, ustedes no están defendiendo el arte. Están matando la iniciativa. Están espantando a los que vienen atrás. Están diciéndole al que apenas empieza ‘para qué te esfuerzas, si al final te van a escupir’.
¿Y qué logran con eso? Que la escena se vuelva más pequeña. Que los espacios cierren. Que los organizadores digan ‘no más’. Que las convocatorias se acaben porque nadie quiere poner la cara por un público que lo único que sabe hacer es quejarse. Eso es lo que logran: un desierto. Un silencio. Un vacío donde antes había al menos la intención de hacer algo. ¿Cuántos gestores se han retidado hartos, hartos hasta la madre de los músicos pendejos?
Y no contentos con eso, se meten en peleas legales, se enemistan con el que les ofreció un escenario. Insultan al que les prestó una consola. Convierten el rock en un juzgado. Y mientras ustedes se pelean por quién tiene la razón, los reguetoneros se están llenando de plata, los espacios se están convirtiendo en discotecas de electrónica, y el rock —el rock que ustedes dicen defender— se está muriendo en una bodega solo, esperando que alguien le preste atención.
Pero ustedes no ven eso. Ustedes ven al enemigo en el que organizó un concurso. Ven al enemigo en el jurado que no los eligió. Ven al enemigo en el músico que ganó. Y en esa paranoia, se olvidan del verdadero enemigo… el que no quiere que el rock exista. El que cree que el rock es ruido de pobres. El que financia reguetón y vallenato y lo que sea que no piense. Ese enemigo sí es real. Y mientras ustedes pelean entre ustedes, él se ríe.
Así que ya cierren la boca o pónganse a construir.
Si no les gusta un concurso, hagan el suyo. Si no les gusta un premio, creen el suyo. Si no les gusta un jurado, organicen uno mejor. Pero dejen de romper. Dejen de joder. Dejen de escupir para arriba.
Porque el rock bogotano no está jodido por la falta de plata. Está jodido por gente como ustedes, que prefiere quejarse a hacer. Que prefiere enfrentar una demanda a construir. Que prefiere tener razón a tener escena.
Y yo les digo esto con toda la rabia que me queda, si ustedes siguen así, cuando el rock bogotano se muera del todo, no va a ser culpa del Estado, no va a ser culpa del reguetón, no va a ser culpa de la falta de recursos. Va a ser culpa de ustedes. De su lengua podrida. De su incapacidad de ver que el otro no es un enemigo, es un compañero de viaje. De su obsesión por tener la razón mientras el barco se hunde.
Así que ya decidieron. Pueden seguir siendo el martillo que rompe. O pueden aprender a ser la mano que construye. Pero no se hagan los sorprendidos cuando la escena se caiga a pedazos y ustedes se queden solos, en un bar vacío, quejándose de que nadie los quiere.
Porque la escena no la mató el enemigo. La mataron ustedes. Con cada crítica estéril. Con cada insulto. Con cada mierda que tiraron contra el que estaba poniendo el hombro. Ustedes son los sepultureros del rock bogotano. Y cuando terminen de enterrarlo, no les va a quedar nada. Solo el silencio. Ese silencio que tanto han ayudado a construir.
Colombia
La banda colombiana de Metal Hijos del Viento debutó en México frente a 100.000 personas en la Marcha para Jesús 2026
No todos los días una banda de metal cristiano colombiana se sube a un escenario en medio de una manifestación religiosa multitudinaria. Mucho menos frente a una audiencia cercana a las 100.000 personas reunidas en el corazón de Ciudad de México. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió con Hijos del Viento durante su presentación en la Marcha para Jesús 2026.
El concierto se trató de un hecho sin precedentes para el rock nacional. Al pisar el escenario del Zócalo capitalino, la banda no solo realizó su primera salida internacional, sino que se convirtió en la primera agrupación de metal cristiano de Colombia en alcanzar una audiencia de dimensiones colosales, superando las 100.000 personas, marcando un antes y un después en la historia del género en el país, demostrando que una propuesta de metal extremo con mensaje espiritual puede romper el techo de cristal y posicionarse en uno de los epicentros culturales más importantes del mundo.

El repertorio seleccionado para este bautizo de fuego internacional fue una muestra de contundencia y evolución artística. La banda abrió su set con la fuerza de “Martyrum” y “DISRUPT”, temas que retumbaron con una fidelidad técnica impecable desde el Ángel de la Independencia hasta los rincones más alejados de la plaza. La audacia de Hijos del Viento quedó de manifiesto al elegir este escenario masivo para estrenar dos piezas inéditas, “Soy” y “Noir”, demostrando una confianza absoluta en su nueva arquitectura sonora. A pesar de que el show debió terminar antes de lo previsto por razones logísticas, la intensidad desplegada en esos minutos bastó para dejar una marca imborrable en el público mexicano y en los miles de espectadores que siguieron la transmisión global.
El impacto del concierto generó un fenómeno mediático inmediato, alimentado por la capacidad de la banda para generar disrupción en un contexto masivo. Mientras las redes sociales se inundaban de comentarios sobre la potencia del sonido y la calidad de la ejecución, en la plaza se vivían momentos únicos de conexión, como grupos de danza que terminaron moviéndose al ritmo de los riffs, evidenciando que el metal, cuando se ejecuta con maestría, rompe cualquier barrera de prejuicio. Esta presentación no fue un evento fortuito, sino una declaración de principios; para los integrantes del grupo, el objetivo era claro, llevar un mensaje de revolución y confrontación, recordando que la esencia de su fe también reside en la disrupción de lo establecido.

Con este debut triunfal, gracias a la gestión de Independent Booking Artist Manager, Hijos del Viento establece un récord histórico para el metal cristiano colombiano, logrando lo que ninguna otra banda del género había alcanzado en la historia del país. Haber compartido tarima con referentes como Upperroom y conquistar a una multitud de seis cifras en su primera incursión fuera de Colombia, los posiciona como líderes de una nueva avanzada cultural. Este éxito en México no es solo un triunfo para la banda, sino una validación de que el metal hecho con convicción y profesionalismo desde Colombia tiene el poder de convocar multitudes y dejar una huella profunda en los escenarios más grandes del planeta.
Fotos por Edixon Sepúlveda.
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